CAPÍTULO 5 : UN TERRIBLE ACCIDENTE EN SAN BARTOLOMÉ

CrueloDVil - Historia de Theo - Capítulo 5: Un terrible accidente en San Bartolomé

AÚN SIGUEN APARECIENDO LOS FANTASMAS DEL PASADO

 

Era otra mañana en Montparnasse, los desgraciados que tenía como padres ya no se oían. Seguro ya estaban en su importantísimo trabajo. El silencio del penthouse era ensordecedor, y de no ser por el leve murmullo de la calle, podría oír hasta la caída de un alfiler.

La vista del cementerio era entre inquietante y calmada, podía pasar horas contemplando a las viudas llorar frente a la tumba mientras imaginaba lo felices que eran mientras sus difuntos maridos estaban vivos. Creo que siempre es necesario conocer la tristeza absoluta para aprender a reconocer la felicidad. Era casi poética la imagen de las viudas aunque ellas no lo supieran. Sin embargo el entretenimiento desaparecía cada vez que en mi mente se agolpaban las imágenes del Señor Jalil recordando a Madame L’acier. Hace mucho mi corazón no sentía aquello que alguna vez conocí como “lástima”. La culpa y el pesar habían desaparecido de mi vida desde el día que juré no tener que soportar los abusos de los demás.

Si tan sólo mi plan hubiese funcionado, la muerte del pobre gato habría valido la pena

Me levanté del escritorio, me alejé de la ventana y caminé con dificultad hacia la cocina para desayunar, pero ahí estaba ese horrible fantasma, observando sobre la chimenea, en silencio y llenando mi alma con preguntas. ¿Cuál sería la obra más adecuada para poner en ese espacio en blanco?. A veces podía quedarme plantado en la mitad del salón contemplando aquel espacio. Creo que Theodore pensaba lo mismo que yo, la obra que debe posarse ahí va más allá de la forma en sí; se trata del fondo. El concepto de la obra mas no sólo el arte por el arte.

Habían pasado alrededor de cinco meses desde que Madame Perigord me había expulsado de San Bartolomé. No la culpo, encontrar a uno de sus estudiantes con las manos ensangrentadas no era algo que cualquier directora pudiera soportar. Mi relación con las bestias descerebradas de Theodore y Fleur se mantenía tan cruda como cuando vine por primera vez a Montparnasse hace cuatro años. No me hablaban y yo no les hablaba a menos de que fuese extremadamente necesario. Pasaba los días encerrado en el penthouse leyendo, escribiendo, dibujando y, en mayor medida, mirando por la ventana hacia el cementerio; era mi musa. De vez en cuando bajaba a los cafetines, tomaba algo, me fumaba un cigarro y observaba a los encopetados transeúntes. Lo sé, era demasiado joven para estar fumando, pero era París; hasta los perros fumaban y a nadie le importaba. Mis idiotas padres de seguro notaron el aroma impregnado en mi ropa, pero hicieron poco caso al respecto.

Esa tarde no iba a ser la excepción; tomé mi cuaderno de dibujo, el bastón y caminé hacia la salida del apartamento. Antes de salir no podía contener las ganas de mirar hacia el espacio en la pared. Estaba lidiando con el demonio cada vez que intentaba descifrar lo que debía exponerse ahí.

Siempre era la misma rutina, salía del ascensor, caminaba lentamente por el lobby del edificio, pasaba frente al recepcionista de turno, él o ella me saludaba cordialmente pero yo no volteaba ni a mirar. Salía y caminaba unos pocos metros por la acera hasta el cafetín y aunque mi mirada no se alejaba del suelo, notaba cómo las personas que pasaban se quedaban observando a un chico de quince años con un bastón. Aunque Ana hizo su mejor esfuerzo por reconstruir mi pierna, el golpe que La Boue me había dado en la rodilla me había dejado cojeando como un anciano decrépito. Era un sujeto de triste silueta con ojos y piernas desiguales. Me encantaría tener la gracia que el señor D’Avignon al caminar, pero yo no era él.

