CAPÍTULO 4: MONTPARNASSE, EL GATO, MIS PADRES Y EL JUICIO DE LA BIBLIOTECARIA

CrueloDVil - Historia de Theo - Capítulo 4: Montparnasse, el gato, mis padres y el juicio de la bibliotecaria

“INCLUSO EN LA TUMBA, NO TODO ESTÁ PERDIDO” – MI AMIGO POE –

 

Camille, el chofer, había tomado un camino distinto a casa; no recordaba estas calles, por un momento creí que después de tantos años en San Bartolomé mi memoria me estaba haciendo una mala pasada, luego empecé a sentir miedo; creí que me habían secuestrado. Miraba por las ventanas de la limusina y veía amplias calles, personas muy glamurosa, enormes vitrinas comerciales; nada parecido a nuestro antiguo apartamento en Le Marais y ni se diga de Najac. Nos detuvimos un instante y tuve la oportunidad de notar un aviso sobre uno de lo extravagantes locales: Montparnasse. A donde quiera que me estuviera llevando este sujeto, sin duda era un lugar mejor que aquel apartamentucho “bohemio” de los hijos de la revolución.

Varios pensamiento se apiñaban en mi mente, entre la alegría y el miedo se intentaban alcanzar borrosas conclusiones que se dispersan con las luces de las vistosas vitrinas de las calles de Montparnasse. Al cabo de unos minutos la limusina giró y se detuvo frente a un edificio, era elegante pero no muy alto. En la primera planta podía ver demasiados cafés y pequeñas librerías, la gente lucía trajes muy bonitos y se expresaban con aires agraciados mientras tomaban de grandes copas, leían o fumaban. Creo que en ese instante todo el desprecio que estaba volviendo a sentir por Theodore y Fleur había desaparecido; estaba realmente ansioso por verlos de nuevo. De la nada un hombre abrió la puerta de la limusina, me invitó a bajar mientras Camille esperaba cargando mi equipaje. Debo aceptar que aunque el momento se había visto interrumpido por el anciano que abrió la puerta, la magia de la calle de Montparnasse no había menguado, de hecho el aroma a café y pâtisserie añadían valor a la atmósfera.

Caminamos por un enorme lobby donde predominaba el color marfil claro con toques de dorado; todo parecía sacado de un cuento, luego subimos en el elevador hasta el último piso y tan pronto se abrió la puerta ya estaba dentro del apartamento. Un penthouse cuidadosamente decorado; lámparas, cuadros, esculturas y detalles hacían del espacio una pequeña obra del diseño de interiores. No parecía el hogar de mis padres hasta que mi mirada se topó con un retrato de Fleur, realmente era muy bella, sus ojos esmeralda resplandecían detrás de los mechones negro que caían delicadamente sobre su pálida piel, eso me hizo recordar mi ahora grisáceo ojo izquierdo; ya no éramos tan parecidos como antes, la decepción me llevó a voltear la cara y encontré un gran espacio en blanco en la pared sobre la chimenea del apartamento, el joven chofer salía de mi habitación después de haber dejado mi equipaje, le señalé el espacio de la pared y le pregunté por qué estaba vacío, “el señor Fontaine lo tiene reservado para una gran obra” – dijo en su graciosa voz – “aún no ha encontrado la adecuada, pero está en búsqueda de una”, antes de marcharse me indicó que la ama de llaves, Madame L’acier, estaría dispuesta a atenderme en lo que necesitase. Camille se marchó, el penthouse parecía estar solo, y aunque sabía que debía ir a saludar a mis padres, mis ojos no podían dejar de curiosear por cada superficie, noté que es suelo era idéntico al del salón de esgrima en San Bartolomé; de hermosa madera oscura, brillante y perfectamente tallada.

