CAPÍTULO 2: UN ÁNGEL EN SAN BARTOLOMÉ

CrueloDVil - Historia de Theo - Capítulo 2: Un ángel en San Bartolomé

TODO LO QUE ESTÁ QUEBRADO TIENE GRIETAS; ES POR ÉSTAS QUE ENTRA LA LUZ

 

Pasaron tres largos años desde que fui internado en San Bartolomé, pero todo se mantuvo prácticamente igual que el primer día. Mis visitas a la enfermería eran frecuentes gracias a las golpizas de McEllan, el resto de niños preferían ignorarme para evitar convertirse en el blanco de las burlas y el maltrato de esos cavernícolas, y Madame Perigord se hacía la de la vista gorda (casi tan gorda como ella) pese a mis evidentes heridas. Por otro lado la regularidad con que llegaban las cartas de mis padres había menguado y un extraño sentimiento oprimía mi pecho, sin embargo, para no pensar en ello me había recluido en la biblioteca; era mi nuevo lugar preferido en el mundo aunque parecía que Madame Figgs, la bibliotecaria, no disfrutaba de mi presencia.

¡Ah! Otra cosa que parecía haber cambiado era mi relación con Camille, se podría decir que éramos buenos amigos, pues él sólo observaba mientras sus amigos me golpeaban.

Considero que lo que viví en San Bartolomé no era propiamente una infancia feliz. Cada día que pasaba era un nuevo insulto, un nuevo moretón. Mis ganas de continuar viviendo se habían esfumado y los pensamientos de suicidarme eran recurrentes; quería saltar desde el tejado del internado, cortarme el cuello y ahogarme en mi propia sangre o ahorcarme en el baño, no obstante el señor Allan Poe me seguía demostrando que todo podría estar peor.

Muy en la madrugada llegaba el chaparro maestro Fiquet y nos despertaba con su silbato. Nos conducía a las duchas y nos esperaba de regreso en el dormitorio para dejar las camas hechas. Didier Fiquet era un tipo estricto, pero hacía que todas las tareas fueran agradables con su trato amable; desde que sonriente me invitó a salir del Ford Anglia de Theodore y me ayudó con mi equipaje, supe que era un buen hombre. Posteriormente él y la extraña Madame Fartola nos dividían en grupos y nos acompañaba a nuestros respectivos salones de clase.

Curiosamente haber vivido tres años internado, sin familia ni amigos o ningún otro tipo de distracción, me permitió enfocar todas mis energías en las clases y en mis largas horas en “la guarida de Madame Figgs”, así que empecé a demostrar un desempeño académico superior al del resto de internos. En los pantalones de otro niño eso hubiera sido bueno, pero en mi caso sólo me aseguró motivos para que McEllan me odiase aún más. A regañadientes la directora había aceptado la petición de Ana quien, cansada de mi estadía en la enfermería, le solicitó que me permitiese salir de las clases con anticipación y así evitar encuentros con Irvin y sus amigos en los pasillos. Ese tiempo lo invertí para hacer mis deberes y tener libertad para leer a Poe.

Entre tantas obras, El Corazón Delator, El Pozo y el Péndulo y Berenice llenaban mi alegría mi alma. Podía pasar horas sentado en la misma silla y no me parecía suficiente, lo único que interrumpía mi lectura era la larguirucha Madame Figgs; su enorme nariz ganchuda anticipaba su silencioso andar entre los estantes, y como una sombra en forma de buitre se posaba frente a mi, me miraba con sus ojos grisáceos escondidos tras unos lentes diminutos y su sombría voz rompía el silencio de la biblioteca para indicarme que ya era hora de volver al salón de clase o al dormitorio según la hora. Esa mujer no podía esconder el desprecio; cada centímetro de su rostro lo evidenciaba.

Esa era la rutina desde que ingresé a San Bartolomé. Aunque ese día había sido diferente, pues mientras caminaba hacia las escaleras para bajar de la biblioteca, la esquelética mano de Madame Figgs se posó en mi hombro, volteé asustado y la mujer estaba ahí, parada en medio de la oscuridad, su palidez se hacía resplandeciente con el reflejo de la luna que entraba por una ventana, se encorvó aún más y en su voz de urraca me dijo que pasara a ver la señorita Ana antes de volver al dormitorio.

¡Vaya susto! ¿¡Y para eso!? La gente de Najac tiene costumbres muy extrañas.

Cuando llegué a la enfermería llamé a la puerta, Ana se asomó y me entregó un cartón con un nuevo horario, “Estas serán tus nuevas clases deportivas, Theo. El Señor Wendell te explicará el resto. ¡Ahora corre al dormitorio, ya es tarde!”.

