CAPÍTULO 14: TODOS LOS CAMINOS LLEVAN A NAJAC

Cruelo D'Vil - Historia de Theo Capítulo 14

“UNA VEZ TERMINADO EL JUEGO, EL REY Y EL PEÓN REGRESAN A LA MISMA CAJA”

Fueron tres largos días los que pasé oculto en un tupido bosque a pocas horas de Najac. Un majestuoso roble de Tronjoly era mi hogar y me brindaba su desinteresada sombra cuando el sol se encontraba en lo más alto. De noche unas rocas cubiertas de musgo eran mi morada cuando la lluvia caía. A lo largo de esa corta temporada el agua había hecho del suelo un denso lodazal y, sin embargo, el frío, el hambre y la suciedad, no eran lo que me preocupaba; en mi mente vagaba la última conversación con el Señor Korzakov.

La huida del Circo acabó conmigo. Aún, luego de tantos años, recuerdo esa noche a la perfección. La lluvia, que parecía provenir de todas las direcciones, caía sin clemencia. La oscuridad y su silencio inundaban impasibles el paisaje. La única luz que podía distinguirse en el horizonte, provenía de la gran carpa del Circo, que empezaba a desaparecer a mi espalda a medida que continuaba con mi huida. Era tarde y todos dormitaban en el callado pueblo donde pasé los peores años de mi infancia. Todos, excepto los miembros del Circo, quienes practicaban sus actos para el gran lanzamiento al día siguiente en Najac. Cuando crucé sigilosamente entre las carpas, se podían oír las risas y los comentarios. Evidentemente el Circo Ruso estaba lleno de vida y no sospechaba que en cuestión de horas descubrirían el frío cadáver del Señor Korzakov. Nunca se esperarían el repentino y desconcertante suicidio del maestro de ceremonias.

Caminar se había vuelto un suplicio, pues mi bastón se había quebrado mientras bajaba apresurado de la colina donde nos habíamos asentado. El punzante dolor en mi pierna sólo se veía interrumpido por frías preguntas que atravesaban mi mente como cuchillas:

¿Acaso el canalla de Moore tendría el suficiente coraje para delatarme? No… ese pobre diablo no tiene ni un centímetro de estupidez en su cuerpo. ¿Qué hay de Cottet? Acabar con ella nunca sería tan sencillo como lo fue con Rohoeven.

Ya no me quedaba energía y creí que iba a morir. Pero aunque me hubiera encantado acabar mis días bajo la espléndida vista que ofrecían los leves rayos de sol que cruzaban por entre las hojas del roble, parecía que mi cuerpo, por sí solo, quería llegar a París. Mis piernas cansadas, irregulares y tremendamente doloridas me conducían casi que inconscientemente sobre mis pasos, aunque eso significaba que tendría que volver a ver esos malditos infelices con los que la naturaleza decidió castigarme al asignarlos como mis padres.

•  •  •

“Es suficiente” – pensé – “No soporto más esta farsa”.

Mientras el Circo Ruso mantenía su curso hacia París efectuando eventuales paradas, los reporteros, poco a poco, empezaban a cubrir con mayor insistencia la misteriosa desaparición del comandante Rohoeven la cual se había dado hace unos meses, bajo confusos hechos, una noche sobre el risco de La Belle de Mai en Marsella. Éste efectuaba una investigación de rutina por la muerte accidental de uno de los acróbatas del Circo de Korzakov. Los periódicos matutinos y la radio informaban superficialmente que los hermanos de Manuel; el difunto joven, parecían devastados al rendir su versión de los hechos. Sin duda no había sido más que una simple falla técnica, y el Circo no era culpable de ello.

Las explicaciones acompañadas de sollozos que Tommy y su hermana presentaban a los investigadores eran auténticos. El dolor y la sorpresa podían sentirse en cada sílaba. Nadie esperó la pérdida de un joven tan talentoso durante uno de sus actos. Los demás miembros del Circo también rindieron su declaración ante la justicia; el desconcierto merodeaba en el ambiente, y los asistentes de aquella noche no eran ajenos al sentimiento. A pesar de las diferencias de forma y fondo en la narración, todos concluían lo mismo: La muerte de Manuel no había sido más que un desafortunado accidente.