El silencio era absoluto, sólo se oía el leve murmullo de la gente y lo carros que pasaban en la calle, caminé un poco hasta que mis pies tocaron algo, bajé la mirada rápido y un gato gordo me miraba, se pasó entre mis piernas, ronroneó, maulló y volvió a levantar la mirada hacia mí… que animal tan molesto, me había dejado todo el pantalón lleno de pelos blancos. Alejé al gato con un pequeño empujón y caminé hacia donde creía era mi habitación gracias al chofer. Pasé lento entre las habitaciones, no había nadie ahí, ni Theodore ni Fleur estaban en casa. Seguí caminando hasta encontrar la habitación en la que estaba mi equipaje, era muy bella y amplia aunque tenía las cortinas cerradas, así que me acerqué y las abrí de par en par para que entrara un poco del sol que aún quedaba, la vista daba directo con un cementerio, uno muy extraño a decir verdad, sin embargo antes de poder detallarlo oí un ruido detrás de mí, pensé que era el gato pero no, una figura pasó por el pasillo, caminé asustado hasta el marco de la puerta y me asomé cuidadosamente, era una mujer muy anciana, vestía un elegante uniforme y parecía estar entretenida doblando y guardando ropa, hice un leve sonido aclarando mi garganta, esperaba llamar su atención pero no fue así, salí del cuarto y nuevamente volví a hacer el mismo ruido, esta vez un poco más fuerte, pero de nada sirvió; la mujer parecía seguir ensimismada doblando y guardando más ropa. Caminé hacia ella “¿Hola?” – dije – pero ella seguía sin atender, así que decidí tocar su espalda con la punta de mi dedo índice, lo hice y ella volteó muy lentamente, evidentemente era muy vieja, cuando me vio sus mirada demostró una gran sorpresa, su boca se abrió como si fuera a soltar un grito pero éste nunca salió, sus ojos se voltearon y la anciana cayó de espaldas en el inmaculado suelo de madera.

¿¡QUÉ ACABA DE SUCEDER!?

Intenté levantarla, reanimarla, pero la ama de llaves seguía tendida inmóvil en la habitación de mis padres. Corrí deprisa por todo el lugar en búsqueda de un teléfono pero no lo encontré, intenté abrir la puerta para salir a pedir ayuda al gran lobby pero ésta se encontraba cerrada con llave. No sabía qué hacer. Tomé un vaso de agua e intenté dársela, la mujer no reaccionaba, le lancé el agua encima pero ella se mantenía en la misma posición. Ahí comprendí que Madame L’acier había muerto. La sorpresa de encontrarse con un niño extraño de ojos desiguales había sido demasiado para alguien de tan avanzada edad. No quise tocar más el cadáver de la anciana, tomé una sábana de la cama de mis padres y la cubrí, el gato ya empezaba a curiosear así que salí, cerré la puerta y me encerré en mi habitación con la mente y la garganta hechas un nudo.

Aunque quedaban pocas horas para el anochecer; aquellas fueron las horas más largas de mi vida. Theodore y Fleur no llegaban, el gato no paraba de maullar y rasguñar la puerta de la habitación donde yacía Madame L’acier, mi estómago ya empezaba a sentir hambre. Me levanté de la cama, caminé a la cocina, todo el penthouse estaba en la penumbra y el silencio empezaba a despertar los demonios que hasta entonces pensaba se habían quedado en Najac. Encendí la luz de la cocina, ésta era enorme. Encima el mesón central encontré una bandeja de plata decorada, sobre ella había un plato con un par de sándwiches tiesos, un vaso de jugo de naranja y una pequeña nota. El pequeño papel tenía escrito algo con trazo tembloroso: “Para el joven Theodore”, le di la vuelta y en el respaldo, con la misma escritura irregular decía: “Bienvenido a casa”. No hubo tiempo para dudarlo; era la letra de Madame L’acier, la pobre anciana me había preparado un regalo de bienvenida y yo la había asesinado por accidente. El pan de los sandwiches se había endurecido porque estaba caliente mientras esperaban mi llegada. Las lágrimas empezaron a brotar, me sentía miserable, no fui capaz de comer y me devolví a la habitación, el gato no dejaba de maullar junto a la puerta del cuarto de mis padres y ellos no llegaban aún. Me recosté en la cama y miraba hacia el techo, las siluetas de la calle se veían en mi habitación gracias al brillo de la luna. No pude contener el llanto, no sólo sentía lástima por la ama de llaves, también me invadía un enorme sentimiento de soledad y el dolor que había sufrido en el internado empezaban a aflorar. Nada de esto era justo.

