CAPÍTULO 11: ASESINATO EN EL CIRCO RUSO

Cruelo DVil - Historia de Theo - Capitulo 11: Asesinato en el Circo Ruso

“MIS SOSPECHAS ERAN CORRECTAS. DE HECHO USTED, JOVEN THEODORE, SOBREPASA LOS LÍMITES DE MI IMAGINACIÓN”

 

Luego de haber hablado con el señor Korzakov, pasé toda la noche en vela por la incesante curiosidad adornada por uno y otro haz de odio que aparecía cada vez que La Boue y su padre se cruzaban por mi mente.

Creo que ahora, después de eso, siento más placer por haber matado a McEllan; así hubiese sido por accidente.

Cuando la noche empezaba a tornarse gris, una densa capa de niebla se alzaba frente al hostal, parecía provenir de los muelles, y al principio culpé a los inesperados sucesos de la mar, pero luego, por un instante, creí ver rostros que se asomaban entre aquella niebla; rostros pálidos con ojos rojos como brasas entre la niebla que no dejaba de subir por el cristal de la ventana. Me froté los ojos, volví a mirar y parecía que el sueño empezaba a hacer estragos con mi imaginación, pues esos ojos  no eran más que las luces de las torres de comunicación del puerto. El cansancio se apoderó de mí y sucumbí en un trance profundo.

No fue sino hasta las tres o cuatro de la tarde que recobré la conciencia. El sol ya estaba en lo alto, las gaviotas cantaban con su horrible estruendo y la gente hablaba en el muelle. Recuerdo que aquella tarde observé por la ventana de mi habitación cómo atracaban las embarcaciones, para luego escupir marinos cargando todo tipo de mercancía mientras soltaban risotadas, blasfemias y escupitajos. Extrañaba el calmado paisaje del cementerio en Montparnasse y a las viudas llorando, pues ahora solo podía contemplar a un cúmulo de transeúntes vulgares entre el asqueroso hedor del pescado.

La Belle de Mai era, sin lugar a duda, una mancha andrajosa en la gloriosa Europa, pero entre tanta miseria (no solo económica), la mancha era un lugar que se podía considerar un pequeño ecosistema funcional; incluso siempre me pareció tan funcional como el ecosistema de las ratas y las cucarachas existente entre la basura.

Tenía que salir de ahí.

Tan solo con pensar que tal vez Luzhin Korzakov podría ayudarme a escapar de tan deplorable puerto, mi curiosidad por lo que podría suceder esa noche aumentaba exponencialmente.

Debo aceptar que hoy me siento tonto al recordar lo ansioso que estaba, y no olvido que no tardé más de diez minutos en estar caminando por el puerto hacia el lugar donde el elegante anciano me había citado. Aún no había oscurecido, y aunque la tarde estuviese fría, y el aire apestase a sardinas, y mi pierna no dejase de doler, mantuve un paso decidido.

Cerca a un risco, desde el cual se podía contemplar toda la triste gloria de La Belle de Mai, se erguía una enorme carpa de circo, la cual estaba rodeada por otras carpas más pequeñas, atracciones, jaulas y remolques. Ese tenía que ser el lugar. Apresuré mi irregular marcha hasta encontrar a una elegante dama junto a uno de los remolques; ella guardaba apresuradamente unos cajones dentro de éste. Me acerqué con la finalidad de poder averiguar por el señor Korsakov, pero cuando le llamé, ella dio un brusco respingo, se giró rápidamente y no paraba de lanzar palabras en ruso. Por un instante creí que iba a morir como Madame L’acier, pero no; ésta se inclinó hacia mí y me miró como si buscase algo en mi rostro. “Ahm… Busco al señor Korzakov”, dije mientras intentaba apartarme un poco. “Yo Amalia Korzakov. ¡Gusto mucho!”, contestó amablemente la elegante mujer. “Señora Amalia, busco a Luzhin Korzakov”, dije más despacio, pues su francés , no era muy bueno, a lo que ella replicó “¡Oh! Luzhin es mío marido… mío esposo. ¡Seguirme!”, y con un amplio movimiento me invitó a seguirla entre los remolques. Mientras avanzábamos, de uno de ellos se bajó un chico muy atractivo y la señora Korzakov dio otro respingo involuntario, “Señora Amelia”, dijo el joven, “La está buscando el Concejo; más propiamente el Doctor Moore”, e inmediatamente la actitud amable de esa mujer se vio opacada por un semblante más parco. “Payaso despcreciable”, dijo ella entre dientes. “Conducir al señor para el esposo mío… ¡Oh! Thomas; tú no has visto de mí. ¿Entender?”, y aunque confundido, Thomas asintió con obediencia. Caminé hacia él y cuando me giré para agradecerle a la señora Amalia, la vi caminando apresuradamente mientras se perdía entre los remolques.

