UNA TARDE DE TÉ Y GALLETAS EN EL RIPOSO ROSSETTO

Cruelo DVil - Una tarde de té y galletas en el Riposo Rossetto

“La venganza no es buena; mata al alma y la envenena… A menos, claro, que seas una extraña criatura sin una”

 

Pasaron casi dos meses desde que la señora Caffiero había llegado al condominio Rossetto; un conjunto de casas homogéneas, sencillas y ciertamente no muy grandes, pero que conservaban un estilo acogedor y algo tradicional. Sin duda Riposo Rossetto era una joya en medio de una caótica ciudad. Sin embargo la llegada de Alice Caffiero había encendido las sutiles alarmas de los demás residentes del condominio, pues a pesar de ser una elegante dama de avanzada edad, los residentes de Rossetto sentían que ella no estaba a su nivel. Pues ahí todos compartían algo: un elevado estatus pomposo e inflado por egos inalcanzables construidos sobre cimientos tan endebles como un automóvil, un apellido o una casa de campo.

Las madres prohibían que sus hijos se acercasen a la anciana, las nanas tenían la orden de salir del parque tan pronto viesen a la señora Caffiero acercarse, y nadie se atrevía a dirigirle si quiera un saludo. Pero a pesar del evidente repudio que la anciana despertaba entre sus vecinos, a ella parecía no importarle. Incluso me atrevería a aventurar que Alice Caffiero ni siquiera notaba la presencia de las demás personas en Riposo Rossetto. La dama no solía abandonar su hogar con frecuencia, pero quienes la habían visto decían que sus andares eran pesados, calmados y ensimismados. Incluso el señor Castelli; administrador, líder de la junta comunal del condominio y el más arribista de los vecinos, se había tomado la libertad de tildar a la señora Caffiero de “Loca”, a lo que los demás residentes hacían eco.

Alice Caffiero, la anciana viuda de la casa 42. La indeseable loca del Riposo Rossetto.

Una tarde particularmente soleado a pocos días de la noche de todos los santos, Gabrielle Castelli; hija del antipático administrador, tuvo la mala suerte de cruzarse con la señora Caffiero en el sendero que cruzaba el parque central del condominio, y como por simple reflejo, Gabrielle pronunció las palabras “Buenos días”. La joven quedó petrificada al descubrir que había saludado a la mujer cuyo padre tanto repudiaba. Por un segundo Gabrielle confió en que la anciana no la había notado, pues se creía que la señora Caffiero estaba parcialmente ciega y sorda, pero sus pensamientos se vieron interrumpidos cuando la anciana levantó la mirada, sonrió dulcemente y devolvió el saludo. “Buenos días, Gabrielle”, contestó Alice Caffiero mientras seguía avanzando lentamente.

El episodio fue corto, pues la anciana mantuvo el paso y al cabo de un tiempo  Gabrielle la había perdido de vista. Sin embargo, aunque la señora Caffiero ya se había marchado, Gabrielle Castelli no podía dejar de pensar en esa situación y aún no era capaz de retomar el paso. El azul profundo de los ojos de su vecina la había dejado estupefacta. Era algo hermoso enmarcado en una mirada enternecedora. Luego de unos cortos minutos Gabrielle retomó su caminar de regreso a su hogar, y a medida que se acercaba a su casa la chica no podía dejar de pensar en lo injusta que era la gente de Riposo Rossetto al juzgar a la dulce anciana de la casa 42, así que se armó de valor y argumentos para enfrentarse a su padre con el fin de que la invitasen a cenar aquella noche y así poder relacionarse mejor. La respuesta de Arturo, su padre, fue la que Gabrielle se esperaba; una rotunda negativa seguida de un extenso sermón sobre los presentimientos, la familia, los extraños y el apellido Caffiero. Según Arturo, la familia Caffiero figura en varios libros de historia como renegados de la fe, aberrados y destructores de naciones por medio de prácticas indescriptibles. Sin embargo existieron varios clanes que se unieron para acabar con esa plaga hasta que no se volvió a saber de un solo descendiente de los Caffiero. Incluso Arturo se enorgulleció al mencionar que los antepasados de la casa Castelli asumieron acabar con aquel linaje.

Inmediatamente Gabrielle comprendió la obtusa razón por la cual su padre puso a todos los habitantes de Riposo Rossetto. Era un motivo frívolo para enriquecer su (ya de por sí) ufana autoestima. Pero no, Gabrielle era diferente a Arturo; ella nunca había considerado que la injusticia podía ser parte de este mundo y yendo en contra de las órdenes de su padre y el concepto de todos sus vecinos, la joven chica había decidido ser la única amiga de la señora Caffiero.