Y pensar que esa misma mañana me estaba preparando para mi duelo de esgrima contra Irvin McEllan.

Qué día.

Recuerdo que esa noche lloré acostado en la cama por varias horas, parecía que todos dormían en París, Theodore y Fleur no llegaban aún, y aunque sonaba cansado, el gato no paraba de maullar.

Finalmente, entre la lágrimas, caí rendido como víctima del sueño.

 

•••

 

Oí risas, el campaneo de unas llaves y el cerrojo de la puerta del apartamento girar. Desperté, miré el reloj en la pared, apenas eran las tres de la madrugada del sábado. La habitación seguía en penumbra y la luz iluminaba levemente las siluetas. El gato dormía a mi lado, ronroneaba despacio y su peludo rostro parecía cubierto en lágrimas. Theodore y Fleur entraron, las risas se hacían más fuertes, los pasos sonaban sin ritmo sobre el impecable suelo del penthouse, sus palabras iban arrastradas. Un fuerte aroma a trago invadió el espacio. Evidentemente estaban ebrios.

Cuando salí al pasillo esperé encontrar a mis desaliñados padres pero no fue así; ambos lucían trajes muy elegantes, Theodore de corbata y paño, Fleur bien peinada, maquillada y un par de tacones altos que sostenía en sus manos. No pude saludar, las palabras no salían, sin embargo mi padre soltó una descuidada sonrisa mientras me miraba “Hola chico” dijo despreocupado, como si nos hubiéramos visto hace poca horas, luego pasó sus dedos por mi cabeza y movió mi pelo. Fleur ni se inmutó, pasó junto a mí directo a su despacho, abrió la puerta y se topó con su finísimo cubrecama en el suelo, disgustada lo levantó y miró con desdén el cadáver del ama de llaves. Se quedo ahí plantada analizando, me miró, luego miró a mi padre y él también se quedó a su lado, de pie mirando a la anciana. ¿No pudiste cubrirla con algo más, Theodore?, me preguntó Fleur mientras me fulminaba con una mirada enojada.

“Lo siento mucho” fue lo único que pude decir, pero sin poner mayor atención, Fleur contestó “No importa, ya era una anciana y estaba sorda… solo era una vida…”.

Solo era una vida…

Me di cuenta de lo quedado en el tiempo que estaba San Bartolomé cuando Theodore sacó su teléfono celular y llamó una ambulancia, no me dirigieron palabra alguna y se cambiaron a algo más cómodo. Lucían tan diferentes; ya no eran los hippies que recordaba, papá estaba perfectamente afeitado y mamá había dejado de utilizar sus vistosos collares con plumas y piedritas. Todo se resumía a colores opacos, marcas costosas y joyas. El silencio se disipó cuando Theodore miró al gato, “Tendremos que encontrarle un hogar al Señor Jalil” y antes de poder preguntar algo volvió a sonar el teléfono, había llegado la ambulancia. En menos de nada los paramédicos se habían llevado a Madame L’acier y mis padres se fueron con ellos.

Fue una madrugada silenciosa. Haber visto a mis padres tan cambiados me había robado el sueño, así que me senté a mirar por la ventana de mi habitación, el cementerio era calmado y sus extravagantes lápidas sobresalían entre la niebla y la luz de la luna. El Señor Jalil se posó en mi regazo, ya no maullaba pero las lágrimas seguían saliendo. Ahí entendí que el gato era de Madame L’aciere y ahora su única amiga había muerto. La culpa empezaba a pesarme en los hombros.