Como lo extraño.

Me sentaba en las mesas del frente en el cafetín; Fika se llamaba. Era el lugar perfecto. Sacaba el cuaderno de dibujo, pedía lo de siempre y me sentaba a contemplar lo que sucedía en la calle y dentro de mi cabeza. Encendía un cigarrillo y las horas se iban. A veces dibujaba millones de bocetos de ideas encontradas, a veces no aparecía ni un sólo trazo. El enigma del espacio en la pared era lo único que mantenía mi mente despierta en ese estático apartamento, y quería resolverlo para morir en paz. Inclusive, algunos días, entre mis pensamientos aparecía el bonito rostro de Camille Marcier, pero cada vez era menos frecuente. Empezaba a olvidar sus facciones, su voz… empezaba a olvidar a mi primer amigo.

Esa tarde fue como todas, unos breves bocetos aparecieron sobre mis hojas pero no hubo mayor trabajo. La tarde era particularmente fría, caía la noche y me levanté para volver al apartamento. Caminé, entré y pasé frente al sonriente recepcionista quien me advirtió que la señora Fontaine me necesitaba con urgencia, lo miré extrañado y continué mi camino. Mientras subía en el ascensor, las preguntas se agolpaban en mi mente, ¿Qué demonios quiere esa mujer?. Se abrió la puerta lentamente, la luz era tenue en el apartamento, entré y vi a Fleur sentada con una mujer en el salón, era Madame Fartola, la extraña maestra de idiomas del internado, lucía preocupada, estaba pálida y sus manos temblorosas sostenían un pocillo con té que le había entregado mi estúpida madre. Cuando me vio entrar se exaltó aún más y empezó a hablar con la voz ahogada en llanto.

“Ay Theodore, eres el último recurso que tengo. Hubo un terrible accidente esta madrugada en San Bartolomé. La señora directora parece haber sido víctima de un fantasma o algo así… estoy muy preocupada, parece no reaccionar. Cuando los estudiantes la encontraron en el suelo ella sostenía un montón de papeles en la mano y estaba manchada en sangre. Los maestros no logramos controlar el pánico que se apoderó de los internos y el caos tuvo nefastos resultados… incluso, según Ana, un estudiante parece estar gravemente herido, y por su expresión creo que es peor que eso. Cuando corrí a ver a Marceline Perigord, estaba pálida, aparentaba haber enloquecido y sólo repetía tu apellido… ‘Fontaine, Fontaine’. Necesito saber si tienes algo que ver con esto, tengo que encontrar una solución antes de que los demás padres se enteren y cierren San Bartolomé”.

Creo que la sorpresa era evidente en mi rostro porque Fleur se levantó del sillón y tomó a Madame Fartola del brazo y del hombro como si fuera una enferma mental. “Profesora, usted está muy alterada” – dijo Fleur – ”Le sugiero que regrese a su hogar esta noche, yo hablaré con Theo al respecto. Seguro llegaremos al fondo de esto, pero por ahora es mejor que descanse. La enviaremos de vuelta a Najac con uno de nuestros choferes. Mañana hablaremos”. Acto seguido, acompañó a la extraña maestra a la salida, bajaron juntas y en pocos minutos volvió al apartamento. Yo no me había movido de la sala, tenía demasiadas dudas. Mi mamá me miró extrañada y se sentó en uno de los ostentosos sillones del salón, sus ojos esmeralda no me miraban hace mucho tiempo, me clavó la mirada, parecía saberlo todo, guardó silencio por un momento y luego empezó a hablar: “Mira, no sé qué hiciste ni porqué lo hiciste. Desde que estás en San Bartolomé has cambiado demasiado. Tu ojo, tu pierna… luego las manos ensangrentadas como Marceline nos comentó a tu papá y a mi. Quiero creer que el accidente del que nos habló tu maestra no tiene que ver contigo, pero que la directora repita nuestro apellido es realmente peligroso. ¡Imagina lo que puede llegar a sucederle a la empresa! No quiero que tu papá se entere. Mañana mismo vamos a ir a Najac, vamos a solucionarlo y hacer de cuenta que nunca sucedió. ¿¡Me oíste!?”.

