CAPÍTULO 9: LOS MEJORES TRAGOS DEL PEOR VINO

Cruelo DVil - Historia de Theo - Capitulo 9: El Mejor Trago del Peor Vino

“LA INFORMACIÓN VIAJA MÁS RÁPIDO QUE CUALQUIER BARCO EN LA BELLE DE MAI”

 

Hay momentos de nuestras vidas que queremos olvidar, pasarlos por alto y, sea por el motivo que sea,  nunca volver a vivirlos. En mi caso el humillante limbo que hubo entre el día que huí de Montparnasse y cuando fui acogido por los amables brazos de Luzhin Korzakov.

Recuerdo que las primeras dos semanas luego de haber escapado del apartamento de mis padres, eran tranquilas; había llevado suficiente dinero para, lo que ingenuamente creía, el resto de mis días. Sin embargo, durante la tercera semana, los números ya no se veían tan grandes, así que tuve que empezar a recortar los lujos que, hasta entonces, consideraba necesarios. No más hoteles de cinco estrellas, ni servicio a la habitación, y ni se diga de cenas en lugares por el estilo de Fika. Tonto e ingenuo niño malcriado; pensaba que con hoteles de tres estrellas iba a ser suficiente, pero no. Cada vez me alejaba más de París en búsqueda de hospedaje más económico, subirme en un taxi era cosa del pasado, ahora debía viajar en bus y en algunas ocasiones en tren, y eso me obligaba a compartir espacios con muchas personas, soportar el contacto, los olores y, más desesperante aún, escuchar involuntariamente conversaciones insulsas. Pero había algo que me molestaba por encima de todo; las miradas curiosas y lastimeras de las personas.

Sí, miradas que me acompañaban a cada lado, preguntando, señalando y repeliendo. Notaba como sus ojos paseaban de arriba a abajo, escudriñando en mi pupila gris y examinando mi pierna desigual. Algunas mujeres mayores se acercaban a mí, no para ofrecer ayuda, sino para hacer preguntas imbéciles.

“¿Estás bien? ¿Cómo te llamas? ¿Necesitas a tus padres? ¿Qué te sucedió en la pierna? ¡Pero mírate! ¿Por qué tienes el ojo así?”

Su forma de ser tan imprudente me recordaba a Madame Perigord. Podían seguir preguntando toda la vida si mi gesto de incomodidad no cortase de inmediato con su intromisión.

Pero sin importar nada, las miradas y las preguntas me condujeron de a pocos hasta La Belle de Mai; uno de los barrios más humildes de los que había leído. Honestamente nunca creí llegar allí, pero ahí estaba.

Habría pasado ya un mes y medio, o tal vez dos… no sé. Los largos viajes, la falta de sueño y la mala alimentación hacían estragos. El tiempo ya no importaba.

Había llegado al corazón de Marsella, a un desagradable barrio portuario plagado de niños mendigando comida en las calles, ancianos durmiendo en el suelo, mujeres en las esquinas y hombres malintencionados en cada callejón. Las náuseas que me causaba el hedor a pescado y agua salada, se mezclaba con el miedo a ser víctima de alguno de estos… “hombres”. Pero todo esto quedaba en segundo plano en cuanto a mi pierna se trataba; el dolor era intenso, las largas horas entre viajes, esperas y caminatas resultaban ahora resumidas en millones de agujas punzando mi rodilla. Tenía que conseguir un lugar donde quedarme, pero el poco dinero restante dejaba de ser mi enemigo para convertirse en mi verdugo.

Logré conseguir acomodación en un hostal que, al principio, no se veía tan mal pero con cada hora que pasaba, los defectos afloran.

Cuando inicié aquella irresponsable aventura, los recepcionistas de los hoteles dudaban al entregarme las llaves de una suite, pues apenas tenía dieciséis años, pero por cierto monto extra ellos no podían negarse y ofrecían un servicio digno. Entre más me alejaba de París, la calidad del servicio disminuía, hasta que caí en este horroroso puerto, donde ya nada importaba. La extraña dueña del hostal era una mujer imponente, con un cabello rubio mal teñido que ondulaba con gracia y no lograba disimular las primeras canas. Ágatha, era su nombre… o eso decía. Ella no hizo muchas preguntas después de mirarme con curiosidad, pero no la misma curiosidad con que me esculcaban los demás. Me entregó las llaves de una habitación en el cuarto piso, y ahí empecé a pasar mis días.

