CAPÍTULO 1: SAN BARTOLOMÉ Y SUS DEMONIOS

CrueloDVil - Historia de Theo - Capítulo 1: San Bartolomé y sus demonios

EL HOMBRE NACE BUENO Y LA SOCIEDAD LO CORROMPE

 

Los años comenzaron a pasar y todo iba sin sobresaltos. Por lo menos ninguno diferente a los que ya me estaba acostumbrando.

Mis brillantes padres decidieron recluirme en un internado en Najac, un pueblo pequeño y aburrido a algunas horas de nuestra casa en París; Theodoro y Fleur “pensaron” (si es que ellos piensan) que ingresar a San Bartolomé sería una gran oportunidad para que yo pudiera desarrollar mi personalidad, interactuar con más personas, hacer amigos y todas esas idioteces que creen que un niño necesita. Es cierto, debido al estilo de vida en la capital, la convivencia con otros niños de mi edad era bastante reducida. Sin embargo, tampoco era de mi interés juntarme con unos mugrosos, escandalosos y deplorables seres que sólo saben patear pelotas.

Esos simplones sujetos que me trajeron a este mundo no contaban con que tal vez (SÓLO TAL VEZ) yo no estaba tan de acuerdo con querer nacer tanto como ellos querían tener un hijo, y ahora, como el tiempo no les daba para cuidarme, querían encerrarme en ese monstruoso edificio junto con otros niños. Pese a que me vi en diferentes ocasiones refutando la idea de ser internado en San Bartolomé, Theodoro sólo reía y Fleur me hacía mimos diciendo que yo era muy chico para entender… siempre odié que no me tomaran en serio sólo por no haber cumplido los seis años aún.

Cuando llegó el día, mamá esperaba en nuestro destartalado Ford Anglia rosado, mientras papá bajaba mis maletas y yo caminaba detrás de él de muy mala gana; no podía dejar de desear que sufrieramos un terrible accidente de camino a Najac, pero no sucedió. De hecho, los hijos de la revolución iban hablando muy animados, contándome historias de su infancia y de cómo habían disfrutado sus años en el colegio; Theodoro sólo buscaba reconfortarme hablando sobre sus bellas compañeras en la universidad mientras sonreía de medio lado a mi madre. “Tal vez tu también encuentres una bella mademoiselle que te enamore, Theo”, decía. Pero mi papá no contaba con un pequeño detalle: ¡SAN BARTOLOMÉ ERA UN INTERNADO MASCULINO!.

Después de haber soportado a esos dos durante una hora dentro del carro, llegamos a Najac, evidentemente el pueblo no era diferente a cómo lo había visto en los libros; tradicional, casas de piedra amarilla, calles en adoquín y lugareños que parecían superar los cien años. Todos volteaban a mirar nuestro Ford Anglia con desagrado, y no los culpo; la rosa del carro rompía con la armonía conservadora del pueblo. Aunque aparentemente juzgar era el deporte preferido en Najac, pues cuando llegamos al internado, los niños más curiosos empezaron a aparecer por las ventanas del enorme edificio; todos miraban y señalaban nuestro carro, luego los maestros también empezaron a asomarse y lanzaban miradas de desdén hasta que una mujer enorme salió por la puerta principal; era muy gorda y alta, pero a pesar de su imponente presencia, su rostro era calmado. Mis papás se bajaron del carro y fueron caminando hacia la enorme directora mientras yo seguía mirando la descomunal construcción que iba a ser mi prisión por muchos años. Junto a la directora, un hombre chaparro pero fornido y una chica joven hablaban con mis padres, todos parecían estar pasando un buen rato, pues se reían y de vez en cuando volteaban a mirar hacia el Ford en el que yo me escondía. De repente los acompañantes de la directora empezaron a caminar hacia mí, abrieron la puerta del auto y me saludaron con una gran sonrisa… vaya hipocresía; estoy seguro de que ellos estaban tan felices de verme como yo de entrar a San Bartolomé. Tomaron las maletas y me invitaron a salir, no tuve remedio, así que me bajé y caminé hacia Theodoro y Fleur, ahí me saludó la directora y se presentó; tenía una voz fuerte, algo profunda pero no dejaba de transmitir tranquilidad; su nombre era Alice Perigord aunque todos la llamaban Madame Perigord, su amable tono dijo las palabras que no quería oír: “¡Es hora de entrar, querido!”. Creo que nunca antes había querido permanecer al lado de mis padres, pero ellos, con una sonrisa estúpida, se despidieron de mí y me dejaron ir. Ahora estaba a la merced de San Bartolomé y sus demonios; los otros niños.