Pasaron los días y Gabrielle tenía la esperanza de cruzarse nuevamente con la señora Caffiero, saludarla e invitarla a almorzar, pero no sucedió. Nadie había vuelto a ver a la anciana en varias semanas. Algunos comentaban que se había ido de la ciudad y otros rumoreaban que había muerto y su cadáver estaba tirado en la sala de su hogar. Fuera cual fuera el caso, a nadie parecía importarle mucho. No fue hasta que una noche, durante la hora de la cena, Arturo comentó a modo de chiste la supuesta muerte de Alice Caffiero cuando Gabrielle se sorprendió y enojada se levantó de la mesa. Estaba indignada, pues la muerte de la anciana era una situación muy probable, especialmente si tenemos en cuenta la avanzada edad de la señora, pero más preocupante aún es que nadie haya hecho nada al respecto, o que incluso alguien se atreva a carcajear con arrogancia al respecto.

Gabrielle no pudo dormir en toda la noche; sus pensamientos no la dejaban en paz. Aún no podía creer cuan crueles pueden ser las personas con una anciana inofensiva únicamente porque no viste ropa de diseñador o porque no maneja un automóvil de gama alta. La noche fue corta y en cuestión de parpadeos la alarma sonó. Gabrielle debía asistir a clases, y aunque cumplió con sus obligaciones, su mente no pudo dejar de pensar en el cadáver de la señora Caffiero. Temía encontrarla a medio podrir en medio de la sala como su padre había proferido.

Esa tarde, después de clases Gabrielle regresó a Rossetto, pero en vez de caminar hacia su casa, se dirigió a la casa 42. Tuvo mucho cuidado, pues no quería que ningún vecino o vigilante la viera yendo a casa de la anciana.

Al llegar miró por la enorme ventana, pero no se veía nada. Era un hogar anticuado, decorado con cientos de relojes de todo tipo, porcelanas, gatos, y carpetas tejidas. A pesar de su inmaculado aspecto, Gabrielle no podía evitar sentir un poco de escozor al contemplar tan extravagante y saturada decoración. La joven llamó a la puerta con golpecitos delicados, pues no quería que alguien la detectara ahí, no obstante, la parcial sordera de la señora Caffiero seguro le impedía escuchar que alguien llamaba a la puerta y no abrió. Gabrielle empezó a temer lo peor, pero se negaba a darle la razón a su padre. Volvió a llamar a la puerta, pero esta vez con unos golpes contundentes y firmes. La anciana no respondía al llamado, así que ahogada en desesperanza Gabrielle se giró y empezó a caminar preocupada de vuelta a su hogar. Sorpresivamente la puerta chilló detrás de ella y volvió el rostro sonriendo. Alice Caffiero estaba de pie bajo el marco de la puerta, escrutando con curiosidad en búsqueda de quién llamaba a su puerta. Gabrielle entonces se dirigió hacia la anciana quien sonrió levemente al ver que alguien quería hablar con ella. Gabrielle saludó imbuida en júbilo y la señora Caffiero contestó con un gesto amable, lento y caluroso. La mujer invitó a la chica a pasar para tomar té mientras charlaban, a lo que Gabrielle contestó con total disposición.

Tan pronto Gabrielle cruzó por la puerta, sintió una gran pesadez en su cuerpo. Parecía que los efectos de no haber descansado la noche anterior empezaban a surtir efecto. La señora Caffiero, empero, se veía dichosa por recibir visita.

En las paredes se podían apreciar fotografías de antaño de varias parejas jóvenes, parecían los padres y abuelos de la anciana. Pero la atención de Gabrielle estaba enfocada en la absurda cantidad de relojes que, particularmente, marchaban en sentido contrario. Sin embargo la señora Caffiero captó la atención de la joven en poco tiempo, pues su felicidad era palpable; caminaba con rapidez y hacía preguntas para mantener la conversación viva con Gabrielle. A la joven chica la conmovió semejante acto de bondad, pues en pocos segundos la dama caminaba hacia la sala cargando una bandeja con una tetera, dos pocillos y varios pasteles.

Antes de sentarse frente a Gabrielle, Alice Caffiero se retiró elegantemente la pañoleta que cubría su pecho y reveló un reloj colgando como un collar cuya marcha también iba en dirección opuesta y en perfecta sincronización con el resto de relojes en la casa.

La tarde, aunque corta, pareció durar semanas. Ambas charlaron largo y tendido. La anciana contaba historias sobre su difunto marido, sus hijos, sus abuelos y sus padres. La dama, aunque de aspecto senil, demostró tener una memoria intacta, pues recitaba todo tipo de historias con fechas exactas, nombres completos y detalles como si hubiese estado allí. La situación parecía draculezca.

El ambiente era tranquilo, acogedor y cálido. Gabrielle pudo haber ignorado al mundo entero gracias a la amena conversación de la anciana, pero el tic tac de los relojes empezaba a tornarse ensordecedor. Así mismo, a la chica se le empezaban a cerrar los ojos y sentía el cuerpo pesado. Sabía que debía marcharse, pues el cansancio la estaba empezando a afectar. Incluso sentía que alucinaba de a pocos, pues tenía que parpadear dos o tres veces para enfocar su mirada en el rostro de su anfitriona. Sentía que a veces veía un rostro más joven, similar al de los retratos en la pared.