En cuanto a Korzakov, Moore y yo, nuestro convincente papel era digno de halagos. Contábamos con una coartada perfecta gracias a las insensatas acciones del señor La Boue. Habíamos explicado que nos encontrábamos extinguiendo las llamas de la pequeña carpa de adivinación justo después de la caída del joven acróbata, y no habíamos tenido oportunidad alguna de adivinar el paradero de Rohoeven. Los mediocres gendarmes del puerto se habían contentado con tan vulgar mentira como una sobre la repatriación del cadáver del chico, y enfocaban sus esfuerzos en la localización del comandante.

Sin haberlo planeado, los investigadores replicaron la falacia de la repatriación de Manuel cuando Tommy y su hermana quisieron indagar al respecto. Haber recibido esa información proveniente de un cuerpo de autoridad añadía credibilidad a la historia, y al cabo de dos días los acróbatas renunciaron al Circo para regresar a Italia. Parecía que el caso de Manuel estaba cerrado, pero aún había un clavo suelto: el maldito comandante Rohoeven.

Sí, recuerdo perfectamente la noche de los hechos. Luego de una acalorada discusión entre Moore y Luzhin Korzakov, se acordó mentirle a los hermanos del difunto Manuel. Era peligroso darles tiempo para pensar. Al principio el anciano inventó que el cuerpo había sido trasladado rápidamente a un centro de medicina legal para descubrir las causas de la muerte, pero las preguntas de los hermanos no cesaban, así que al cabo de unas semanas se les informó que el cuerpo había sido repatriado de inmediato a Italia, y ellos, luego de rendir cuentas con la policía, partieron detrás del supuesto cadáver.

Tommy era un buen chico; siempre me pareció que tenía una sonrisa encantadora y parecía que él también disfrutaba pasar tiempo conmigo. Sus bondadosos ojos brillaban cada vez que oía mis anécdotas en San Bartolomé. Que bello hubiera sido llegar a conocerlo aún más.

Tan pronto como la gendarmería decidió dejar al Circo en libertad, iniciamos nuestro trayecto; pasamos por Nimes, Montpellier, Bézier y Carcasona. Tardábamos, por lo menos, dos o tres semanas por estación, y aunque se sentía pesadumbre en el ambiente, el Circo lograba cupos completos en cada función. Las personas morían de curiosidad gracias a la publicidad gratuita que tanto el periódico como la radio habían estado haciendo.

Al principio el señor Korzakov parecía ansioso por llegar a París, pero durante el curso entre Bézier y Carcasona empezó a verse un poco más tranquilo; incluso se le había vuelto a ver sonreír. Sus maneras regresaban a ser las mismas de antes y ello tenía inquieto a todo el Concejo, pero especialmente al doctor Moore; sabían que algo se traía entre las huesudas manos. A mí, en lo personal, me causaban curiosidad las largas ausencias del viejo. Pasaba largas horas encerrado en su despacho dentro del remolque, y empezaba a darle fuerza al rumor que corría en el Concejo: Luzhin Korzakov escondía algo.

•  •  •

Para aquel entonces cualquier sospecha estaba infundada. A pesar de la amargura por la pérdida de Amelia, Manuel y la renuncia de los jóvenes acróbatas, se sentía una extraña atmósfera de alegría. El anciano marchaba radiante de un lado a otro, se encargaba de los preparativos para nuestra partida hacia Toulouse, animaba constantemente al resto, e incluso se le había visto conversar amigablemente con Moore.

