CAPÍTULO 8: MONTPARNASSE NO ES UN LUGAR PARA MÍ

CrueloDVil: Historia de Theo - Capitulo 8: Montparnasse no es un lugar para mi

No había tomado este cuaderno en mucho tiempo. No sé si estoy llegando al fondo del misterio de Érica, al fondo en este pozo de locura, o simplemente al final de mis días en esta no vida, sin embargo debo retomar mi historia.

Aquél día, cuando regresamos de Najac, Fleur y yo éramos un par de extraños que compartían un secreto; el asesinato de Marceline Perigord. Cada uno tomaba su rumbo; ella llamó de inmediato a Armand, su abogado, mientras yo me dirigía a mi habitación, me senté en el escritorio con vista al cementerio. Era imposible no pensar en que ahí descansaban los restos del señor D’Avignon; mi único verdadero amigo y tutor, pero algo dentro de mi ya no era igual; la lástima y el remordimiento simplemente ya no habitaban en mí.

Metí la mano dentro de mi abrigo y busqué hasta sostener la libreta y los papeles arrugados que había robado del bolso de la directora.

 

•••

 

Las horas se habían ido leyendo y cavilando. Gorda estúpida. Basta con dejar un poquito a la imaginación humana y esta, solita, camina hasta su perdición. Tan solo patrañas ocultistas y todo San Bartolomé se vino abajo.  Marceline Perigord murió, pero más satisfactorio aún, Irvin McEllan resultó pisoteado en el suelo como la sucia cucaracha que era. Aunque aún, en ese instante, me quedaba una duda: ¿Qué sucedió cuando la directora intentó sellar el supuesto portal? Definitivamente enloqueció, o eso creía.

En ese momento aún no me imaginaba con que había estado ”jugando”.

Mis pensamientos se disiparon cuando oí un portazo, era Armand; mi madre lo había hecho ir a Montparnasse de inmediato. Sabía que era él porque su voz cansada y aburrida me resulta inconfundible. No contuve las ganas de oírlos hablar, así que me acerqué a la puerta de mi habitación. Era una conversación acalorada, el abogado, aunque sonando deteriorado, refutaba con firmeza la orden de Fleur. Ella quería comprar al Internado San Bartolomé para, según ella, mantener su impecable trayectoria y honrar la memoria de Madame Perigord. No obstante yo conocía sus verdaderas intenciones; cerrarle la boca a todos los testigos del accidente con sus mejores armas: dinero y chantaje. Armand argumentaba basándose en la enorme suma que ello le costaría a la empresa y que para Theodore iba a ser una desagradable noticia. Bastó con que el parco abogado nombrase a mi padre para que el tono de Fleur se elevara por sobre el suyo.

“Yo soy tan dueña de BioAvenir como lo es Theodore, así que si usted, Armand, pretende asustarme con mi esposo, lo único que va a lograr es su despido. No le estoy consultando, créame, poco me importa su opinión. Es una orden: Vaya con Erlen a Najac en una semana o dos, y no se atreva a regresar a París sin la carta de propiedad de San Bartolomé. Use sus trucos; por los que lo contratamos en primer lugar. ¡Haga su trabajo!”

Hubo un silencio ensordecedor en toda la estancia hasta que, de nuevo en tono cansado, Armand aceptó. “Si ese es su deseo, señora Fontaine, considérelo hecho”. Luego la conversación se redujo y el portazo volvió a sonar. Se había marchado el abogado.

Regresé y me senté sobre la cama, contemplé por unos instantes el sol que empezaba a descender sobre el cementerio, y un fuerte resplandor me hizo parpadear; por un momento pensé que mi ojo izquierdo también había percibido el fuerte rayo de luz, pero después caí en la realidad; aquel ojo ya ni siquiera distinguía leves siluetas desde hace meses. Luego bajé la mirada para encontrarme de golpe con un par de piernas desiguales, froté mi rodilla y el dolor se intensificó. Era una molestia constante tener que desplazarme, pero al contacto parecía como si me consumiera en llamas.