Lo último que vi de los hijos de la revolución fue su rostro sonriente mientras ponían en marcha ese horrible carro.

Caminé junto a Madame Perigord por los fríos y oscuros pasillos del internado, en ese momento sólo podía escuchar el taconeo de la directora. Parecía un lugar abandonado, pero de vez en cuando podía ver niños de distintas edades en sus clases. Me agradaba el silencio y la calma del lugar, pero se sentía una tensión en el ambiente que me inquietaba. Madame Perigord rompía el silencio haciendo preguntas y yo trataba de contestar con respuestas sencillas que no le permitieran continuar la conversación, no obstante ella siempre encontraba la manera de hacer otra pregunta y obligarme a responder de manera extensa. Muy hábil la gorda esa, debo decir. Ella me condujo hasta un enorme dormitorio lleno de camas, mis maletas ya estaban sobre una de éstas así que caminé hacia allá, desde la puerta la directora me dio unas últimas indicaciones antes de marcharse, me dejó en ese lugar cuyo silencio sólo se veía interrumpido por el sonido de su taconeo que se alejaba por el pasillo.

Me recosté en la cama y mi cabeza notó que habia algo duro bajo la almohada, era un libro de cuentos de Edgar Allan Poe, así que lo tomé y empecé a leer; no había leído nada de este autor, pero sus historias eran demasiado curiosas; todo parecía tan oscuro y deplorable que me hacían sentir afortunado de estar en San Bartolomé. La mañana se fue sin sentirla gracias al señor Poe hasta que sonó la campana; los gritos y los pasos apurados de los niños empezaron a romper con la paz que sentía, y en menos de nada el dormitorio se había llenado con rostros nuevos que me miraban extrañados y cuchicheaban entre ellos. Uno de los niños se acercó a mí, él era delgado y su piel era amarillenta; no podía quitarle los ojos de encima hasta que de su boca retorcida salieron unas palabras en voz ríspida “le vas a caer muy bien a Irvin”, y entre risas se alejó hablando con otros dos sujetos.

¿“Irvin”?

No alcancé a aclarar lo que acababa de suceder con ese niño con apariencia de enfermo, cuando lo vi entrar de nuevo, pero no sólo iba con sus dos amigos; esta vez estaba acompañado por otro niño, uno muy grande, parecía estar en un curso más adelantado, me miraba directamente y caminaba muy rápido hacia mí. No sé qué había hecho, pero fuera lo que fuera, lo había enojado. Agarró mis maletas y las lanzó al suelo, me arrebató el libro de Poe y me levantó de un brazo, me golpeó muy fuerte en el estómago y me dejó tirado ahí, en el piso. Acto seguido, lo oí marcharse entre los murmullos de los demás niños.

Fueron largos segundos mientras recuperaba el aliento. No sé qué había pasado, pero no le había caído tan bien a Irvin como ese otro niño me dijo. Maldito sarcasmo. Maldito niño amarillo. Maldito Irvin. Maldita Madame Perigord. Maldito San Bartolomé. Maldito Najac. Maldita Fleur. Maldito Theodoro.

