CAPÍTULO 6: DE SAN BARTOLOMÉ A SANTA MARÍA

JEAN COCTEAU DECÍA QUE “NO SE DEBE CONFUNDIR LA VERDAD CON LA OPINIÓN DE LA MAYORÍA”, SIN EMBARGO LA OPINIÓN DE LA MAYORÍA MANTIENE UN NEGOCIO A FLOTE.

– FLEUR DE FONTAINE –

 

Erlen nos condujo por varias calles mientras la señora D’Avignon lo guiaba. No era nada sencillo mover la limusina de mis padres por las angostas calles adoquinadas de Najac. Los curiosos se asomaban desde las ventanas y observaban el enorme vehículo pasar. Fleur no podía sentirse más incómoda; en su rostro, aunque cubierto por los lentes oscuros, era evidente. Por mi lado, no paraba de idear la manera de abordar a Madame Perigord y evitar que le contara todo a mi mamá.

Tenía entendido que la directora estaba interna en una clínica, pero cuando dimos el último giro, nos encontramos con el enorme Santa María de Najac. Una elegante y moderna instalación que contrastaba con el anticuado estilo de la villa. “Sara me comentó que Marceline está interna en una habitación de Santa María”, dijo entusiasmada la anciana mientras se bajaba del auto. Fleur y yo la seguimos en silencio.

Nunca supe qué extraña fijación tenía Madame Figgs con encontrarse de frente con las personas, pero esa mañana no era la excepción, pues cuando se abrieron las puertas del hospital la bibliotecaria salía caminando con pasos calmados, levantó rápidamente sus opacos ojos y me miró de inmediato. Tomó aire asustada, se cubrió la boca con las huesudas manos, sus mirada reflejó un profundo miedo y aceleró el paso. La mujer con apariencia de buitre desapareció rápidamente entre las calles de Najac, pero alcancé a notar cómo se le llenaron de lágrimas los ojos detrás de sus pequeños lentes. Fleur me miró con desprecio pero quitó la mirada rápidamente mientras la señora D’Avignon, en medio de su emoción, no notó lo que acababa de suceder y continuó caminando hacia la recepción. Ella nos invitó a seguirla muy animosa, así que retomamos la marcha.

Debo aceptar que en otro momento la reacción de Madame Figgs me hubiera quebrado el corazón, pero en ahí me había agradado. Finalmente me determinaban y no se atrevían a, siquiera, maltratarme con sus horribles palabras.

Era un hospital realmente enorme, tal vez casi tan grande como San Bartolomé, y a medida que íbamos adentrándonos, las cosas empeoraron. Honestamente no esperaba encontrar a Madame Perigord en el ala psiquiátrica de Santa María, pero ahí estábamos. Reinaba un silencio desagradable que a veces se quebraba por golpes, risas y gritos. Los doctores caminaban con cierto aire misterioso, algunos me miraban con curiosidad pero seguían su sombrío andar. Habían personas sentadas en las sillas de los pasillos, lloraban, sollozaban, hablaban en voz baja. No había ni una sola sonrisa en ese lugar.

La mañana en que todo el mundo le aplaudía a Lemaitre, el ganador del torneo de esgrima en el internado parecía tan alejada de la realidad.

Me inquieta creer que en el mundo coexisten segundos de eternidad y horas en las que el final parece cercano.

Al final del pasillo estaba la consternada Madame Fartola, sentada en silencio en uno de los bancos junto a una puerta, frente a ella una enfermera escribía en una pequeña libreta. “Hola Sara” dijo la anciana prima de la maestra mientras se inclinaba a abrazarla, Madame Fartola se intentó poner de pie, pero temblaba tanto que la señora D’Avignon la volvió a sentar en el banco. La saludamos brevemente y ella empezó a hablar entrecortando la respiración:

 

Marceline no ha demostrado mejoras en toda la noche. Sigue paralizada y no recibe comida. Los doctores han dicho que sufre de un ataque de pánico grave y que tendrán que intervenir para recuperar sus signos vitales. Levemente respira y parpadea. Lo que más temen es que deje de respirar así que están preparando los equipos para asistirle. Estoy muy preocupada.