En la mañana el sol ya brillaba, el sonido del taconeo de Fleur me despertó, yo dormía con la cabeza recostada en el escritorio y Jalil miraba por la ventana hacia el cementerio. El ruido de la calle ya comenzaba a sentirse. Theodore terminaba de acomodarse la corbata mientras Fleur hablaba por teléfono y se maquillaba frente al espejo, “Espero que te puedas cuidar solo, chico” – dijo Theodore – “tu madre y yo tenemos que atender al velorio de Madame L’aciere y no regresaremos hasta la noche”. Ambos estuvieron listos y salieron, de nuevo quedé en silencio.

Al igual que ese estático domingo, los demás días de la semana se empezaron a ir. Lunes, martes, miércoles y jueves. Nada sucedía, Theodore y Fleur llegaban muy tarde y aunque no estuviera dormido prefería no salir de la habitación a saludar. Jalil no se alejaba de mí y empecé a sentir agrado por él; entendía cuán solo se sentía. Tal vez en su corazón habitaba la misma desolación que había dejado Camille al salir de San Bartolomé. Cada noche mirábamos hacia el cementerio de Montparnasse, de seguro él sabía que entre tantas tumbas se podía encontrar su difunta dueña, juntos contemplábamos el sombrío paisaje y ahogamos nuestras mentes en ideas. Siempre ha sido un gato muy perceptivo, inteligente; no era tan molesto como pensé. Creo que mi estadía en París también me hizo extrañar a mi amigo Poe; hace tiempo no lo leía. Jalil era un gato negro, el reflejo de mis ojos en la ventana me recordaban al anciano del Corazón Delator y todos los cuervos que llegaban al cementerio, evidentemente, sólo traían una frase a mi mente: Nunca más… nunca más.

Algo pasaba dentro de mí, una presión no me dejaba en paz. Tal vez era saber que al otro día debía regresar a San Bartolomé, tal vez era pensar que aunque estuviera en el corazón de un lugar tan hermoso como Montparnasse la tristeza me ahogaba, o tal vez era la culpa al imaginar al pobre Señor Jalil abandonado en alguna calle parisina por mi culpa. Ambos encontrábamos tranquilidad contemplando el cementerio y el silencio no era incómodo; ese gato era lo más cercano a un amigo y no podía permitirme que lo dejaran a su suerte. Tanta peso me obligó a hacer catarsis de algún modo, tomé una hoja, un lápiz y empecé a escribir:

 

Estoy cansado.

Desde que tengo uso de razón las cosas no han ido nada bien. Por un momento creí que era mi culpa por ser… como soy. Pero con el paso del tiempo he empezado a creer que este mundo no está diseñado para personas diferentes. Si te sales del orden, te equivocas, sientes o piensas lo que no debes, resultas siendo víctima de un torrente de castigos. Estoy cansado.

Cansado de que después de cada sonrisa me invadan millones de lágrimas, que después de conocer una persona agradable tenga que lidiar con otras desagradables. Cansado de que cada hilo de luz que entra a mi vida se ve arrebatado por lo que en su momento creí era bueno.

¿Qué es lo bueno entonces? Tal vez nunca entendí el significado de ello.

Mientras sujetos dañinos como McEllan, mis padres y Madame Perigord sonríen y triunfan en la vida, personas como Camille, la señorita Ana y Wendell D’Avignon tienen que ceñirse a los lineamientos de una sociedad corrompida para no morir. Incluso el Señor Jalil y yo, que no buscamos lastimar a nadie, estamos sentados mirando por la ventana luego de una semana triste. No entiendo. Estoy cansado.

