CAPÍTULO 13: PARA ANA

Capítulo 13 Para Ana - Cruelo D'Vil

“Ana. La torpe Ana de andares tontos…”

Hoy recorro mis pasos accidentados.

Catorce años después de haber sido despedido de estas tierras, acusado de crímenes que no quise cometer.

Hoy, andando con la muerte a cuestas, vuelvo a posar Najac y, muy a mi pesar, te he vuelto a ver.

Ana. La torpe Ana de andares tontos.

Hoy, sin saberlo, me has recordado que no todo es penumbra, y aquí, desde esta ventana, te contemplo y comprendo que tu vida es, quizás, la única con la que no quiero acabar.

Regreso de Tolouse derrotado por el cansancio. Tres noches sin dormir. La angustia es mi compañera, el agotamiento mi adversario, y el miedo mi consejero.

Los párpados se rinden ante el sueño, el leve balanceo del vagón es arrullador, y el pesado aroma del ácido me invita a sucumbir para siempre. Pero no. Aún no es mi turno… O eso me gusta creer.

Avanzamos por un camino pedregoso al ritmo de una procesión fúnebre. Al frente, la carroza carga con el féretro del difunto cuyo nombre no comprendo. Luego, detrás, la triste multitud camina desganada. Los rezos y el llanto adornan melodiosamente el paraje. Un sendero otoñal bordeado por cedros amarillos que apenas permiten el leve paso de los rayos del sol. Y luego, al final de la cola, yo. Un fenómeno desgraciado que discrepa en el poético cuadro.

Mi mirada, aunque reducida a la mitad por culpa de mi amor, distingue rostros familiares. Rostros que creí haber olvidado pero que se niegan a desaparecer.

Hipnotizado por los recuerdos que se agolpan en mi mente, sólo logro despertar del trance cuando, entre la muchedumbre de feligreses, una exclamación quiebra la melodía de la muerte; aquella conformado por los rezos y el llanto. Una chica se ha venido al suelo, las miradas se posan sobre ella, quien, en vez de mostrarse apenada, sonríe.

Pensé que el dolor de la perdida de un ser próximo habría obligado a la chica a desplomarse, pero su gesto, sumado al del resto de caminantes, me ha hecho comprender que tal tropiezo no se debe a más que simple torpeza.

Eres tú, Ana. La torpe Ana de andares tontos.

Tontos, sí. Pero no solos.

Pues aunque la procesión continua avanzando con indiferencia y sumida en desasosiego, un sujeto se ha quedado a tu lado.

Él, al igual que tú y a diferencia de todos los demás, sonríe. Ha reaccionado con agilidad y ahora sostiene tu abrigo junto con tu cartera, y te contempla con evidente encanto en su rostro sonriente.

Él, cuyo no conozco, te ama.

Su felicidad reluce en su semblante, pues tu torpeza, Ana, se convierte en tu mayor encanto ante los nobles ojos de quien te observa.

Sin embargo, nada reluce más que la hermosa argolla dorada que ambos comparten.

¡Te has casado, Ana!

Parece que eres la única cuya felicidad no murió junto a Jalil en San Bartolomé. Además, ahora que lo pienso, han pasado catorce años… Catorce largos años en lo que todo puede suceder, y eso me hace notar que tu aspecto, aunque alegre y juvenil, no es el mismo de la radiante enfermera del internado.

¿Has tenido hijos? Espero que no. Los niños son criaturas enfermizas.

De todos modos no lo sabré. Pero me basta vislumbrar una bella pareja colorida entre tanta oscuridad. A tí, Ana, ahora sosteniendo la mano del hombre que te ama, mientras reanudan el paso para alcanzar a la melancólica turba.

Eras tú, Ana. La torpe Ana de andares tontos bajo los amarillos cedros.

Pero basta ya de estupideces. La muerte llama a la puerta y es mi deber invitarla a seguir.

Theodore Fontaine.

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