Elicia estaba aquí hace unos minutos ¿no la vieron salir?. Ella y Didier se han encargado de devolver a todos los estudiantes a sus hogares. ¡LOS ESTUDIANTES! Cuando Elicia estaba acá me confirmó la terrible noticia… sí hubo estudiantes heridos durante el revuelo al encontrar a la directora en ese estado, pero lo más triste es que ese estudiante que parecía estar grave no pudo soportar los daños que recibió… una hemorragia interna… murió. ¡ESTOY DESTROZADA!” – comenzó a llorar incontrolablemente Madame Fartola mientras continuaba – “No sé cómo vaya a reaccionar Marceline cuando vuelva en sí… no quiero ser yo quien tenga que darle la trágica noticia de que su sobrino ha muerto víctima de la estampida de niños aterrados que corrían intentando salir de San Bartolomé… se me rompería el corazón”.

 

Las palabras y sollozos de la maestra se vieron interrumpidos cuando Ana, la enfermera de San Bartolomé, salió de la habitación donde estaba Madame Perigord. Iba con la cabeza inclinada y llevaba un rostro de pesar que no podía ocultar. Cuando notó nuestra presencia levantó la mirada rápidamente, su bonito rostro estaba cubierto en lágrimas y el maquillaje corrido. Parecía que no había dormido en toda la noche. Sus ojos me recorrieron rápidamente y bajaron hasta mi pierna, la cual observó con lástima; se sentía culpable al verme cojear. Volvió a levantar la cabeza, pero esta vez miraba a Fleur, estaba demasiado avergonzada por lo que había causado la negligencia del internado. Hizo un leve movimiento con la cabeza, dibujó una tonta sonrisa y echó a caminar por el pasillo con su torpe andar.

La indiferente enfermera que sostenía la libreta nos miró, “¿Ustedes también van a intentar hablar con la señora Marceline?” – dijo – “procuren que sea rápido, es hora de hacer la limpieza”. La señora D’Avignong alcanzó a dar unos pasos para ingresar a la habitación, pero Fleur la sostuvo del brazo “Lo lamento, pero me gustaría tener un momento a solas con Marceline… entenderá que fuimos muy cercanas y quiero poder compartir un momento con ella y mi hijo”, dijo Fleur mientras pasaba por la puerta. La anciana entendió y sonrió con calma, se sentó y comenzó a charlar con su prima.

La escena era algo que no esperaba ver; Madame Perigord, gorda, enorme y bonachona, yacía en una pobre camilla con un gesto neutro, sus manos, piernas y cabeza eran sostenidas por correas que la mantenían inerte. Estaba pálida, su cabello que siempre permanecía peinado con una moña hacia atrás, ahora estaba desordenado y caía naturalmente en la camilla. Eso revelaba que Marceline Perigord tenía bastantes canas que ocultaba entre el castaño oscuro y la constante moña. Pobre directora, finalmente la estaba viendo reducida… era placentero saber que ahora era ella quien estaba postrada en una camilla.