Ahora que pienso, Camille ha dejado un enorme hueco en mi corazón; el único chico desinteresado que hizo lo que pudo para no verme sufrir. Cada vez que veo mi rostro en una superficie y me encuentro con un ojo cadavérico recuerdo a ese tímido pero bonito personaje que hizo de mis primeros días en San Bartolomé algo menos agónico. Hoy lo extraño, a su sonrisa insegura, a su torpe andar. Lamento que por mi culpa haya sido víctima de una de las golpizas de McEllan; debí mantener la mirada abajo aquella noche y evitar que LaBoue y los demás notaran que entre él y yo había un lazo. Vaya que es un chico afortunado. Sus padres se enteraron de la golpiza y actuaron de inmediato, se lo llevaron para siempre del internado y no tuvo que soportar otro día junto a los monstruos que tenía por amigos. Pero también lo alejaron de mí y cada día lo extraño. A veces, aunque me da pena aceptarlo, siento que alguna vez sentí por Camille algo más que una amistad. No lo sé.

Por suerte tuve la oportunidad de conocer al señor D’Avignon…

 

No pude terminar de escribir la carta, esa noche había caído rendido con la cabeza sobre el escritorio.

 

•••

 

A la mañana siguiente me despertó el brillo del sol que entraba por la ventana. El cementerio Montparnasse parecía un lugar lleno de paz. Las gotas del rocío mañanero y los rayos de sol hacían que éste pareciera un lugar de fantasía. Mire alrededor, Jalil dormía sobre mi cama tranquilamente, me froté los ojos y cuando bajé la mirada noté que el papel en el que había escrito mis pensamientos esa noche ya no estaba ahí. Caminé algo lerdo hasta salir de mi habitación, aún podía ver oír el taconeo de Fleur sobre la hermosa madera del apartamento, pero miré el reloj y ya eran las diez de la mañana; mis padres ya deberían estar en el trabajo. Caminé por el pasillo y llegué a la sala, ahí estaba Theodore sentado frente al espacio en blanco sobre la chimenea, Fleur caminaba de un lado a otro hablando por teléfono y maquillándose. El rostro de mi padre se veía extraño, demacrado y parecía más viejo de lo que realmente era. Traté de pasar desapercibido a la cocina para tomar algo de desayuno pero Theodore, en tono frío, me llamó y me invitó a sentarme junto a él. Tenía la carta arrugada entre su puño.

“Hoy vamos a ir contigo hasta San Bartolomé, hay unos asuntos que debo tratar con Marceline Perigord, así que toma tus cosas que Erlen nos espera abajo… Y llévate al gato; parece que él sí lo quieres”.

Era evidente que mi padre había leído lo que escribí esa noche y no le había causado mucha gracia. ¿Cómo podía ser tan atrevido? Ese texto me pertenecía a mí; era algo íntimo y él no tenía derecho a tomarlo. En ese momento ya nada me importaba, sólo quería estar lejos de mis padres, así que en menos de un parpadeo yo estaba de pie esperando con Jalil trepado en mis hombros en la entrada del penthouse. Erlen, un tipo de apariencia ruda, subió, recogió mis maletas, y junto a él bajamos todos en silencio hasta la limusina, ahí Erlen guardó todo en el portaequipaje, nos subimos y el enorme vehículo se puso en marcha.

Las calles de Montparnasse empezaban a quedarse atrás, su elegancia y grandiosidad ahora sólo quedaban en mi mente. Pasabamos por París y el silencio sólo era cortado por las breves opiniones que Fleur lanzaba por el teléfono. Parecía que un importante cargamento de químicos no había llegado a una de sus bodegas esa noche y estaba muy disgustada. Por un momento pensé ¿Químicos? ¿No se supone que eran productos ecoamigables?, pero antes de poder empezar a entender un poco más la situación, otra pregunta cayó como un baldado de agua fría en mi cabeza; “¿Dónde está Camille, el chofer?” pregunté en voz alta y acompañado de una mirada despectiva, Theodore me contestó “¿Camille? Lo despedí. Ese nombre dejó de agradarme hace pocas horas. Parece que hace estragos en mentes débiles”.