Yo no lo podía creer; definitivamente nadie puede ser perfecto. La enfermera quería que yo volviera a intentar participar en deportes, después de la mala suerte que me ha acompañado. ¡Estúpida y entrometida! ¿Acaso no recuerda todo lo que le he contado? ¿No recuerda que ningún otro chico quería tenerme en su equipo? ¿No recuerda que esa era otra oportunidad para que McEllan me agrediera?

¡Maldita!

Esa noche no pude dormir; por un lado estaba la imagen de Ana quien sólo me hacía sentir torrentes de ira, por el otro lado estaba el temor por el gordo y feo Irvin McEllan, y de la nada aparecía en mi mente la horrorosa imagen del buitre que vivía en la biblioteca; la cadavérica Madame Figgs.

•••

Clase de matemáticas y luego literatura, posteriormente subí directo a la biblioteca. Me resultó imposible sumergirme en El Gato Negro porque la incertidumbre de la clase de deportes no se alejaba de mi. Miré la hora en el feo reloj de la pared y caminé hacia la salida de la biblioteca. Noté que Madame Figgs me observó sobre sus pequeños anteojos sin decir una palabra, pero mantuvo su gesto de asco. Cuando llegué al ala de deportes internos de San Bartolomé anduve por los extensos pasillos hasta dar con una puerta muy particular, tal vez aquella era la única que no demostraba la antigüedad del internado; era de madera oscura, pulida y brillante, con pequeños ornamentos dorados y una cerradura plateada. Realmente hermosa. No pude contener las ganas de ver qué se escondía tras de ella, así que la empujé un poco y se abrió lentamente, invitándome a entrar; era como si esa puerta estuviera hechizada. Recuerdo que al asomar mi rostro por la abertura de la hermosa puerta me llevé una sorpresa aún mayor, el salón era enorme, el suelo estaba hecho de tablones de la misma madera brillante de la puerta al igual que las paredes, pero éstas estaban cubiertas por cuadros, repisas con trofeos de oro y antiguas fotografías, del techo colgaba una lámpara enorme de cristales, y aunque no estaba encendida, la luz que entraba por el ventanal del fondo hacía que sus cristales generaran resplandores de prisma sobre toda la superficie del gran recinto. Era un espacio mágico. Armonioso. Sin darme cuenta, mis pies iban caminando lentamente y me llevaban cada vez más al interior del salón, mis ojos recorrían cada detalle y nada parecía poder alejarme del hechizo, hasta que una voz tenue se escuchó desde un rincón, en ese momento sentí volver a la realidad; recordé el odio que sentía por Ana y sentí la necesidad de salir corriendo de ahí hasta que la voz volvió a sonar, pero esta vez fue más clara y fuerte “¿Theodore?”, y rápido volteé a ver quién decía mi nombre; era un anciano, canoso, con lentes de marco grueso y un traje muy elegante; él caminaba despacio hacia mi y a pesar de su evidente edad avanzada, su andar era elegante, con parsimonia y garbo; era de admirar realmente, “Theodore, te estaba esperando; Anita me comentó que hoy era tu primera clase” – decía mientras continuaba acercándose a mí y continuó – “sé que eres tú, Theo, Marceline Perigord, Elicia Figgs y los demás profesores me han hablado del color esmeralda de tus ojos, y puedo verlos abiertos recorriendo el salón, es imposible confundirte con otro niño”. Cuando el anciano estuvo frente a mí noté que era realmente alto, se inclinó un poco, me tendió la mano y yo le tendí la mía, se presentó muy cordialmente con un apretón firme; su nombre era Wendell D’Avignon, dijo que él iba a ser mi nuevo maestro de esgrima, la señorita Ana le había hablado sobre mis problemas con los demás niños y consideró que el esgrima era el deporte ideal para mí ya que no debía contar con un equipo, el señor D’Avignon me explicó una serie de cosas más antes de enviarme de vuelta a la biblioteca. Nos despedimos y regresé caminando hacia el último piso del internado.

En ese momento todo era perfecto; San Bartolomé parecía un lugar agradable, el sol resplandecía y entraba por las ventanas, el sentimiento de desprecio hacia Ana se había transformado en gratitud. El señor D’Avignon era como un ángel entre todos estos demonios y ahora me dirigía a mi lugar preferido a reencontrarme con mi amigo Poe.