Anduve por un rato junto a Thomas… de hecho le incomodaba que le llamasen así; prefería Tommy, y aunque siempre me costó familiarizarme con tan ridículo apodo, al final lo logré. Mientras nos dirigíamos al remolque del señor Korzakov, durante el transcurso se presentó y no paró de hablar de las hazañas que, junto a sus hermanos, realizaban en el trapecio; los tres eran los acróbatas del circo. Eso explicaba su trabajada figura. A pocos pasos de la gran carpa principal había un remolque más grande que los demás, era colorido y estaba decorado con luces, de seguro ese era el despacho del dueño del circo.  Quise caminar más a prisa, pero me distraje cuando noté que la atención de Tommy se perdía entre la rubia cabellera de una chica que corría hacia el otro lado de la carpa, él me indicó rápidamente cuál era el remolque de Luzhin Korzakov y posteriormente corrió tras la chica.

La noche empezaba a caer, y aunque todavía no estaba oscuro, las luces del circo se empezaban a encender. Contemplé por un instante el lugar; era muy llamativo, habían luces, colores y un clima poco más agradable que el del puerto.

Cuando era la hora acordada llamé a la puerta del remolque y el señor Korzakov la abrió en menos de nada con un gesto de emoción.

“¡Joven Theodore! Diría que es una sorpresa, pero estaría mintiendo. No dudé ni por un segundo en su palabra. Sabía que vendría. Por favor, pase. Siéntase como en su hogar y tome asiento, pues he preparado un poco de ese famoso té inglés, cortesía del Doctor Moore”.

El interior del remolque era acogedor, parecía una sala de estar muy bien decorada, aunque los murciélagos disecados colgando del techo le arrebataban toda estética agradable. Hablamos por un buen rato; su conversación era casi hipnótica. Habían transcurrido dos horas sin sentirlo hasta que, súbitamente, Korzakov se incorporó en la silla.

“¡Pero que irrespeto de mi parte! Me he puesto a llevar la conversación por caminos sinuosos y le he hecho perder su valioso tiempo, amigo Fontaine. Disculpará usted las torpes manías de este viejo olvidadizo.

La razón por la que le he citado es porque me interesa conocer a fondo aquel incidente que, atrevidamente, oí mencionar al desagradable pelafustán de la pescadería. ¿Es cierto que usted, joven Theodore, logró embrujar un lugar? ¿En verdad causó la muerte de dos personas?

¡Oh no, no, no, no, no! No se ponga así, joven. No soy policía ni detective. Puede estar tranquilo. Me interesaría mucho conocer la historia detrás de semejantes acusaciones. No cuestiono que debe ser interesante. ¡Es más! Tome, tome, le regalo este anillo; es algo extravagante, pero fue un regalo de Amalia durante nuestra luna de miel. Quiero demostrarle que también puede confiar en mí”.

Entre sus alargados dedos sostenía un anillo brillante de plata adornado con una gran esmeralda. Saltaba a la vista que era un elemento extremadamente costoso. Me lo entregó, inmediatamente me invitó a que me lo probase y sonrió cuando descubrió que entraba perfectamente. Su rostro siempre fue amable y sincero; nunca pude negarme a tan caluroso gesto, así que dubitativamente comencé a contarle someramente lo sucedido en San Bartolomé. En su cara se paseaba la sorpresa, el temor, el asombro y la fascinación. Una vez terminé la historia, el anciano se inclinó sobre la mesita de té que había entre los dos, tomó mi mano entre las suyas y solemne me miró.