¿Mentes débiles? ¿A caso no se ha mirado en un espejo? ¡Ese sujeto que se hacía llamar mi padre no era más que un mediocre intento de ser humano! No podía creerlo. Me sentía estúpido de sólo recordar que llegué a extrañarlo. Cómo me encantaría que Erlen perdiera el control de la limusina y todos muriéramos en el acto. Sí, es el mismo deseo que no se cumplió cuando íbamos por primera vez a San Bartolomé en el Ford Anglia rosa, y esta vez, muy a mi pesar, tampoco sucedió.

Cuando empezamos a subir por las calles adoquinadas de Najac hacia el imponente internado, parece que hubiéramos pasado días encerrados en el auto. La tensión era demasiado pesada, Fleur me miró y sus ojos esmeralda brillaron, “¿Qué diablos te sucedió en el ojo, Theo?”, era increíble que después de estos días no hubiera notado ese “pequeño” detalle. Le respondí que un chico que ya no estudia en San Bartolomé me golpeó y perdí parcialmente la vista en ese ojo, no obstante, antes de que pudiera terminar de pronunciar su nombre, Theodore levantó el tono de su voz y con firmersa severa dijo “¡No quiero volver a escuchar ese nombre en mi vida!”. Fleur indiferente volvió a tomar su celular y siguió hablando sobre el cargamento, yo no pude levantar la mirada; me sentía humillado. Sólo quería correr a encerrarme en la biblioteca. Estaba harto de todo.

Una vez cruzamos la horrible cerca de San Bartolomé, la limusina giró y se posó frente a las escaleras de la entrada, nos bajamos y Theodore me ordenó indicarle a Erlen dónde dejar mis pertenencias mientras ellos iban a hablar con la directora. Él pretendía que al terminar de acomodarme subiera hasta el despacho de Madame Perigord y unirme a su reunión, pero no fue así. Erlen y yo caminamos hasta los dormitorios con paso decidido, él puso mis maletas junto a mi cama, se despidió con palabras torpes y caminó de vuelta a la salida del internado, yo también salí del dormitorio cargando al Señor Jalil y empecé a subir por las escaleras, mientras los niños de algunos salones sólo levantaban su cabeza y me veían pasar corriendo. Subí y subí, pero en vez de girar hacia la sala de la directora, tomé el camino hacia la biblioteca y seguí subiendo, las lágrimas nublaban mi vista, pero las limpiaba con la manga del saco mientras seguía subiendo hasta el último piso. Cuando ya estaba por llegar al pasillo que da con la entrada de la biblioteca, choqué de frente con una enorme figura, una sombra delgada, encorvada y sólida; Era Madame Figgs que me volteó a mirar amenazante con sus grisáceos ojos, me recorrió con la mirada escondida en los pequeños lentes que reposaban sobre su aguileña nariz y antes de que pudiera lanzar uno de sus hirientes comentarios con esa voz de urraca, el gestio cambió de inmediato, se agachó y tomó al Señor Jalil con sus huesudas manos y empezó a acariciarlo, parecía que toda la ira que la imbuye se había esfumado. Madame Elicia Figgs era otra persona en ese instante. Me puse de pie y la anciana me invitó a seguir a la biblioteca, entramos y el mundo desaparecía detrás de esa puerta. El ambiente sereno de la biblioteca me devolvía esa paz que no sentía hace mucho tiempo.

Pasé el resto de la mañana encerrado releyendo uno y otro capítulo de Los Crímenes de la Calle Morgue, el sol entraba por el gran ventanal a mi espalda, las pequeñas partículas de polvo se paseaban tranquilas sobre mi, y a diferencia de todas las demás veces, la biblioteca no estaba en silencio; Madame Figgs hablaba en voz baja y se reía mientras jugueteaba con el Señor Jalil, èl también parecía divertirse con la compañía de la anciana; seguro le recordaba bastante a Madame L’acier.

