Capítulo 15: El río carmesí que hurtó mi cordura

Mauricio Miranda - Cruelo D'Vil - Historia de Theo - Capítulo 15

Mi amigo Poe decía que la ciencia no nos ha enseñado aún si la locura es, o no, algo más sublime que la cordura…

Cuando mi cuerpo me permitió retomar mi camino, vagué sin aparente rumbo. No sabía dónde estaba, pero quería alejarme cuanto antes del agudo olfato de Cottet. Aunque las últimas palabras del señor Korzakov aún resonaban en mi mente, eran las cortantes sílabas de la comisario lo que agotaba mis nervios.

Deambulé sin apuro, pero mantenía un curso fijo, había recordado que a unas cuantas millas de Najac había una villa menos insípida pero igual de olvidada: Cahors. Debía llegar antes del anochecer para pasar la noche y ahí fijar mi siguiente parada. Era crucial borrar cualquier rastro y  escapar de Cottet para siempre, y una cosa era cierta: una vez estuviese de vuelta en Montparnasse, me encontraría completamente a salvo.

Así es. Había decidido regresar a París, bajo el indiferente manto de mis padres. Si la ley deseaba encontrar al culpable de un doble asesinato, nunca empezarían con buscar al hijo de una renombrada familia parisina, cuyos integrantes “siempre” se han mantenido unidos.

No hay que ser un genio para adivinar que Fleur y Theodore, entre su estúpido ejercicio de las apariencias, harían cualquier cosa por mantener el apellido Fontaine impoluto ante escándalos, incluso si eso haya significado asesinar a la directora de San Bartolomé o permitir que un sujeto, parcialmente inocente como Moore, resulte preso a causa de los crímenes que yo cometí.

Sin duda el camino entre el bosque de Najac donde me escondí y la mágica villa de Cahors resultaba más anfractuoso de lo que recordaba. Detrás no solo había dejado al cadáver un buen hombre, sino también, entre las descompuestas ruinas de San Bartolomé, el cadáver de las buenas intenciones de lo que ahora es un monstruo sediento de sangre. Un monstruo sediento de sangre que, en alguna época, no fue más que un niño que inconscientemente pedía a gritos un poco de compañía.

Dejando de lado esta empalagosa melancolía, recuerdo que anduve cansino y al cabo de cuatro horas logré llegar. El sol se ponía, un vehemente naranja bañaba el cielo de la villa y su fulgor se reflejaba sobre la superficie del majestuoso río.

Entre algunos de los libros que había leído hasta entonces, los autores mencionaban a Cahors de manera rudimentaria; hablaban de un pueblo narcótico capaz de causarle sopor hasta al mismo curso de la vida. Las representaciones artísticas de la villa no se quedaban atrás, pues tuve el placer de contemplar grandes exposiciones junto al señor D’Avignon, donde el artista, por medio de la burda pero siempre sutil técnica de la acuarela, narraba el somnífero día a día en Cahors. No obstante, aquel atardecer, mientras caminaba sobre un puente de una belleza que ni el mismo Monet podría representar, una reflexión fugaz atravesó mi pensamiento: esos remedos de artista no eran más que unos frívolos mentirosos ineptos para plasmar, ni con letras ni con pinceladas, la belleza oculta entre lo más profundo del ser humano. Lo sublime del miedo irracional que el paisaje de Cahors era capaz de suscitar. Mi cuerpo se detuvo un instante por sí solo, contemplé mi alrededor, las góticas aristas de la estructura en las torres del puente señalaban al cielo; un cielo que ahora se bañaba en un ferviente escarlata manifestado con mayor intensidad, encarnado y pavoroso sobre el río que serpenteaba bajo el puente. El agua emanaba un tono carmesí que superaba a la inquietante elegancia del rubí, semejando vivos caudales de sangre. La hermosa presencia del nectare vitae colmaba al paisaje, contrastaba con los negros bloques de la pasarela y con las sombras que producían las turbias nubes. Por cortos minutos Cahors era arte. Cerré mis ojos y en mi mente las exquisitas notas de un adagio de Albinoni se agolpaban con la marcha de mi corazón aún latiente.