“Mis sospechas eran correctas. De hecho, sobrepasa los límites de mi imaginación. Usted, joven Theodore, tiene un don interesante para jugar con la mente del prójimo, y eso es justamente lo que estoy buscando. En el circo necesitamos un adivino convincente, y me encantaría que dicha plaza fuese ocupada por usted.

¿Qué le parece? ¿Acepta usted mi oferta?”

Retiré mi mano de las suyas y lo miré con lástima (aunque no la sintiera), evidentemente yo quería escapar de La Belle de Mai, pero no quería convertirme en otro fenómeno de circo. Educadamente me negué y el rostro de Korzakov se ensombreció, aunque con su típica cordialidad aceptó. Me puse en pie, me despedí y caminé de vuelta al hostal.

Era palpable que nuestra conversación había terminado. Durante el camino de vuelta muchas ideas rondaban por mi mente, pero el mismo orgullo que me impulsaba a salir de ahí, me impedía verme en las filas de Korzakov.

Mientras pasaba por la recepción del hostal, los ojos de Ágatha se levantaron de la revista que tenía en las manos, volteé a verla y noté cómo su mirada se clavó en mi nuevo anillo, y una pequeña sonrisa se alcanzó a posar en sus maquillados labios. Sin embargo no le hice mucho caso y continué mi camino.

Abrí la ventana de mi habitación, encendí un cigarrillo y me quedé observando como las olas mecían a los barcos que descansaban en los muelles. Las gaviotas ya no cantaban, pero su horrible ruido era reemplazado por el estruendoso cantar de los marinos ebrios en alguna cantina cercana.

Ni la luna sobre el mar podía alejar de mi mente la idea de que tal vez estaba desperdiciando mi única oportunidad para volar de La Belle de Mai.

Sonó la puerta, caminé con dificultad y al abrirla encontré a Ágatha con una botella de aquel vino barato y dos copas, entró abusivamente y empezó a servir el vino mientras hablaba de yo-no-se-qué. No obstante, bien conocía yo sus intensiones, así que apagué el cigarrillo, salí de la habitación, cerré la puerta detrás de mí y me dirigí hacia el salón comedor. Yo tomaba un té (no tan agradable como el que el Doctor Moore había traído desde Londres), cuando Ágatha entró al salón tenía el rostro rojo y los ojos llenos de ira, se sentó frente a mí, se inclinó y en un tono que únicamente yo podía escuchar dijo “Tienes una hora para estar fuera de mi hostal, niño” mientras una vena en la frente le latía brutalmente. Se levantó y se marchó.

Honestamente no me esperaba algo diferente, así que subí de vuelta a mi habitación, empaqué todo y salí del hostal en cuestión de minutos. Cuando crucé frente a la recepción no vi a Ágatha, aunque tan pronto puse mis maletas en el suelo, frente a la entrada del hostal, oí unos pasos; era ella caminando con evidente disgusto, agarró la puerta y la cerró con un golpe seco.

Eran por lo menos las dos de la madrugada y yo estaba ahí, de pie en las calles del puerto de La Belle de Mai. Por inercia empecé a caminar sin pensar, y como si mi cuerpo supiera qué hacer, me condujo de vuelta al risco donde residía el circo.