Después de un rato, alguien se acercó a mí; yo aún yacía en el suelo del dormitorio. El tipo me tomó del mismo brazo que me habían lastimado, me dolió pero suavemente me ayudó a poner de pie, me solté y lo miré; era uno de los amigos del niño amarillo, aunque éste lucía arrepentido. Sin decir palabra, él empezó a recoger mis maletas y las llevó a otra cama, me comentó que Irvin era un poco territorial y que yo me había acostado en su cama a leer el libro que él debía leer para la clase de literatura. No sé porqué no me sorprende que pongan a niños a leer cuentos tan bizarros en San Bartolomé. En fin, mientras el niño me contaba sobre las reglas sociales del internado, me condujo por los oscuros pasillos hasta llegar a la enfermería, ahí estaba la misma chica que acompañaba a Madame Perigord en la mañana, ella me miró sorprendida, no podía creer lo que veía; hace pocas horas me había saludado por primera vez y ahora estaba entrando a la enfermería con un brazo morado y con el rostro pálido cubierto en sudor. “Parece que ya fuiste víctima de McEllan”, dijo la enfermera, y su lindo rostro escondido detrás de un par de gafas enormes esbozó un gesto entre lástima y cariño, luego continuó “siento mucho que este tipo de cosas sucedan en San Bartolomé, pero ya he intentado hablar con Madame Perigord sobre Irvin McEllan y ella me ignora; es una pena que él sea el sobrino de la directora… ah, por cierto, muchas gracias Camille, es mejor que regreses a tu clase” y con un extraño gesto se despidió del niño que me había llevado a la enfermería. Camille. Él me sonrió brevemente y salió de ahí a paso apurado.

El resto de la jornada la pasé con Ana, la enfermera; ella me habló sobre el internado, de los otros niños, de la directora y los otros profesores. Era una chica muy bella, pero se notaba que era muy insegura; mantenía jugueteando con sus dedos, se acomodaba las enormes gafas constantemente y titubeaba al hablar de vez en cuando. De no ser por su inseguridad, la señorita Ana sería incluso más bella que mi mamá (sólo de recordar a Fleur me hervía la sangre), su cabello rubio era casi plateado y su piel parecía de porcelana blanca. Me entregó un papel con mi horario de clases y luego me acompañó hacia el dormitorio de nuevo. Era gracioso como caminaba torpemente, pero su amabilidad me ayudó ignorar su patético andar, fuimos hasta mi nueva cama, una más alejada de la de Irvin McEllan y en tono de confidente me comentó que en el último piso del edificio había un lugar muy solitario al que ningún niño se atrevía a entrar: La biblioteca; me dijo que si necesitaba huir de Irvin y sus amigos, ese lugar era el mejor escondite. Me guiñó el ojo y con una sonrisa de complicidad se levantó y se marchó del dormitorio. Sus pasos se alejaban por el pasillo, pero a diferencia de Madame Perigord, los pasos de la señorita Ana sonaban arrítmicos y graciosos. Me hizo sonreír.

Según el horario que me había entregado la señorita Ana, ya faltaba poco para que los demás niños salieran de su última clase y regresaran al dormitorio, así que me acosté, metí en las cobijas y me giré hacia la pared; no quería ver a nadie ni quería que me vieran. Sonó la campana y en pocos segundos ya estaba lleno el dormitorio. Se oían risas, groserías y cuchicheos y así fue hasta que la voz de Madame Perigord les ordenó apagar la luz y dormir.

Paz y silencio al fin.

Ronquidos y respiraciones leves. Una de esas era la de McEllan, otra era la del niños amarillo. Sólo quisiera que se detuvieran repentinamente y para siempre. Pero también estaba la respiración de Camille; él era un buen sujeto. Camille…

Vaya primer día… aún lo recuerdo a la perfección.

Recuerdo también que esa noche sólo quería acabar con el maldito que me había lastimado bajo pretextos idiotas. Quería que muriera, aunque en ese momento no me alcanzaba a imaginar el trágico accidente del que McEllan iba a ser víctima.

Que ingenuo era; aún podía dormir en paz. Y así fue, entre tantas cavilaciones, todo desapareció; sucumbí al cansancio.

 

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6 comentarios en “CAPÍTULO 1: SAN BARTOLOMÉ Y SUS DEMONIOS

  1. Hoy empecé por el Capítulo I (por donde en principio debí empezar), pero como despistada que soy me lo salté “a la torera” y así no comprendía bien. ¡Empiezo por fin a conocer y a entender a Theo!. Gracias por tus textos compañero

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