Sin embargo, la noche antes de emprender el viaje desde Carcasona, el Doctor entró abruptamente a mi remolque. Estaba evidentemente furioso. Tenía el rostro colorado, los arcos nasales se expandían a medida que bufaba, y de su tembloroso puño soltó sobre mis piernas un manojo de papeles cuidadosamente doblados. Lo contemplé por un corto lapso de tiempo. Era lamentable verlo respirar agitado mientras lucía la corbata desajustada. Bajé la mirada y hojeé rápidamente. Se trataba de un montón de cartas remitidas por una mujer de letra fina y elegante.

El enojo de Moore había cobrado sentido, pues aquellas cartas estaban delicadamente firmadas por la Comisario Cottet. Había oído hablar de ella anteriormente en la radio y había leído una que otra nota en el periódico, donde la relacionaban con la resolución de casos importantes. Aquella mujer conocía nuestra ruta de antemano. Sabía que nos dirigíamos hacia París, y había trazado una ruta para interceptar nuestra marcha. Según los eslabones de las cartas, Korzakov y Cottet habían acordado un encuentro “sorpresa” en una pequeña villa lejos del barullo de la civilización. Querían acorralarnos y dar con los responsables de la desaparición de Rohoeven en un lugar donde fuese sencillo atrapar a cualquier fugitivo: Najac.

Al leer el nombre de aquel lugar, mi corazón se contrajo. Creí que nunca más iba a volver a saber sobre la cuna de mis males, pero el destino quería jugar conmigo. Los recuerdos cayeron sobre mí como si se tratase del peso de dos planetas. Mi amigo Poe, el Señor Jalil, Madame Perigord, McEllan, Ana, el Señor D’Avignon… Camille… Camille…

Estaba absorto en mis pensamientos cuando la brusca voz nerviosa del Doctor Moore quebró el silencio “¡¿Y bien?!”, dijo exaltado. Levanté la mirada. Noté que aquel sujeto sudaba a cántaros y volví a bajar la mirada. A medida que seguía leyendo, comprendía con mayor claridad la conversación entre Korzakov y Cottet. Por suerte el anciano aún no había delatado al autor del crimen ni había ahondado en los detalles. Parecía que quisiera tratar con la Comisario personalmente.

La mujer se encontraba en Lyon atendiendo un caso y era evidente que el Maestro de Ceremonias estaba retrasando nuestra marcha para hacer algo de tiempo mientras el Circo llegaba a Najac. Ello también nos daría tiempo suficiente para pensar en un plan para evadir tal inconveniente, pero aún no teníamos nada en mente… o por lo menos yo no quería acudir a la única solución que Moore buscaba sutilmente sugerir.

El Señor Korzakov era un buen hombre, pero haberle mentido a Tommy y a su hermana no le había sentado nada bien. Era notorio el gran aprecio que guardaba por la juventud. Tal vez veía en los jóvenes algo del pequeño Dmitri. No lo sé. Fuese por la razón que fuese, el asesinato de su esposa lo había quebrantado y aquella mentira había sido el detonante. Korzakov estaba exhausto y sólo quería acabar con los peligros que el Concejo significaba para él y el futuro de su hijo. Moore y el resto de integrantes habíamos echado a perder su sueño. No tenía nada que perder.

Decidí dejar el manojo de cartas sobre mi cama, tomé el bastón y me puse en pie. Me puse un abrigo y tomé una cajetilla de cigarrillos. El Doctor Moore y yo caminamos lejos de los remolques, encendimos un cigarrillo y charlamos durante varias horas. Aquel hombre estaba evidentemente ansioso. Tan pronto acababa de fumar, tomaba otro cigarrillo, lo encendía y continuaba fumando desesperadamente. El brillo de la luna llena se reflejaba en su sudorosa frente mientras contemplaba las estrellas en silencio. Sus canosas sienes se acentuaban en la oscuridad, temblaba con ligereza y su conversación se limitaba a unas pocas palabras. Era evidente que quería asesinar al Señor Korzakov, pero algo tan poco elegante como un disparo o una serie de cuchilladas iban a activar las alarmas de Cottet.

Un crimen no estaba entre mi lista de soluciones.

