CUENTO DE HALLOWEEN: LAS CALABAZAS DE MINA

CrueloDVil - Cuento de Halloween: Las calabazas de Mina

Mina acababa de renunciar a su tortuoso trabajo, un extraño sentimiento entre la paz y la duda se mezclaba con la leve borrachera que ya empezaba a apoderarse de ella. Había bebido tres o cuatro copas de vino mientras oía música suave y tallaba rostros sobre las calabazas de Halloween; las mismas que iban a decorar su jardín esta noche.

Había pasado por el apartamento de su padre luego de haber salido de la oficina, aunque no había encontrado a nadie. Sin embargo para Mina eso no era ningún impedimento, pues su intención se limitaba a recoger una cosa y salir de inmediato para el apartamento de Manuel, su novio. Un lujoso despacho en la zona alta de Chapinero.

La joven muchacha tallaba cuidadosamente las cavidades mientras recordaba uno que otro pasaje de su vida, aunque en ese momento la mayoría de sus recuerdos se enfocan en un pasado cercano: El gesto estúpido que hizo su jefe cuando Mina le entregó campante la carta de renuncia. El tipo no había logrado emitir palabra alguna cuando la muchacha ya caminaba por el pasillo hacia la salida de las oficinas del banco. Sus prominentes curvas y aquella piel canela se perdieron entre los demás funcionarios del Colpatria y en poco Mina no era más que un recuerdo en el edificio. Cada vez que la imagen se repetía en su mente, se le dibujaba una leve sonrisa en sus seductores labios y a veces, por causa del vino, soltaba pequeñas risas. Incluso, en un punto alcanzó a proferir una gran carcajada que se vio interrumpida por unos golpes en el cuarto principal, Mina levantó una mirada de desprecio hacia la habitación que estaba cerrada, el golpeteo dejó de sentirse, la chica se acomodó uno de sus negros mechones detrás de la oreja y regresó a su labor.

Quería que fueran las calabazas más llamativas de todo el conjunto, pues sus vecinas, que eran mujeres más adultas y experimentadas en todo tipo de decoración; siempre se roban todas las miradas en la noche de Halloween. Mina estaba decidida a ser ella quien iba a acaparar la atención de sus vecinos, niños y adultos.

La joven ya había perdido la noción del tiempo, el vino empezaba a acabarse, la música seguía sonando y los golpes de la habitación principal ya eran parte del ambiente. Mina estaba inmersa en sus calabazas y nada parecía importarle más.

Al cabo de unas horas las llaves de Manuel empezaron a sonar mientras abrían la enorme puerta de la entrada. Mina estaba dichosa, se puso en pie, se arregló el vestido, se acomodó el brasier, reflejándose en el espejo de la antesala se peinó y verificó que su labial aún estuviera reluciente. Un vivo Rich Red de Estée Lauder.

Manuel no disimuló la sorpresa que se llevó al ver a Mina en su apartamento, pero su perfecta novia se abalanzó sobre él, lo besó por un instante y luego se retiró. “¿¡Mina!?” exclamó Manuel mientras seguía mirándola sorprendido. Mina lo contemplaba con una gran sonrisa, sus ojos brillaban de alegría. Luego se hizo a un lado y con un gesto infantil dijo “¿Te gustan?” mientras señalaba las calabazas casi finalizadas sobre la mesa de centro de la sala. Su novio estaba horrorizado, no podía quitar su mirada de las cabezas degolladas de sus dos hijos. Estaban en el suelo, manchando de sangre su blanca y costosa alfombra de lana virgen. “¿¡Pero qué has hecho, maldita!? ¡Mis hijos!” gritó Manuel con la voz quebrada entre el llanto y la ira. El hombre desconsolado soltó sus pertenencias frente a la entrada y corrió hacia las cabezas de Juan y Carolina mientras Mina lo miraba extrañada, la alegría empezó a desdibujarse.

Con el rostro empapado en lágrimas Manuel volteó a mirar a Mina, “¿Por qué hiciste esto? ¿¡Qué putas te pasa!?” preguntaba aterrado mientras intentaba acariciar las frías mejillas de su hija. La sangre ahora había ensuciado algunas partes de su traje Brooks Brothers, pero a él parecía no importarle. “¿Que qué putas me pasa, Manuel?” – Dijo Mina con tono cortante – “Eso deberías preguntártelo tú mismo al ocultarme una familia por más de dos años. Dos hijos y una esposa…”, Manuel la interrumpió “¡Mi esposa! ¿¡Dónde está Luz Helena!?”. El pobre sujeto no podía ponerse en pie, su cuerpo parecía líquido. Mina lo contempló por unos segundos en silencio hasta que contestó “Mírate, un tipo de casi cincuenta años arrodillado y llorando por algo que le hizo su… su idiota estudiante de veintiséis. Luz Helena está amarrada en tu habitación, ahí donde hacíamos el amor… o tal vez para ti solo teníamos sexo… no importa. Está allá atada junto a los cuerpos de tus amados hijos”. Mientras hablaba, Mina se acercó a su cartera, sacó de ella el revólver de su padre y de un solo gatillazo disparó junto entre los ojos de Manuel.

El silencio se volvió a apoderar del penthouse de Manuel. Mina volvió a tomar el cuchillo con el que tallaba las calabazas y empezó a cortarle el cuello a Manuel. La sangre salpicaba, pero ella la ignoraba. Sacó otra calabaza de una bolsa que estaba junto al sillón y empezó a tallarla. La música seguía sonando, sirvió otra copa de vino y los golpes en la habitación principal se hacían sentir eventualmente.

Finalmente Mina había tallado los rostros sonrientes de Juan, Carolina y Manuel en las calabazas. Se levantó, tomó las cabezas y entró a la habitación donde Luz Helena estaba atada intentando soltarse de una silla en el suelo. Arrojó las cabezas junto a ella, la mujer no podía gritar, pero sus ojos demostraban cuan horrorizada estaba, luego Mina arrastró el cuerpo de Manuel y lo dejó junto al de su familia. La chica se dio una ducha, se cambió la ropa y antes de partir se acercó a la amordazada mujer “Sé que saldrás de esta, querida. Ojalá esto te ayude a tener un futuro alejada del monstruo traidor y mentiroso que era tu esposo. Nos vemos en otra vida.”, luego Mina cerró la puerta de la habitación detrás de ella, metió las calabazas en la enorme bolsa junto al sillón, tomó su cartera y se marchó.

Seguro que las calabazas de Mina fueron el centro de atención esa noche en su conjunto al norte de Bogotá.

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