Sin embargo la felicidad en ese lugar resultaba más efímera que un puñado de agua. Cuando cayó la noche y la tenebrosa Madame Figgs me había enviado al dormitorio, bajé por las escaleras para encontrarme de frente con Ernie La Boue, el niño amarillo, quien profirió un grito “¡Irvin, lo encontré!”, el miedo se apoderó de mí nuevamente, oía los pasos que se acercaban apresurados desde varios pasillos, sabía que ya venía McEllan con el resto de sus amigos, intenté correr pero La Boue se aferró a mi y en menos de nada ya estábamos rodeados por esos abusivos; todos me miraban con sevicia excepto Camille quien no podía quitar la cara de miedo.

Camille era un chico muy lindo, tímido, pero amigable, me hubiera gustado pasar más tiempo junto a él, conocerlo mejor; no sé qué tenía, pero era atractivo, no obstante él estaba acompañado de unas crápulas detestables.

Camille…

Recibí un puñetazo justo en el estómago; el mismo que había recibido el día que llegué a San Bartolomé. Era el punto preferido de Irvin McEllan. No podía respirar y de inmediato caí al suelo, mientras me retorcía podía escuchar la risa de La Boue. Entre el ruido escuchaba la horrible voz de Irvin, pero yo no podía entender que decía; las risas del niño amarillo y el sonido del latido de mi corazón ahogaban mi pensamiento. Cuando empecé a recobrar el aliento, las palabras de McEllan también comenzaban a ser más claras, “¿Entonces no nos vas a decir qué era lo que te mantenía tan sonriente esta tarde, Fontaine? No creas que no te vimos salir del ala deportiva, ¿Crees que vas a conseguir amigos que quieran jugar contigo? ¡Nadie quiere ser tu amigo, Fontaine! El que se atreva a hablarte también va a vivir miserablemente como tú, de eso me encargaré”, y mientras me gritaba, sólo pude levantar la mirada hacia Camille; él estaba de pie junto a otros dos amigos de McEllan y me miraba con los ojos inundados en lágrimas. Creo que fue un grave error haber mirado a Camille, pues La Boue lo notó y de inmediato le gritó “¿¡y tú por qué lloras, Marcier!?”, de inmediato los demás niños le clavaron la mirada a Camille, McEllan dio un paso hacia él y le preguntó “¿No te gusta que golpeemos a tu novio, Marcier?”, sentí un temor más grande que cualquier otro; no quería que lastimaran al único chico agradable del internado por mi culpa, “Vamos, Camille, golpea a Fontaine o nosotros te golpearemos a ti” – dijo Irvin McEllan – “No has visto de lo que soy capaz, así que haz lo que te digo”, y vi cómo Camille inició una marcha lentamente hacia mí, las primeras lágrimas empezaban a correr por sus lindas mejillas, no pude sostener la mirada a los ojos, así que volví a bajar la cabeza, me acurruqué y seguía viendo sus pies caminando en mi dirección. Pese a todo lo que había vivido en San Bartolomé, nunca antes había llorado hasta ese momento; sólo quería volver a estar junto a mis papás, quería verlos reír de sus tonterías hippies, quería sentir un abrazo de nuevo, quería escuchar las historias de las chicas bellas del colegio de Theodorequería a mis padres, pero a través de mis lágrimas sólo pude ver los últimos pasos que dio Camille antes de mandar una patada que dio directamente en mi ojo izquierdo, el dolor era indescriptible, sentía como me sangraba el rostro mientras las risas y las palabras de los demás retumbaban y se iban fundiendo.

Todo se apagaba, el ruido se desvanecía; ya no oía ni veía. Ahora sólo pasaban por mi mente imágenes de los rostros felices de mis padres, el cálido gesto de la señorita Ana, la voz del señor D’Avignon y el roce de las manos de Camille… Pensé que moría y me hubiera encantado que así fuera. Pero no.

Todo se volvió negro.

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5 comentarios en “CAPÍTULO 2: UN ÁNGEL EN SAN BARTOLOMÉ

  1. Cruelo, entre mi montonera de bocetos, ando con un relato en marcha, en el fondo optimista. Y veo en el capítulo 2 de la historia de Theo una frase inspiradora, algo así como que ‘todo lo que está quebrado tiene grietas o rendijas por donde puede entrar la luz’.
    Te estoy pidiendo permiso para citarla con tu nombre y como tuya en ese relato.
    Tu me dices.
    Saludos

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      1. Oh Dios! Cómo no la he reconocido si adoro a Leonard Cohen … Un placer, gracias por ilustrarme voy a escucharla, hace tanto que no le oía que me habré olvidado. El relato, todavía a medias, llevará por titulo “Agujeros, grietas y rendijas” … Cuando esté te aviso por si lo quieres leer

        Le gusta a 1 persona

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