No era culpa de Ana; ella había hecho lo mejor para reconstruir mi pierna. ¿Qué podía hacer la tonta enfermera de un colegio ante un daño que gritaba por la intervención de un cirujano? De cualquier modo la negligente directora había pagado con su cordura y posteriormente con su vida, al igual que su infeliz sobrino. Pero pensándolo un poco LaBoue, el sujeto amarillo que me había causado esta agonía, se había salido con la suya, o por lo menos no ha pagado por destruir mi pierna. Me gusta creer que haber asesinado a su mejor amigo es suficiente, aunque muy en el fondo sé que no lo es.

No importaba, no tenía ganas de ahogar mi mente en este tema; ya tendría tiempo de sobra para ello.

Salí en dirección a la cocina, el hambre empezaba a hacer estragos, pero cuando cruzaba frente a la sala noté la presencia de Fleur, ella levantó sus penetrantes y esmeraldados ojos sobre los pequeños anteojos de lectura, me miró brevemente y volvió a clavar su concentración en el libro que sostenía sin darme mayor importancia. También la miré pero, como embrujados, mis ojos se giraron hacia la pared, y de nuevo caí ante la infinita incógnita que me agobiaba desde hace mucho: El maldito espacio en blanco sobre la chimenea. Aún no daba con la obra adecuada, y aunque seguramente mi padre ya no recordaba ese aquel asunto, yo no podía darme por vencido. Regresé a mi habitación, tomé mi cuaderno de dibujo y salí desapercibido del apartamento.

Regresé a mi rutina; café, cigarrillos y bocetos en Fika, mientras los pomposos transeúntes adornaban las calles de Montparnasse.

Horas después regresé al penthouse de mis padres, cojeé por el lobby y el recepcionista de turno me saludó eufórico. Yo lo ignoré como de costumbre. Cuando entré al apartamento Fleur y Theodore discutían acalorados en la sala, el libro de Fleur yacía en el suelo y sus pequeños lentes de lectura estaban quebrados. No conocía el motivo de la querella, pero apenas me vieron sus gestos cambiaron; el bello rostro de Fleur se apresuró al borde del llanto y una mirada como si algo dentro de ella se quebrara y deseara que no hubiera entrado en ese momento se posó sobre ella. En cambio Theodore parecía llenarse de ira y coraje, se giró y caminó apresurado hacia mí, arrancó de mis manos el cuaderno de dibujo, y cuando intenté impedirlo me abofeteó con violencia haciéndome retroceder unos pasos. “¿¡Dibujos!?”, Gritó mientras miraba con asco las hojas del cuaderno, “¿¡Es lo que mantienes haciendo!?”, y mientras continuaba vociferando, empezó a arrancar y romper las hojas, “¡Tienes que crecer de una vez por todas! ¡Estoy harto de que seas un vago que solo piensa en dibujar! ¡Te han expulsado del internado, ¿y crees que haciendo feos garabatos vas a lograr algo!?”, cuando el cuaderno estaba completamente destrozado, arrojó los pedazos restantes hacia mí y me golpearon la cara “¡Lárgate de mi vista, muchacho, y piensa, por primera vez en algo útil… en qué vas a hacer con tu vida!”, y sin más caminé humillado a mi habitación, con la respiración agitada, el corazón acelerado y los ojos bañados en lágrimas.

Los gritos continuaron por un buen rato, aunque deliberadamente no entendía de qué hablaban. Sentía que iba a llorar, pero ya no me salían lágrimas, así que tomé aire e hice lo que mi papá me había ordenado: Pensar en qué iba a hacer con mi vida.

Cuando los gritos cesaron, mis maletas ya estaban listas, llevaba lo necesario; ropa, implementos de aseo, mis ahorros, las notas de Madame Perigord y un libro de cuentos de mi amigo Poe. Fue cuestión de unas horas para confirmar que Theodore y Fleur se habían dormido; los ronquidos se oían provenir desde la habitación donde Madame L’acier había muerto meses atrás. Tomé mi equipaje, salí del apartamento, ignoré al recepcionista y emprendí mi viaje a ningún lugar.

2 respuestas a “CAPÍTULO 8: MONTPARNASSE NO ES UN LUGAR PARA MÍ

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