Al día siguiente, durante el curso hacia Toulouse, yo llevaba encendida la radio. Sabía con certeza que oiría de nuevo sobre la renombrada Comisario Cottet, pero me llevé una horrible sorpresa. El frío penetró mi alma cuando el reportero cedió la palabra a aquella mujer. La voz de Ophelia Cottet era grave y ronca. Daba la impresión de que fumara en exceso, pero aquella voz tosca era perfectamente adornada por palabras cultas, respuestas tajantes y un tono calmado.

Era sin duda una mujer tan fascinante como peligrosa.

En su corta intervención afirmó que el caso en el que había estado trabajando durante los últimos meses, había sido cerrado esa misma noche al dar de baja a Dante Foldarrob, un peligroso magnate traficante de armas, drogas y pornografía infantil. Posteriormente, durante el cierre de la entrevista y en medio del humor, el reportero le sugirió a la Comisario que se tomase unas merecidas vacaciones, pero ella, con seductora acentuación cortante, le informó que debía viajar de inmediato hacia el oeste, donde otro caso la esperaba.

Sabía que venía por nosotros.

Al atardecer, cuando llegamos a Toulouse, el Señor Korzakov nos invitó a beber té en un café del lugar. El hombre no podía estar más radiante y caminó en frente de todos hasta encontrarnos sentados en una gran mesa. Noté que Moore no había asistido y pregunté por lo bajo a una de las chicas que acompañan el acto de payasos sobre el paradero del Doctor. Ella me informó que no se sentía en disposición de salir pues, según ella, parecía que algo le había sentado mal. “Hasta los médicos se enferman, ¡¿Eh!?” – bromeó tontamente -. Le respondí con una sonrisa evidentemente falsa mientras pensaba. Era obvio que él también había oído la entrevista a Cottet y estaba infinitamente angustiado.

Pobre sujeto; le era imposible actuar sin su máscara y la nariz de pimpón.

Korzakov captó la atención de todos los comensales con un leve carraspeo. Nos informó que estaba ansioso por llegar a París, pues quería “vernos triunfar” cuanto antes. Así que había decidido omitir nuestros actos en Toulouse. Pasaríamos la noche ahí, pero al otro día habíamos de continuar nuestra marcha hacia nuestra siguiente parada; una pequeña villa llamada Najac.

El terror se apoderó de cada fibra de mi cuerpo y, accidentalmente, derramé mi taza de té. Todos carcajearon y bromeaban al respecto, excepto Korzakov, quien me miró con ojos inquisitivos. Le sonreí y él sonrió de vuelta.

La velada transcurrió con normalidad, pero un pensamiento ocupaba mi mente: Tenía que actuar.

Al anochecer regresamos a los remolques. Estábamos cansados luego del viaje, pero habíamos recuperado un poco de energía luego de tan agradable encuentro. A la medianoche, cuando todos dormían me escabullí hasta el remolque del Doctor Moore, llamé a su puerta pero no abrió. Necesitaba un consejo, pero no lo recibí, así que regresé a mi remolque. Intenté conciliar el sueño, pero los nervios me lo impedían.

Entre mis pensamientos vagué entre todas las novelas, relatos, poemas y cuentos que recordaba. Intentaba encontrar consuelo entre las letras. Lovecraft, Poe, Walpole, Radcliffe, Wilde, Stoker y Lewis; los peores consejeros en tal situación, pues juntos me condujeron cuidadosamente hacia una solución sofisticada.

Eran casi las dos de la madrugada cuando volví a salir sigilosamente de mi remolque. Caminé oculto hasta el vagón del Pirotécnico y levanté la enorme lona que cubría el cargamento y robé, lo que creí, tres bloques de pólvora. Cuando regresé a mi remolque los abrí. Dos de los bloques, en efecto, tenían la etiqueta “Pólvora” sobre ellos, pero el tercero únicamente contaba con un As-33. Al abrir el primer bloque de pólvora, un penetrante aroma inundó mi remolque. Era evidente que sería inútil utilizarla para mis fines.