Fleur la saludó, pero Madame Perigord se mantuvo inmóvil. Mientras mi mamá intentaba hablar y realizar varios estímulos para que la comatosa directora reaccionara, yo observaba todo alrededor. Necesitaba entender qué había sucedido esa noche en San Bartolomé. Fleur seguía tocándola, le daba leves golpecitos en las redondas mejillas, pero la directora no se inmutaba. La hija de la revolución empezaba a perder la calma, se le podía ver en el rostro. Al fondo de la habitación había una mesa y sobre ella un enorme bolso rosado reposaba; era obvio que le pertenecía a Madame Perigord, así que mientras Fleur estaba distraída “jugando” con el vegetativo cuerpo de la directora, yo caminé hacia la mesa, abrí el bolso cuidadosamente y empecé a ojear lo que había dentro de él. Las pertenencias de Madame Perigord iban desde documentos y maquillaje, hasta dulces y galletas, sin embargo algo cautivó mi curiosidad; una libreta deshecha junto a un montón de papeles arrugados, amarillentos y con manchas que me resultaban familiares. ¡LA DIRECTORA LO HABÍA DESCUBIERTO!. Volteé a mirar a Fleur, no quería que se diera cuenta de lo que yo estaba haciendo, pero parecía muy entretenida hablando de cerca con la directora. Metí la mano dentro del bolso, saqué la libreta y la metí entre el bolsillo interno de mi abrigo rápidamente, y de igual manera hice con los papeles. Cerré el bolso y cuidadosamente lo devolví a su posición original, me dí la vuelta y camine hacia mi madre, pero a medida que me acercaba a ella notaba que las manos de Madame Perigord intentaban moverse aunque las correas se lo impedían, caminé más deprisa hasta que tuve visión completa de lo que estaba sucediendo. Fleur sostenía fuertemente un cojín contra el rostro de Madame Perigord, la estaba asfixiando y el cuerpo imposibilitado de la directora intentaba resistirse. Fueron unos segundos tensos, no me atreví a intervenir; puedo decir que incluso, de cierto modo, la escena era excitante. Quería ver cómo moría la directora y ver que mi propia madre lo hiciera era tan poético como las viudas llorando en Montparnasse. Cuando el robusto cuerpo de Madame Perigord dejó de forcejear, Fleur mantuvo la calma y no retiró el cojín, esperó un poco. Levantó el cojín, el rostro de Madame Perigord mostraba un gesto de miedo, como un grito, pero sus pupilas dilatadas iban hacia atrás. Levanté la cabeza de la directora y Fleur puso el cojín de nuevo debajo de ella. Se arregló el cabello, se secó el sudor y respiraba profundo. Luego se levantó y empezó a peinar el desarreglado cabello de la difunta directora; tenía que dejarla como cuando la encontramos. Le cerró la boca y, con cuidado, le devolvió los ojos a la misma posición tranquila. Se sentó y se quedó ahí por un buen rato.

Únicamente podíamos escuchar el sonido del reloj de pared y el leve murmullo de la señora D’Avignon junto a Madame Fartola en el pasillo.

Fleur hizo sonar su celular; estaba simulando que la llamaban, así que empezó a hablar sola, me tomó del brazo y me hizo salir rápidamente de la habitación. Pasamos junto a Madame Fartola, su prima y la enfermera sin pausa, quienes intentaron persuadirnos para quedarnos un poco más, sin embargo educadamente Fleur hizo un gesto, como si estuviera apurada y siguió caminando, yo sólo la seguía; ya era parte de su juego. Salimos de Santa María en pocos segundos, Erlen nos esperaba en la entrada, así que nos subimos en la limusina y emprendimos camino de vuelta a París.

A medida que Najac iba quedando atrás, yo empezaba a asimilar lo que acababa de suceder. Fleur llevaba sus lentes oscuros y miraba por la ventana de la limusina, pero volteó a mirarme en un instante, lo noté y le devolví la mirada. Ella subió el separador; no quería que Erlen nos oyera hablar.

 

“De nuevo, no sé qué sucedió. No puedo arriesgarme más. No sé si Marceline fuera a reaccionar después. No tenía opción. No íbamos a llegar a un acuerdo, y menos sabiendo que su sobrino murió en el incidente… tenía que hacerlo, por el bien de la compañía… por el bien de nuestro futuro”.

 

“Pero, todos sabrán que Madame Perigord ha muerto” – contesté –

 

“Tienes razón, pero Jean Cocteau decía que ‘No se debe confundir la verdad con la opinión de la mayoría’, sin embargo la opinión de la mayoría mantiene un negocio a flote, y mientras la muerte de Marceline Perigord haya sido por causas desconocidas… o tal vez un paro respiratorio, el futuro de la familia Fontaine seguirá siendo prometedor.

 

En ese momento Fleur no parecía ella misma. Estaba nerviosa. Intentaba justificar sus actos conmigo. Nuevamente, algo dentro de ella parecía devolverse a aquellos años donde la juventud y la felicidad marcaban sus pasos. La miré con complicidad y cité las palabras que ella misma dijo cuando Madame L’acier murió: “Es sólo una vida”. Ella me miró, intentó sonreír pero se contuvo. “Es sólo una vida” – replicó – “Pero espero que tu padre no se entere de esto”. Asentí con la cabeza, se volvió a colocar los lentes oscuros y siguió mirando por la ventana. Por mi parte, estaba ansioso por regresar a Montparnasse y leer lo que había en esa libreta.

En verdad el paisaje entre París y Najac es realmente hermoso.

 

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