Cuando ya me acercaba al lugar, una ambulancia pasó apresurada en sentido contrario, mientras dos patrullas de policía me sobrepasaron en dirección al circo. Intenté apresurarme un poco, pero el dolor de la rodilla me lo impidió. Finalmente, cuando me encontré ahí, un hombre medianamente alto, de traje elegante gris claro y de cabello negro con las cienes canosas, sostenía una conversación aparentemente pesada con otro sujeto, un poco más bajo pero acuerpado a quien no pude distinguir, pues miraba hacia abajo mientras anotaba en una pequeña libreta y su sombrero marrón le cubría gran parte del rostro. Comprendí de inmediato que el sujeto del sombrero era el inspector encargado e interrogaba al hombre de traje gris, quien se daba aires de importancia hablando con propiedad y gestos petulantes frente a las patrullas y la zona acordonada. Realmente poco me importaba lo acontecido en ese lugar, hasta que temí por el señor Korzakov; temí por perder mi única oportunidad tangible para escapar de aquel mugroso puerto. Pasé la mirada rápidamente y no divisaba al anciano, aunque mientras observaba encontré a Tommy entre un grupo de personas apartadas. Todos estaban con las caras marcadas por una gran depresión, fuese con llanto o simples gestos alargados, mientras otros inspectores también los interrogaban. Me dirigí hacia él lentamente, y aunque en su expresión alcancé a notar algo de alegría, ésta volvió a desaparecer y se ocultó tras el manto de tristeza. Parco fue su saludo y sin rodeos empezamos a conversar sobre la situación. Pauline, la chica rubia que él había seguido esa tarde, encontró accidentalmente el cadáver de Amalia Korzakov junto a su remolque el cual parecía haber pasado por una violenta requisa, aunque, según su marido, no hacía falta ninguna de las pertenencias de la difunta. Recuerdo que su rostro se retorció cuando me comentó que la habían hallado con un agujero de bala en la mitad de la frente. Quise cambiar la dirección de la conversación antes de perder a Tommy en el llanto, así que le pregunté por el señor Korzakov, a lo que él, con pocas palabras ahogadas me dio a entender que el viejo dueño del circo se encontraba vía medicina legal en la ambulancia junto al cuerpo sin vida de su mujer.

Todo era demasiado repentino. Confuso. Desde aquella mañana no había tenido un segundo de descanso y parecía que no lo iba a tener pronto.

No pasó mucho tiempo cuando el hombre de traje gris se acercó al grupo y empezó a entablar breves conversaciones con quienes estaban ahí hasta que se percató de mi presencia; me miró con severidad, su mirada no disimuló la curiosidad en mi ojo gris, pero no se detuvo, ¿Y tú, quién eres?, preguntó con severidad, y antes de que yo pudiese responder, Tommy tomó la palabra, “Doctor Moore, él es Theodore. Vino por el puesto de adivino. El señor Korzakov lo ha encontrado”. El aspecto del Doctor dio un giro de golpe; ahora lucía mucho más afable.

“¡Ah! Nuestro nuevo timador”.

Soltó una carcajada tonta y me guiñó el ojo. Tendría que ser un mal chiste tradicional del circo. De todos modos asentí con cierto disgusto y continuó.

“Bueno, si Luzhin te ha invitado, sin duda debes tener madera para esto, ¿verdad?

Lamento que hayas llegado en tan triste momento, Amelia, la esposa de Luzhin ha muerto y él ha tenido que ir a rendir cuentas. Pobre hombre, debe estar devastado.

Esta noche dormirás con los acróbatas, pues veo que ya se conocen, y más tarde podremos hablar con calma”.

Dicho eso, el Doctor Moore envió a todos a sus remolques; aparentemente al día siguiente tendrían una gran función y no quería un equipo cansado. De nuevo, muchas preguntas aparecieron pero el ajetreo no me permitía enfocar pensamiento alguno; necesitaba descansar.

Caminé con Tommy y sus hermanos hacia uno de los remolques, ellos no paraban de hablar, lanzar juicios, sacar conclusiones y hacerse nuevas preguntas, aunque procuré ignorarlos; ya iba a haber suficiente tiempo para todo ese drama. En ese instante solo quería dormir. El apuesto acróbata me enseñó un pequeño colchón e hizo una breve presentación de su “hogar” justo antes de que yo dejara mi equipaje en un rincón y me acostara.

Mi cerebro encuentra maneras magníficas de cavilar justo antes de caer profundo, pero aquella noche ni el rencor, ni los recuerdos, ni el temor, ni Camille tuvieron oportunidad de pasearse por mi mente. En menos de nada Morfeo se había apoderado de mí.

 

 

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