Cuando Gabrielle se rindió, se levantó pesadamente del sillón, agradeció la hospitalidad de la señora Caffiero, se despidió y salió del hogar de la anciana. Sin embargo, aunque lo intentó, su paso era verdaderamente lento y trabajoso, y ello le permitió tomarse el tiempo para observar hacia adentro de la casa de Alice Caffiero por la ventana. Su atención la captó la silueta de una mujer joven que caminaba en el interior, quien levantaba la bandeja, la tetera y los pocillos, y los llevaba de vuelta a la cocina. Gabrielle no recordaba haber visto a alguien más en el interior de la casa, pero pensó que tal vez se trataba de la criada de la anciana. El cansino paso de la chica se clavó en el suelo cuando notó que las manecillas de los relojes ahora marchaban en el sentido natural, pero antes de poder escudriñar con mayor detalle, la joven dama que se encontraba en el interior de la casa 42 caminó hacia la ventana afanosamente, su mirada se detuvo sobre Gabrielle y la chica notó inmediatamente el color azul profundo de sus ojos. Eran los mismos ojos de la señora Caffiero, pero ahora reposaban sobre un rostro sin arrugas. Un rostro hermoso. El mismo de las fotografías en la pared. Pero antes de que Gabrielle pudiese reaccionar, la mujer cerró las cortinas estrepitosamente, dejando plantada a la chica en la mitad del sendero.

De regresó a su hogar, Gabrielle se tomó un poco más del tiempo habitual y la extrañó ver cómo los niños que jugaban en el parque se detenían a observarla. Esto la alarmó y la motivó a apresurar el paso, pero no lo concebía. Empezaba a sentirse más cansada y creía que podía caerse al suelo en cualquier momento. Cuando llegó a su hogar, cruzó la puerta y al levantar la mirada se encontró de frente con una horrible anciana que la miraba de frente. Por poco Gabrielle suelta un grito, pero al tambalearse supo que esa horrible anciana era ella misma reflejada en el enorme espejo de la entrada.

Gabrielle estaba muda, temblaba y se miraba horrorizada en el espejo. Se miraba las manos, se palpaba el rostro. Quería llorar, gritar… estaba completamente aterrada, pero el miedo y el cansancio no le permitían hacer nada. Cuando intentó echar a correr, Gabrielle no logró controlar sus piernas y cayó muerta en el suelo. Justo en medio de la sala.

Esa noche Arturo regresaba a Riposo Rossetto y mientras caminaba por el sendero hacia su hogar se cruzó con una hermosa mujer de lentes oscuros. Sin duda captó su atención, sus pronunciadas curvas, su ceñido vestido negro, el cabello negro brillante y listo hasta la cintura, no eran más que objetos de tentación. Arturo Castelli no contuvo las ganas de saludarla, así que se acercó a ella y se ofreció a llevar las dos maletas de viaje que arrastraba, aunque ella únicamente se limitó a negar con la cabeza, se bañó un poco los lentes oscuros y sobre ellos brillaron un par de ojos azules, la mujer sonrió y de su escote tomó una pequeña nota, la sostuvo y se la entregó delicadamente a Arturo. Él no reparó demasiado en la carta, pues se quedó anonadado contemplando a la mujer que se marchaba del condominio con sus maletas de viaje mientras contoneaba sus seductoras caderas. Cuando la perdió de vista su atención se fijó en el pequeño papel que sostenía entre los dedos descuidadamente, lo levantó hacia su nariz y olfateó profundamente. Arturo quería sentir a esa mujer cerca.

Era un aroma como a canela, té y galletas.

Desenvolvió el papel y en una fina caligrafía escrita con tinta púrpura se leía:

“Así que te divierten las ancianas muertas en la mitad de la sala de su propio hogar.

 

Nunca te burles de un Caffiero, y menos si eres un Castelli.”

 

 – Alice –

5 comentarios en “UNA TARDE DE TÉ Y GALLETAS EN EL RIPOSO ROSSETTO

  1. Hola Cruelo.

    Veo que ahora irás por el camino de los cuentos cortos. Me gustó la historia alrededor de Alice Caffiero y su venganza contra los Castelli.

    Como bien sabes sectores de la sociedad global siempre tendrán motivos para discriminar, cuestionar y señalar a aquellas minorías que no se ajusten a sus principios y creencias. Es decir, no respetan la diferencia.

    Me gustó tu cuento y esperaré el próximo.

    Un abrazo y que seas muy feliz.

    Le gusta a 2 personas

    1. ¡Úrsula!
      Lo sé, he estado demasiado ocupado, pero ello no quiere decir que me haya olvidado de ti, de Theo, ni de mi blog.

      Gracias por estar pendiente, y me alegra mucho que te haya gustado el cuento de la señora Caffiero.

      Espero estar por estos lados con mayor frecuencia.

      ¡Feliz día!

      Le gusta a 1 persona

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