La cama era dura y chillaba con cada movimiento, la luz que entraba por la única ventana era fría, típica de La Belle de Mai, el ambiente era húmedo, y fuera del sonido del mar, las gaviotas, las barcos que arriban y la gente hablando en la calle, el hostal tenía un ruido constante entre gemidos, el chillar y el golpear de las camas contra la pared en las otras habitaciones.

Era obvio que ya no estaba en Montparnasse.

El sentimiento de angustia se apoderaba de mí, cada día era eterno y cada noche era de insomnio. No podía dejar de pensar en que cada momento que pasaba, era una carrera contra el tiempo. El dinero desaparecía y debía actuar rápido.

Pensé en buscar trabajo y aunque suene sencillo, para mí no lo era; inicialmente porque nunca me imaginé en esta situación y, segundo, porque no tenía experiencia ni conocimiento práctico alguno. Pero luego de varias noches cavilando, me decidí. Empecé por el hostal; hablé con Ágatha para ofrecerle mis servicios en lo que necesitase a cambio de una paga, pero ella, desinteresada, se negó. Fui a las tienduchas, a panaderías, restaurantes e incluso a los puertos, pero la respuesta siempre fue la misma.

Obviamente las cosas no eran sencillas en La Belle de Mai para nadie, especialmente para un sujeto con mi apariencia, pues los encargados de los establecimientos me miraban con desagrado y me echaban como si fuera un vago.

Aún podía permanecer un poco en el hostal antes de tener que sobrevivir en las calles, pero el suicidio parecía un mejor destino que aquel triste mundo en el corazón de Marsella.

Pasaron, por lo menos, dos meses y ya había recorrido toda la zona en búsqueda de cualquier oficio, pero los resultados eran insatisfactorios.

Una tarde miraba por la ventana de mi habitación, la pierna me dolía como nunca y sin embargo ese dolor era lo único que me recordaba que aún seguía vivo. De repente llamaron a la puerta; era la chica que trabajaba en el salón de comidas del hostal, traía consigo una botella de vino y una copa, dijo que era una cortesía mientras dejaba el detalle sobre la mesa, y se marchó. Nunca antes había tomado en mi vida; una cosa era el cigarrillo, pero otra muy diferente es venderle bebidas alcohólicas a un menor de edad en París, pero a simple vista en ese lugar todo se vale. Al principio fui reacio al ofrecimiento, pero el hambre y la curiosidad me llevaron a destapar torpemente la botella, serví una copa y empecé a beber. En ese momento no lo sabía, pero estaba tomando un vino barato y de bajísima calidad; éste era dulce e incluso parecía un jugo.

Cuando estaba por terminar la botella, al cabo de una hora, ya me sentía mareado; estaba alcoholizado y la puerta volvió a sonar, me levanté y caminé con dificultad, y cuando abrí la puerta me encontré con la chica del salón de comidas nuevamente, llevaba otra botella, ingresó en silencio, la dejó sobre la mesa y se marchó. No entendía qué estaba sucediendo, pero me gustaba. El dolor de mi pierna era imperceptible y en mi cabeza ya no habían preocupaciones.

Estaba tranquilo.

Destapé la nueva botella, serví otra copa y tambaleante contemplaba la calle de La Belle de Mai desde mi ventana, pero ni todo el vino del mundo puede despojar de tanta tristeza aquel paisaje. El sol se ponía sobre los puertos, el mar parecía negro, y aunque era una vista fría, la húmeda calidez de Marella no se iba.

Más tarde, la oscuridad acariciaba el cielo y una tonta paz reinaba en mi embriagado ser. La segunda botella también se había vaciado por completo, y aunque no lo aceptaba, quería seguir tomando. Para sorpresa mía, volvieron a llamar a la puerta y a tumbos caminé para abrirla, y aunque trajera una botella de vino y una copa en sus manos, esta vez no era la chica del salón de comidas; era Ágatha, la dueña del hostal, quien se encontraba en el umbral y entraba en mi habitación. Sirvió dos copas de vino con propiedad y las dejó sobre la mesa, caminó hacia mí, me tomó de los hombros y me sentó sobre el raído sofá.

