CAPÍTULO 3: DE VUELTA A PARÍS

CrueloDVil - Historia de Theo - Capítulo 3: De vuelta a París

YA NO ESPERO NADA DE NADIE, PERO AÚN ENCUENTRAN LA MANERA DE DECEPCIONARME

 

Ahí estaba yo, justo en el último duelo del torneo interno de esgrima en San Bartolomé, el salón de madera reluciente emanaba tensión desde cada esquina. Detrás de la careta de malla podía ver cómo los maestros y los demás internos nos observaban a mí y a mi oponente. Estábamos en el segmento final; 14 – 2, debía asestar la última estocada y lograr los quince puntos para obtener, no sólo el trofeo, sino una semana de descanso fuera del internado, pero al fijarme en la figura robusta que se encontraba frente a mí, los músculos se tensionaban.

El señor D’Avignon se posó entre nosotros, nos miró e hizo la marca para dar inicio al duelo. En ese instante parecía que no había más gente en el recinto; sólo él y yo. Todo iba lento, en silencio. De la nada el chico dio un paso tosco hacia mí y lanzó una estocada en línea, pero pude leer sus movimientos justo antes de que se atreviera a hacerlos; era muy predecible, ya había aprendido a identificar sus técnicas, así que pude esquivar el ataque sin mayor dificultad. Giré sobre mis talones, balestra, contraataque, fondo y línea directo al corazón; mi florete había hecho contacto con el chaleco de mi contrincante. Así de rápido todo había acabado, el silencio desapareció con los aplausos de los profesores, los niños aplaudían con timidez. Wendell D’Avignon se acercó y anunció que la victoria era mía mientras Irvin McEllan se quitaba la careta y caminaba hacia mí. A través de la mía noté que me miraba fijamente, aunque en su rostro colorado se dibujó una sonrisa, me tendió la mano y me felicitó: “Bien hecho Lemaitre” – dijo -, y caminó tranquilamente hacia los vestidores. Al ver la actitud de McEllan, los demás chicos empezaron a aplaudir y celebrar sin temor. No podía creerlo, finalmente todos los internos de San Bartolomé me tenían en cuenta; ya no era una sombra olvidada. Todos me felicitaban, entre ellos estaba la señorita Ana, Madame Fartola, el maestro Fiquet, el señor D’Avignon, e incluso Ernie La Boue aplaudía con sus amarillentas manos. Todos parecían felices excepto Madame Perigord; ella salió del salón tan pronto su sobrino se vio derrotado, pero aún más preocupante era la fría presencia de Madame Figgs quien me miraba fijamente con sus ojos grisáceos y no quitaba su expresión de molestia, sin embargo no tardó demasiado en levantarse de su silla y desaparecer del salón al igual que la directora.

Fueron fracciones de segundo bastante inquietantes, pero no le presté demasiada atención; no podía dejar de pensar en mi premio y no quería esperar más para salir del internado y regresar a casa, así fuese por una semana. Luego del incidente del pasillo sólo quería ver a mis padres. Tenía tanto que contarles. Habían transcurrido dos años desde que perdí parcialmente la vista en el ojo izquierdo y no he podido hablar de eso y muchas cosas más con Fleur y Theodore.

• • •

Cuando por fin todos salieron del salón de esgrima, me pude quitar la careta. El señor D’Avignon era el único que seguía ahí; él acomodaba las sillas, dejaba todo de nuevo en su lugar y con total tranquilidad empezó a tallar el suelo para devolverlo al brillo impecable que lo caracterizaba. Mientras el anciano entrenador estaba ocupado, yo me volví a vestir con el uniforme de San Bartolomé, dejé mis implementos en el baúl y caminé hacia la hermosa puerta del salón. El señor D’Avignon me hizo un gesto, fui hacia él y sin esperarlo me abrazó, estoy seguro de que no tardó más de dos segundos pero sentí que pasaban horas y horas; no había recibido un abrazo en los cinco años que llevo interno… era cálido. Cuando pasaron esos largos segundos, los ojos del señor D’Avignon estaban cubiertos en lágrimas, me miraba y tenía una bonita sonrisa en su rostro, hablamos un poco, le agradecí pero no recuerdo bien aquella conversación; aún estaba aturdido por su abrazo.

Cuando salí del salón de esgrima subí directo a la biblioteca, muy a mi pesar ya había terminado con toda la colección de Allan Poe, pero conocí otros autores que llenaban mis tardes de lectura. No alcancé a abrir el libro cuando Madame Figgs se materializó a mi lado, su nariz en forma de pico me apuntaba, su enorme sombra me intimidaba y sus ojos grisáceos se clavaron en mí. Al mirarlos recordaba el horrible dolor que sentí cuando Camille me golpeó, y que ahora, gracias a eso, yo también tenía un ojo del mismo color. Su voz de urraca acabó con el silencio de la biblioteca:

“¿Crees que nadie ha notado que tú eres Lemaitre? Sólo un neandertal ignorante como McEllan caería en esa mentira tan absurda, Fontaine. No sé si es que después de tantos años viéndote pasar frente a mí aprendí a conocer hasta tus más leves movimientos, pero con esa careta de esgrima no logras ocultarte. Me tiene sin cuidado que te golpeen en los pasillos… ¡Que te maten si quieren!. Ten más cuidado, niño; sería imposible recuperar la reputación de San Bartolomé si llegase a morir alguien en él. Además no creo que ocultar tu cadáver enterrado en el jardín sea buena idea. Si estás intentando armar una coartada necesitarás esforzarte mucho más o te costará muy caro.

