CAPÍTULO 10: UNA APESTOSA Y AMARILLENTA TARDE EN EL PUERTO

Cruelo DVil - Historia de Theo - Capitulo 10: Una apestosa y amarillenta tarde en el puerto

“UN GRAN PEZ EN UN ESTANQUE PEQUEÑO”

 

Llevaba casi tres meses desde mi llegada a La Belle de Mai y, por lo menos, dos semanas después de la noche con Ágatha. Su desinterés no había desaparecido y tampoco hablábamos. Parecía un niño que había perdido el interés en uno de sus juguetes y ahora lo había quedado atrás.

Dejando de lado el melodrama sexual con la prostituta caprichosa, mis esfuerzos por salir a conseguir dinero habían disminuido un poco; debo aceptar que tener un techo y comida todos los días sin costo alguno traía algo de tranquilidad a mis noches que, aunque cada mañana despertaba renovado, me costaba dormir pensando en la situación de aquel momento. El desasosiego me invadía cada vez que pensaba en cuan estancado me encontraba en ese feo barrio portuario. Y a pesar de despertar como con un nuevo aire, cada mañana había un sentimiento que se intensificaba dentro de mí; hoy pienso que era el poco orgullo que creía tener entonces, el cual rasguñaba las paredes de mi alma buscando la fuerza de voluntad suficiente para escapar de ahí, de ese decadente hostal y de mi deuda moral con Ágatha… un llamado desesperado de mi yo interno por evitar convertirme en otro triste cuerpo deambulando por La Belle de Mai.

Durante el curso de aquellas últimas semanas, cavilando en el alféizar de la ventana de la habitación mientras observaba las embarcaciones que iban y venían de todas partes del mundo, comprendí algo; Ágatha se aprovechó de mí, sí, y que su ofrecimiento de estadía y alimento en el hostal sólo era una manera de cerrarme el pico, y aunque al haberme sentido desechado quise hacerla pagar, supe que de nada me iba a servir montar una disputa con una de las personas más influyentes del puerto. Su manera de controlar sutilmente cada centímetro en el barrio me recordaba a Fleur; sí, acabo de hacer un símil entre mi madre y una prostituta y, para ser honesto, no me invade una sola pizca de remordimiento.

Desde el primer día que huí de Montparnasse, nunca apareció ni la más diminuta señal de que mis “preocupadisimos” padres me estaban buscando.

No les importó.

No les importé.

Y aunque a veces me niego a esto de la no vida, mi necesidad por consignar mi historia, me impulsa a caer en los pecados de los vivos; uno de los más molestos: Divagar. Así que dejando de lado el acaramelado errar de mis palabras, debo continuar.

Una mañana particularmente gris, me desperté decidido a volar de ahí. No sé si se debía al alborotado fragor de las gaviotas en el puerto, o a la corriente de frío que entraba por el desajustado marco de la ventana, o tal vez al aire salado del mar, pero algo empezaba a turbar mi paz y, cualquiera que fuese la respuesta, me puse el abrigo, agarré mi bastón y eché a andar por las apestosas calles de La Belle de Mai en búsqueda de un trabajo que me permitiese ahorrar y escapar de ese pequeño estanque. Visité de nuevo las tienduchas, y una por una me entregaba una negativa en el rostro de las personas. Un pensamiento pirómano vagaba tontamente en mi frustrada cabeza, pero pronto quedaba opacado por mis esfuerzos por fingir una sonrisa suplicando por una vacante. No obstante, no hubo alteración.

A pocas calles del hostal, había una tienda, tal vez la más fea y rústica de todo el puerto; aquella era mi última opción , pues ingenuamente confiaba en que iba a conseguir un puesto antes de tener que ingresar a tan desagradable lugar, pero por desgracia me vi caminando con resignación hacia su entrada. Cuando crucé la puerta, un penetrante hedor a vísceras de pescado me invadió. Era una vieja pescadería en la que ni siquiera la gente de La Belle de Mai se atrevería a comprar su alimento. Pero hubo algo que captó mi atención por encima de la peste y de las cabezas de pescado en el mostrador; el tono de piel del tendero de la pescadería era muy particular; parco y ciertamente algo amarillento, las imágenes se tropezaban apuradas en mi mente pero moví rápidamente la cabeza para disiparlas, me armé de valor, fingí otra boba sonrisa y caminé hacia el mostrador con el fin de entablar esa vergonzosa conversación con el dueño de la tienda, pero antes de que pudiera pronunciar la primera palabra, un tipo sudado y mal oliente salió por la puerta de la trastienda; La Boue, el niño amarillo y mejor amigo del difunto Irvin McEllan. Él cargaba una pila de pescados, “Papá, solo estos se salvaron, los demás están podrid…”, y antes de que pudiese continuar, notó mi presencia al otro extremo del mostrador, su rostro se retorció dándole un aspecto aún más feo, se dio vuelta rápidamente e ingresó de nuevo a la trastienda, pero en cuestión de segundos estaba de regreso sin la pila de pescados pero con los ojos inyectados con ira, cruzó el mostrador con agresividad y empezó a soltar cuanto improperio se le cruzaba por la cabeza, luego adoptó una posición más violenta y continuó:

“¿¡Qué demonios haces tú acá, Fontaine!? ¿¡Cómo te atreves a entrar tan orondo y sonriente a la tienda de mi padre!? ¿¡Acaso estás buscando que te quiebre la otra pierna también!?”