Ágatha era una mujer alta y curvilínea, su ropa normalmente revelaba sus grandes y redondos senos con escotes pronunciados, también utilizaba prendas ceñidas que hacían contrastar unas caderas anchas con una fina cintura. Ella tenía, por lo menos, cuarenta y cinco años, sus facciones lo revelaban y aunque contaba con unas lindas formas, la edad ya empezaba a pasarle su cuenta de cobro.

Yo no podía dejar de examinarla mientras hablaba y caminaba contoneándose por la habitación hasta que se sentó junto a mí. Hablábamos pero no recuerdo nada con claridad; mis ojos no se podían alejar de sus carnosos labios rojos y del lunar sobre ellos, a veces la miraba a directamente a los ojos, pero ella tenía una mirada dominante y verdaderamente intimidante, tampoco podía evitar que mi atención cayera a sus enormes senos.

Hablamos por horas; no sostenía una conversación así hace muchos años, o tal vez era la primera vez que lo hacía… ya no lo recuerdo.

Poco después de haber acabado con el vino, una gran fuerza invisible nos había atraído y ambos estábamos sentados a pocos palmos del otro. Las palabras se vieron calladas cuando ella con firmeza agarró mis manos y las posó sobre sus senos; eran suaves y estaban tibios. Parecía que le gustaba, así que empecé a masajearlos con torpeza , hasta que se abalanzó sobre mí y me besó. Poco sucedió después de eso y encontrarnos desnudos sobre la cama teniendo sexo.

Era mi primera vez, nada parecido a lo que, entre pensamientos adolescentes, me había imaginado.

Fue rápido y ciertamente agradable, y sin palabras, luego del éxtasis, caí rendido a dormir. No había pasado con un sueño tan continuo y plácido como aquella noche.

Alrededor de las tres de la tarde del otro día me despertó un escándalo en los muelles. Noté que Ágatha ya no estaba a mi lado, tampoco las botellas, las copas ni el desorden, Me levanté a cerrar la andrajosa cortina para tapar la luz del sol que entraba; me estaba matando la cabeza, la resaca era demasiado fuerte. Antes de cerrar la cortina, vi que el escándalo se debía a que uno de los barcos que arribó en la mañana traía el cargamento de un circo, y los encargados intentaban bajar grandes cajas y jaulas con animales mientras los curiosos se agolpaban y los niños señalaban eufóricos. Yo, por mi lado, cerré la cortina y me eché a dormir de nuevo.

No pasaron ni dos horas cuando me volvía a despertar; esta vez el frío y la resaca hacían que la pierna me doliera todo lo que no había dolido la noche anterior, así que me levanté y me dí un baño con agua caliente. Estuve bajo el chorro hasta que el dolor menguó y estuve listo para bajar a comer algo.

En el salón de comidas estaba la chica, quien me atendió con indiferencia, y mientras comía Ágatha se sentó junto a mi, se acercó y empezó a hablar en voz baja:

“Me he enterado de que buscas trabajo. Que cada vez pareces más desesperado. Créeme, la información viaja más rápido que cualquier barco en La Belle de Mai. Me caes bien, niño, así que te podrás quedar acá, en mi hostal, sin pagar un céntimo hasta que encuentres trabajo.

Toma lo de anoche como la paga. Por cierto, eso nunca sucedió, niño.”

Y dichas esas palabras, Ágatha se levantó y caminó contoneando su cadera hacia su puesto de trabajo. Ahí tuve una mejor oportunidad de entenderlo todo; ella y las demás trabajadoras del hostal son prostitutas, y aunque Ágatha ya no ejerza su oficio, es la dueña del lugar, de ellas y, posiblemente, también de las que vi afuera al llegar.

Subí de vuelta a mi habitación y me recosté, pues aún me dolía la cabeza. Tal vez era la resaca, pero empezaba a extrañar mi vida anterior. Los pensamientos corrían sin descanso; mis padres, San Bartolomé, Madame L’acier, el espacio en blanco sobre la chimenea, mi amigo Poe, McEllan, el cementerio, Camille… Camille.

 

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