La desesperación empezaba a hacer estragos.

Miré de soslayo al tercer bloque, lo abrí cuidadosamente y noté que en su interior contenía un fino polvillo blanco sin olor. Cumplía con las dos primeras características que necesitaba, pero ¿cumpliría con la tercera?

Al día siguiente, cuando nos disponíamos a iniciar nuestro viaje a Najac, el remolque en el que yo me transportaba no lograba encenderse. Diferentes miembros del Circo intentaron colaborar, pero fue inútil; la máquina no se puso en marcha.

Mientras varios hombres ataban mi remolque al de las focas de Korzakov, Moore se acercó a mí. “Siento no haber atendido anoche… descubrí a Luzhin merodeando entre los remolques y no quería que nos viera hablando”. Ya no importaba; había tomado una decisión sin su ayuda, pero lo tomé del brazo instintivamente y le pregunté cauteloso sobre el significado del As-33. Se irguió con una expresión de horror, “¡Es arsénico, Theodore!”, exclamó y el miedo en su rostro se transformó para dejar ver la sombra de una sonrisa. Se giró sobre sí y regresó rápidamente a su remolque.

Aquellas fueron las últimas palabras que cruzamos.

Cuando la caravana se puso en marcha, estuve a solas en mi remolque. Contemplaba el bloque de arsénico mientras comprendía que aquella era la solución para evitar a Cottet.

Pasaron varias horas mientras preparaba la mezcla.

El fuerte aroma que la pólvora había dejado la noche anterior causaba un estado letárgico en el ambiente. De repente una lenta marcha frente a la caravana redujo nuestro ritmo. Tuve suficiente tiempo para meditar, contemplé lo que sucedía en la marcha y logré articular unas cuantas palabras sobre una hoja, pero no había tiempo que perder. Debía encontrar las cantidades adecuadas para que mi plan se pudiese desenvolver tal y como lo había estructurado.

Cuando finalmente nos detuvimos, podía contemplar la cúspide de la biblioteca de San Bartolomé sobresaliendo entre las pequeñas casas de la villa. La vista me causaba náuseas.

Al cabo de una hora las carpas ya habían sido levantadas, los diferentes miembros del Circo ensayaban animosos sus actos para el día siguiente y yo me había vuelto a recluir en mi remolque. Había descubierto la cantidad de arsénico adecuada para acabar con una persona en pocos minutos sin alterar la inocente apariencia de una taza de té. Preparé dos tazas de leche tibia, puse dos pequeñas bolsas de té en cada una y les añadí un terrón de azúcar. Por último tomé un frasco con el arsénico en cantidad exacta y lo mezclé entre una de las tazas.

Alfonso de Borja estaría orgulloso de mí.

Llevé ambas tazas sobre una bandeja de plata hasta el gran remolque del Señor Korzakov. Su puerta estaba entreabierta y un leve rayo de luz se despedía por la abertura. Empujé levemente con el hombro y entré. Luzhin Korzakov se encontraba escribiendo recostado sobre una hoja. Temí que fuese otra de sus cartas con Cottet, avisándole que ya nos habíamos detenido en Najac.

El anciano levantó el rostro con tranquilidad. Examinó las tazas y sus ojos se clavaron en los míos. Estaban vidriosos y empañados en lágrimas.

“¡Ahhh! Envenenamiento. Pero qué exquisita manera de acabar con la vida de tu Judas, joven Theodore. Admirable, admirable. No esperaba menos de una mente como la tuya.”

Sus palabras habían cortado más que cualquier daga. El anciano era consciente de todo y no estaba dispuesto a oponerse.

“Debí creer en aquel chiquillo del pueblo. Repetía vulgarmente rumores sobre tus habilidades macabras, pero tu inocente rostro supo burlarme. Adelante, siéntate por favor”

Caminé sin pensar y en menos de nada me encontraba en la silla frente al Maestro de Ceremonias. Su jovialidad había desaparecido. Lo noté más viejo que nunca. Los surcos de sus arrugas invadían cada centímetro de su rostro, el cabello pálido y delgado, los ojos buenos y hundidos. Todo era una sinfonía que enmarcaba y resaltaba su gentil sonrisa.