Los ojos de Fleur; qué dulces eran. Sin duda nunca me podría negar a lo que me obligaban a hacer. Por eso la odié tanto. Tenía demasiado poder.

Asentí y caminé a mi habitación. Cerré las cortinas, no quería ver el cementerio. Me recosté en la cama y los pensamientos no dejaban de pasar por mi cabeza. Esa noche fue larga y difícil, no logré dormir de tanta actividad en mi mente. Las preguntas iban y venían. Tenía que saber porqué Madame Perigord repetía y repetía mi apellido. “Es imposible… no, no puede ser.” Era todo lo que me repetía en la cama.

A la mañana siguiente oí cuando Theodore cerraba la puerta del penthouse, seguro ya había salido a trabajar. Fleur entró a mi habitación a los pocos minutos, ya estaba vestida con ese aire subido típico de Montparnasse, me dijo que era hora de salir, y en un parpadeo ya estaba listo de pie en la entrada. Bajamos en silencio y caminamos hasta la limusina, Erlen nos esperaba con la puerta abierta frente al edificio, nos subimos y emprendimos nuestro viaje a Najac.

Mientras salíamos de París, Fleur subió el separador de la limusina; no quería que Erlen nos oyera hablar, en su rostro el disgusto era evidente. “Tenemos que hacer algo con la directora, ¿sabes dónde vive?, si la encontramos en su casa podemos llegar a un acuerdo y evitar que esto siga creciendo”. Pensé rápido; obviamente no sabía dónde vivía Madame Perigord, pero tenía que aprovechar mi oportunidad en Najac. Recordé que una vez fui a casa del señor D’Avignon y quise pasar a hablar con él aunque a mi tonta madre no le gustase la idea. Le dije que sí; que sí sabía dónde vivía la gorda. Ella bajó un poco la guardia, su rostro se apaciguó “Lamento mucho tener que ocultarle estas cosas a tu padre, le mentí diciendo que debía acompañarte a un tratamiento para el ojo. Está a punto de firmar un importante contrato que puede hacer crecer aún más a la empresa y no quiero ponerle más peso en los hombros. Sé que Marceline Perigord hace lo que sea por dinero. Cuando Theodore hizo que despidieran a tu maestro de esgrima, bastó con unos cuantos cientos de euros para verlo salir de inmediato. Supongo que ahora tendrán que ser miles, pero si eso mantiene la boca cerrada esa señora, perfecto”. – decía mientras le daba unas palmaditas a su abultada cartera – “No puedo permitir que un escándalo de estos salga a la luz y acabe con lo que hemos construido hasta hoy”. Luego de esas palabras me retiró la mirada, se puso los lentes oscuros, continuó mirando por la ventana y bajó el separador.

Esa fue, tal vez, la primera vez que me permití contemplar el paisaje entre París y Najac. Era calmado, lleno de árboles y pequeñas casas alejadas. A medida que salíamos de la capital, las calles empezaban a perder su impecable calidad, pero la vista mejoraba de a pocos. Nunca he sido amante del campo, pero la calma que reflejaba era interesante.

Cuando empezamos a pasar sobre el adoquín de la villa, empecé a guiar a Erlen para que nos condujera hasta el hogar de Wendell D’Avignon. No fue demasiado hasta que parqueamos frente a una casa algo humilde pero en perfecto estado. Incluso resaltaba entre el estilo rústico de Najac. Al fondo, detrás de las casas, podía ver como sobresalen las góticas puntas de las torres de San Bartolomé.

Golpeamos y una anciana bonachona abrió la puerta. Su presencia de inmediato me pareció conocida, pero no sabía de dónde. Ella nos miró detrás de sus pequeños lentes en forma de luna, escudriñó cada rincón hasta que me miró fijamente a los ojos, sonrió y nos invitó a entrar amablemente.

“Hemos venido buscando a Marceline” – Dijo mi entrometida madre en tono dominante mientras entraba y miraba con asco la anticuada decoración.