En fin, Fontaine, la directora me dijo que tenía que hablar contigo; ve a su oficina de inmediato… ¡EN SILENCIO!”

Me levanté de la silla y caminé algo desconcertado hasta la oficina de Madame Perigord, en el camino no podía dejar de pensar en la bibliotecaria; resulta que no sólo su nariz era afilada; sus palabras también eran como navajas.

Cuando llegué a la oficina principal, encontré a la gorda directora sentada firmando documentos con un gesto de preocupación. Hice un leve ruido con los pies al avanzar para que ella notara mi presencia, levantó sus enormes ojos de sapo y se retiró los lentes con lentitud, los puso a un lado y me invitó a sentar. Fue una conversación demasiado incómoda; Madame Perigord parecía estar distraída y sólo quería acabar con esto. Me dijo que mis padres venían en camino para recogerme y salir y “disfrutar” de mi semana de descanso.

En menos de nada yo estaba empacando mis pertenencias, no esperaba recibir mi premio tan pronto, aunque pocas eran mis preocupaciones en ese momento. La verdad es que desde hace un tiempo mi mente había dejado de estar ocupada en tantas cavilaciones negativas, las tardes de entrenamiento con el señor D’Avignon habían ocupado mis pensamientos, vivir escondido detrás de la careta de esgrima y la identidad de Lemaitre también había evitado que siguiera recibiendo golpizas. A veces recordaba a Camille y aunque ya no sintiera dolor en el ojo, su recuerdo me devolvía algo de melancolía, extrañaba su presencia y no le guardaba rencor a pesar del daño que me causó… lástima.

El maestro Fiquet entró al dormitorio con su natural sonrisa, me ayudó a cargar mi equipaje; yo llevaba el trofeo de esgrima y un maletín. Pasaron dos años desde que empecé a extrañar a mis padres, ya no sentía rencor por ellos y estaba extremadamente ansioso por volver a ver el Ford Anglia rosa de mi papá, abrazarlos de nuevo.

Pasó un tiempo considerable mientras esperaba la llegada de mis padres hasta que noté que las puertas del enorme cercado de San Bartolomé se abrían, sentí emoción pero ésta se desmoronó al notar que no era el carro de Theodore, me senté de nuevo en las escaleras y seguí esperando. Mientras tanto veía como entraba aquel auto; una limusina negra y elegante, totalmente diferente al… al horroroso Ford. De la limusina se bajó un joven con la cara llena de barros, estaba muy elegante pero su rostro no encajaba con la armonía en su presencia, parecía preocupado por cómo se movía, corrió y subió apurado las escaleras, pasó junto a mí y entró al edificio. Contemplé los techos de las antiguas casas de Najac desde la entrada de San Bartolomé, el sol ya empezaba a ocultarse y me helaban las rodillas. Debo decir que el uniforme del internado estaba muy mal pensado, en serio ¿a quién se le ocurre utilizar pantalones cortos en un lugar con pasillos tan helados?. Al cabo de unos minutos se abrió la puerta detrás de mí; era Madame Fartola acompañada del joven chofer de la limusina, “es él” – dijo la extraña maestra – “Fontaine, el señor vino a buscarte, tiene un permiso de tus padres, así que él te llevará a tu hogar. Disfruta de la semana y felicitaciones por el torneo”. No entendí nada pero el chico se acercó y me dio la mano, se presentó, tomó mi equipaje y me condujo a la limusina. Su nombre también era Camille, no tuve tiempo para pensar en eso por el ajetreo. Las preguntas empezaban a apiñarse en mi cabeza. Cuando me disponía a subirme a la limusina volteé la cabeza hacia el gótico edificio del internado, ahí en la puerta seguía Madame Fartola de pie, luego al levantar la mirada vi que unos chicos me miraban sorprendidos por una ventana; La Boue no podía cerrar la boca, parecía congelado y McEllan estaba inerte a su lado, su rostro lucía rojo como nunca antes. La ira salía por cada poro de su asquerosa piel, veía cómo su boca temblaba, la mirada de envidia en sus ojos me hacía sentir algo, no sé qué, pero no pude contener una pequeña sonrisa. Me subí a la limusina y seguí mirando a los internos sorprendidos a través del vidrio polarizado del lujoso auto mientras seguía sonriendo.

Una vez salimos de Najac, el silencio de la limusina le dio paso a un torrente de preguntas. ¿UNA LIMUSINA? ¿Por qué no vinieron mis papás? ¿Que ha sucedido con el Ford Anglia rosa? ¿ Por qué estaba tan preocupada Madame Perigord? El chofer también se llama Camille ¿Qué será de la vida de Camille Marcier?. Luego, mientras intentaba dar con esas respuestas, sentí un vuelco en el estómago, ¡Madame Figgs tenía razón!, la mentira de Lemaitre había acabado, Irvin McEllan descubrió la verdad y no parecía nada contento, la bibliotecaria estaba en lo cierto, me va a salir caro.

Durante el viaje de vuelta a París pude pensar demasiadas cosas. Los engranajes de mi subconsciente empezaban a recordar porqué odiaba a los hijos de la revolución. Quería volver a hablar con Theodore y Fleur, pero sentía una pequeña molestia, ¿por qué no vinieron ellos por mí? ¿a caso ya no les importo?. Vaya, todo el tiempo que desperdicié esperando una carta de ellos… ¿de qué me servía sentir cariño por esos dos si siempre iban a encontrar la manera de destruirlo?

¡Un momento!

Debía respirar.

No podía arruinar la semana.

Esperaba llegar a casa y verlos; seguro que todo tenía una explicación… Malditos.

 

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