No me era posible articular palabras.

“Eres un buen chico, Theodore. No es un secreto para mí que simplemente has sido víctima de las circunstancias. Me hubiera encantado llegar a conocerte cuando alcanzaras la madurez. Verte caminar al altar junto a quien amas y abrazar a tus hijos.

¡El viejo tío Luzhin! Que maravilla.

Aunque he de conocerte tan bien que adivino nunca tendrías hijos. Al menos no propios”.

Sentía que las lágrimas empezaban a agolparse en mí. Los sollozos que contenía ahogaban mi garganta y las manos empezaban a sudar.

“Ayer noté tu reacción cuando decidí continuar nuestro camino sin presentarnos en Toulouse. Sabía que eras agudo y para aquél entonces habrías resuelto mi plan. Decidí conversar contigo en tu remolque, pero al entrar no te encontré ahí. En reemplazo tuyo vi una pila de cartas que Ophelia Cottet me había enviado. No sé cómo las conseguiste, pero ello había confirmado mi teoría, así que regresé a mi remolque. Sin embargo me sorprendí cuando te descubrí robando del vagón del Pirotécnico. Comprendí que mi suerte estaba echada.”

El Señor Korzakov estiró sus huesudas y pálidas manos para tomar una taza. Giré levemente para que comprendiera cuál debía beber. Dudó un instante, pero la sujetó con firmeza. La acercó a su boca, sopló con calma y continuó hablando.

“Mi único sueño era viajar por el mundo, conocer cuanta cultura fuese posible junto a mi esposa y mi mejor amigo. Todo bajo la finalidad de brindarle un futuro prometedor a Dmitri, pero la codicia de Moore hizo que todo esto se viniera abajo. Tú has sido partícipe, sí. Aunque sé que no hay maldad en tu corazón. Eres un pequeño niño atormentado cuyas decisiones son apresuradas a causa del temor.

Te perdono, Theodore.

Eres un maestro estratega y me has vencido en mi propio juego.

He resuelto culparme sobre la desaparición del Comandante Rohoeven, y he plantado una serie de pistas para que la perspicaz Comisario encargada del caso, detenga a “mi amigo” Moore por su complicidad en el caso.

En cuanto a ti, eres libre de estos demonios. Márchate esta misma noche y no dejes rastro de tu paso por mi Circo. Reestructura tu vida y cumple tus sueños. Sé que has de tener varios.”

El anciano tomó un largo y profundo sorbo de su taza. No contuvo un leve carraspeo y sonrió.

“El show debe continuar, Theodore… *caugh*”

Tomé mi taza, bebí de ella. Estrechamos las manos y me despedí con una leve reverencia.

Al salir del remolque del Señor Korzakov sentí que la lluvia empezaba a caer. Caminé sobre mis pasos y tomé todas mis pertenencias. El omnisciente ojo de San Bartolomé estaba observando silencioso desde lo lejos. Sentía como me juzgaba tras cada paso.

En pocos minutos me encontraba huyendo entre la lluvia y el barro. La noche fue eterna, y en cuestión de un par de horas, me encontraba oculto bajo las piedras cubiertas en musgo.

No pude contener las lágrimas. Me sentía perdido.

Gracias Señor Luzhin Korzakov. Usted fue un mejor padre para mí que aquel monstruo que, sin saberlo, volvería a verme en Montparnasse.

6 comentarios en “CAPÍTULO 14: TODOS LOS CAMINOS LLEVAN A NAJAC

  1. Hola hijo. Me alegra que hayas retomado la escritura de tu blog, pareció genial.  Te enviaré a tu whatsapp algunas inquietudes.  Un abrazo y que seas muy feliz.  Enviado desde Yahoo Mail para Android

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