“¿Marceline? ¿Marceline Perigord? Creí que querían hablar sobre Wendell” – Contestó la anciana entre triste y enojada.

“De hecho sí, quiero hablar con el señor D’Avignon” – Contesté antes de que Fleur volviera a interrumpir. Ella me miró con los ojos llenos de ira, pero se volvió a colocar los lentes de sol y se puso a mirar los detalles de la casa. Estaba furiosa, su respiración la delataba.

“Creí que ya sabías que Wendell había muerto poco tiempo después de que lo despidieron injustamente de San Bartolomé. Mi pobre marido no pudo con la depresión, enfermó y a los pocos meses murió. Es una lástima, aún me duele. Regularmente voy al cementerio de Montparnasse a visitar su tumba. Wendell siempre quiso descansar en ese lugar. Decía que era poético”.

¡Eso era! Yo había visto a esa mujer en el cementerio llorando muy seguido. Por eso me resultaba conocida. Sentí algo que no sentía en mucho tiempo, dolor en el corazón; el señor D’Avignon había muerto y no pude despedirme de él. Nuestro último encuentro fue esa mañana en que gané el trofeo y él me abrazó. Hace más de cuatro años.

Fleur se había quedado mirando a la mujer, se había quitado los lentes oscuros y en sus ojos se veía esa linda humanidad que se había perdido hace mucho. La hija de la revolución gritaba desesperadamente desde adentro de mi madre. El dolor y la culpa causadas por la muerte del señor D’Avignon la oprimían.

Aunque el ambiente era denso, la anciana mantuvo una dulce sonrisa. Se puso en pie, caminó fuera del salón y en poco regresaba con galletas y té. Parecía disfrutar de nuestra presencia. De seguro era una mujer muy solitaria. No obstante, Fleur parecía ansiosa por salir de ahí. “Lo siento mucho, no imagino perder a mi marido y entiendo su dolor. Pero verá, anoche una de las maestras de Theo llegó algo consternada a mi apartamento, nos comentó que algo había sucedido en San Bartolomé y queríamos ver en qué podíamos ayudar” – Dijo Fleur -. “¡Válgame!” – respondió sorprendida la viuda – “coincidencialmente mi prima es maestra de idiomas en San Bartolomé, Wendell la ayudó a ingresar… es una mujer demasiado lista. Anoche recibí una llamada de ella y no parecía propio de Sara oírla hablar de fantasmas y brujería en el internado”, y en una breve pausa, Fleur la interrumpió, “Disculpe, ¿es usted familiar de la maestra Fartola?”, la anciana miró extrañada a mi madre, “Así es, nuestros padres fueron hermanos y ambas compartimos el apellido Fartola” – contestó -. “Tenemos que hablar con ella y con Marceline Perigord urgente respecto a ese tema, no queremos que… no queremos que San Bartolomé cierre sus puertas por un incidente como este” – Dijo Fleur procurando no revelar sus verdaderas intenciones -. La anciana se levantó, se puso un abrigo, se arregló su canoso cabello frente al espejo del salón y nos miró con firmeza, “Conocí a Marceline hace varios años, mi prima me comentó que está internada en una clínica a pocas calles de acá y me gustaría acompañarlos a visitarla. También quiero ayudar a mantener a San Bartolomé en pie. Es lo que mi Wendell querría”, juntos salimos, nos subimos a la limusina y la anciana empezó a guiar a Erlen para llegar a la clínica.

Fleur parecía preocupada, de seguro no quería que el escándalo de San Bartolomé siguiera creciendo hasta alcanzar a los medios de comunicación. Por otro lado, la viuda del señor D’Avignon parecía emocionada; como si hubiese encontrado de nuevo algo de motivación en su vida. Yo sólo podía pensar que tal vez mi plan se había llevado a cabo finalmente, aunque los resultados no eran los esperados.

Debía hablar con Madame Perigord y saber qué había sucedido, además tenía que ser rápido antes de que Fleur la persuadiera con todo ese dinero.

 

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