Cuando sonó el timbre para salir a almorzar, bajé tranquilamente por las escaleras, era un día soleado y ya no pensaba en mis desgraciados padres. Alcancé a bajar tres o cuatro pisos cuando me encontré con Irvin McEllan y sus amigos; me estaban esperando. “Quiero ver cómo sonríes ahora ‘Lemaitre’” – Dijo McEllan cargado en odio -. Esperaba que me golpeara en el estómago como siempre, pero esta vez mandó su rechoncha mano y me agarró del pelo, tiraba fuertemente de él hacia arriba y yo no podía hacer nada; cualquier movimiento hacía que doliera aún más. ¿Te crees muy gracioso intentando verme la cara de tonto haciéndote pasar por alguien más, no?, me llevó hacia atrás y me golpeé muy fuerte en la espalda, no podía respirar. “Ahora que tus mismos padres hicieron que mi tía despidiera al anciano D’Avignon, no volverás a ver tus amadas clases de esgrima, no tendrás donde esconderte y tampoco tendrás más amigos… recuerda lo que sucedió con tu noviecito Marcier”. Entonces La Boue mandó una patada tan fuerte directa a mi pierna que el dolor me hizo sentir que me desmayaba, McEllan, mientras me sostenía del pelo, me golpeó el estómago y me soltó, no pude mantenerme en pie; el dolor de la pierna y la falta de oxígeno me llevaron a caer de costado en el suelo. Hubo pocos segundos de silencio, pero las risas de los amigos del gordo McEllan empezaban a escucharse, y de un momento a otro empecé a sentir cómo caían pequeños chorros cálidos sobre mí. Los infelices estaban orinándome y yo no podía hacer nada. Sus burlas, el olor y el sabor de los orines no se comparaban con el dolor que La Boue me había causado en la pierna. Ya había recuperado el oxígeno cuando los chorros se detuvieron, las risas se disiparon y un desgarrador grito de la señorita Ana se oyó; estaba llamando al maestro Fiquet y a la directora. Luego escuché los pasos de McEllan y sus amigos correr en todas las direcciones, abrí un poco el ojo y vi como se acercaban a paso apresurado los maestros, detrás de ellos muchos internos curiosos me miraban asqueados y se hacían preguntas entre ellos. Era una escena triste.

El maestro Fiquet me alzó, Madame perigord iba adelante abriendo paso y alejando a los demás niños, mientras la enfermera sollozaba triste a mi lado, la veía mirar horrorizada a mi pierna pero el aturdimiento no me dejaba comprender la situación. Me llevaron deprisa a la enfermería.

“No podemos permitir que los Fontaine se enteren de esto. En la mañana llegaron demasiado enojados por el comportamiento de Wendell y me obligaron a despedirlo. Ana, haz lo que puedas para reconstruir la pierna y usted, Didier, quítele la ropa y dele un baño. Yo tengo que hablar con mi sobrino y organizar un asunto con Elicia”. Esas fueron las últimas palabras que oí de Madame Perigord antes de que tirara la puerta al salir de la enfermería.

El dolor era demasiado fuerte, el llanto de la enfermera se intensificaba y las palabras del maestro Fiquet intentaban calmar el llanto de la jóven mujer. Sentí un pinchazo en el brazo, luego me pusieron una máscara. Entendí que no era oxígeno sino anestesia a medida que iba perdiendo el conocimiento. Parecía que mi cabeza caía por un abismo oscuro y todo empezaba a desaparecer. Sólo una frase se repetía en mi cabeza: Nunca más… nunca más… nunca más…

 

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4 comentarios en “CAPÍTULO 4: MONTPARNASSE, EL GATO, MIS PADRES Y EL JUICIO DE LA BIBLIOTECARIA

  1. Ay cuantos recuerdos tengo de Montparnasse en mi cajón sin ordenar, aunque no estuviera mucho tiempo por allí, pero ya sabes, a veces no cuenta el tiempo sino la intensidad.
    No he podido terminar de leerte, vuelvo mañana con más tiempo. Abrazo

    Le gusta a 1 persona

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