Sorprendido por la actitud de su feo hijo, el tendero se apresuró a detener cualquier posible agresión, pero La Boue prosiguió:

“¡Es él de quien te he hablado, papá! ¡Fontaine! ¡Él fue el que embrujó el internado! ¡Causó la muerte de Irvin y que la directora enloqueciera y muriera! ¡Es un monstruo!

Era claro que a La Boue poco le importaba que San Bartolomé hubiese pasado por aquel episodio o que Madame Perigord hubiera muerto, pero utilizaba todos sus recursos para poner a su, también amarillento padre en mi contra, y funcionó pues el tendero no dudó ni un momento en empezar a gritar también:

“¡Fuera de mi presencia, demonio! ¡No quiero patrañas, enredos ni mentiras para después resultar apuñalado por la espalda con artimañas paganas! ¡Largo!”

No fue hasta que otro cliente de la apestosa pescadería, a quien no habíamos notado ingresar a causa de los gritos, intervino y logró que el alboroto cesara. Un singular caballero de imponente presencia levantó elegantemente la mano e hizo un gesto para llamar la atención del desaliñado tendero:

“Disculpará usted, mi amigo, que haga interrupción de su agitado revuelo, pero solicito conocer el valor de estas latitas de atún. Entenderá son para mis mascotas”

Aquel sujeto tenía un acento evidentemente marcado y fuerte, pero sus delicadas palabras no me permitían enfocarme en su procedencia; pues tenía un manejo impecable del francés.

El señor La Boue se pasó las manos sobre la cara, como lavando la rabia de su rostro y caminó hacia el extraño caballero. Mientras le atendía, su amarillento hijo me miraba fijamente y su cuerpo estaba cada vez más preparado para abalanzarse sobre mí. Me hubiera encantado aprovechar la distracción del tendero para escapar de ahí, pero el temor de resultar víctima de la inclemente fuerza de La Boue me adhería al suelo. Recordaba el dolor de mi pierna y los problemas que ello me ha acarreado y temía volver a sufrir. Estaba petrificado. De repente una gran mano se posó delicadamente sobre mi hombro y sin mayor esfuerzo me condujo a la salida. Los La Boue se quedaron atrás en su horrible pescadería y por un momento alcancé a ver en sus rostros retorcidos expresiones de ira y sorpresa.

“Le ruego perdone mi falta de respeto, joven, pero atrevidamente percibí un ambiente hostil en el interior del establecimiento y consideré pertinente conducirlo lejos del propietario y su tosco descendiente”

El elegante sujeto estaba de pie frente a mí, imbuido en un aura de perfección que rompía con la esencia desagradable de La Belle de Mai, y creo que mi asombro fue evidente, pues el impecable caballero no titubeó al continuar:

“¡Válgame! ¿Pero qué clase de modales son los míos? Mi nombre es Luzhin Korzakov, y estoy a sus órdenes…”

“Theodore”, contesté torpemente.

“… A sus órdenes, joven Theodore. Soy el dueño del nuevo circo ruso en Marsella, y mientras transitaba por aquí  para adquirir bocadillos para mis focas, me he topado con tan bochornosa coyuntura”

El señor Korzakov sacó una pequeña tarjeta de su bolsillo.

“Justamente me encuentro en medio de un tejemaneje, espero comprenda; mis adoradas criaturas no dan espera, joven Theodore, pero me hallo exponencialmente interesado en interviuvarle. Confío verle mañana en esta dirección”

Palabras que acompañaba mientras me entregaba la tarjeta realizando florituras exageradas. Le agradecí como si aún no pudiera creerlo y el caballero concluyó:

“Por favor, prométame que me encontrará mañana en la noche”

Asentí con torpeza.

“¡Vaya que soy feliz! Aguardaré ansioso por nuestro encuentro, joven Theodore. Uvidimsya”

Hizo otro ademán, se quitó el sombrero e inclinó la cabeza, se dio media vuelta y Korzakov se había marchado.

Yo aún no creía nada. Todo había sucedido tan rápido.

La Boue provenía de este mugroso lugar, y de seguro su constante contacto con el pescado podrido había pigmentado su piel y la de su padre. Me hubiera encantado que aquella fuera la última vez que les veía, pero no fue así. Sin embargo, el que ríe de último…

Por otro lado, el rumor de San Bartolomé parecía extenderse, y ello arruinaría los planes de Fleur.

Pero más allá, habían dos preguntas que inundaban mi mente, ¿Quién era ese sujeto tan elegante y a qué se debía su afán por hablar conmigo?

Regresé al hostal, pasé frente a Ágatha quien me miró rápidamente, no pudo evitar hacer una mueca de asco por el olor a pescado que se me había impregnado, pero logró devolver su atención a una revista que hojeaba. Subí a mi habitación y me di una ducha para quitarme de encima el espantoso hedor, y me recosté.

Korzakov… que curioso sujeto.

 

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