Sin embargo, en el momento justo cuando el efecto placebo se disponía dejar caer sobre mí las majestuosas notas del órgano, el estridente claxon de un camión quebrantó mi munchesca fantasía. Los reflejos me obligaron a girar enardecido, encontrándome con un gran furgón que se aproximaba a gran velocidad. Parecía que al interior de la cabina del chofer no se experimentaba intención alguna de reducir su prisa, pues en pocos segundos la máquina transitaba sobre el puente. Para sorpresa mía, cuando aquél vehículo me sobrepasaba, su velocidad se vio considerablemente disminuida. El conductor era un sujeto de aspecto rudo, con facciones marcadas, mandíbula ancha, cejas pobladas y de calvicie extrema, me daba la impresión un jabalí antropomorfo.

Sin duda su tosca presencia rompía con la armonía del lugar.

Bajó parcialmente la ventana y, sometidos por sus pesadas cejas, se asomaron dos pequeños ojos azules que discrepaban con la brusquedad de su figura. Me miró con una expresión que manifestaba algo similar al asco.

La ira me invadió.

¡Pero qué tipo más insolente! ¡Debía ser yo quien se sintiera asqueado por él!

Antes de poder reaccionar a su mirada inquisitoria, su horrible boca de orco me gritó ¡Lárgate de aquí, foráneo! ¡No nos interesa tener sucios méndigos en la villa! ¡Si pones un pie en Cahors te las verás conmigo! Retomó su ritmo original y mientras yo intentaba comprender lo que acababa de suceder, el camión se perdió en el horizonte.

Así, sin parsimonia alguna, la musa de mi obra cumbre se había esfumado de la tierra, y aunque en ese momento no lo supiera, su recuerdo se convertiría en mi legado.

¿Así que ese sucio neandertal se las quiere ver conmigo, eh? – pensé retomando paso decidido hacia Cahors – No se imagina a quién acaba de amenazar.

Pasaron dos horas. La noche había caído tan sobria y elegante como siempre, pero el cielo estaba cubierto por las mismas nubes turbias del atardecer. Había llovido durante la última semana, y esta no iba a ser la excepción, así que busqué un lugar cómodo para pasar la noche.

A diferencia de La Belle de Mai, la villa sí contaba con más de un alojamiento, los cuales eran indudablemente más acogedores que el hostal de Ágatha, pero ello también los hacía creer que los habitantes de Cahors tenían permitido mirar por encima del hombro a cualquier visitante. Conmigo no fue la excepción; en dos ocasiones los vigilantes no me permitieron cruzar la entrada del hotel, y en otra la recepcionista se negó a atenderme.

Había caminado durante todo el día, mi único descanso había sido durante un corto periodo a contemplar el entorno sobre el puente de Cahors. El dolor de mi pierna empezaba a intensificarse con cada paso y debía encontrar un lugar para descansar antes de desplomarme en la mitad de la calle.

Los transeúntes me miraban de reojo – era evidente -, pero evitaron mantener contacto visual conmigo. Estaba solo a pesar de encontrarme rodeado por tantas personas.

Cuando creí que no podría seguir, encontré un motel. Un mediocre establecimiento de paso. Al frente varios camiones y automóviles inundaban el estacionamiento y, curiosamente, también divisé el camión del cerdo que me amenazó en el puente. Aunque cientas de posibles venganzas se agolpaban en mi cabeza, el dolor en la pierna no me permitía concretar ninguna. – Mañana pensaré con más calma –  me dije a mi mismo mientras cruzaba por la puerta del motel.

Al otro lado del recibidor, una chica bastante atractiva hojeaba una revista. Tenía el cabello corto, cuidadosamente cepillado para dar la impresión de desinterés. Es difícil de explicar, pero parecía estar conscientemente desordenado. Su piel era pálida y contrastaba con su vestimenta oscura, la cual armonizaba con un maquillaje donde primaban tonos como el ébano. No se percató de mi presencia hasta que me acerqué bastante y con un respingo cerró el librillo. Era un catálogo de ropa interior femenina, el cual arrojó al suelo mientras su rostro enrojecía. “¿Bu-bu-busca una habita-tación, señor?” – fueron sus palabras – y sin meditarlo dos instantes, tomó una de las llaves que colgaban detrás de sí. Nerviosamente me indicó una serie de recomendaciones mientras sus manos temblaban débilmente y su mirada no se apartaba de la mía. Era obvio que se sentía terriblemente apenada y sólo quería que ese momento acabase cuanto antes. Le agradecí con un movimiento de cabeza y me dirigí a mi habitación.

Era un despacho similar al que habité durante mi estadía en aquel puerto de Marsella, pero la falta de humedad o el olor a pescado lo hacían parecer mucho más agradable. Arrojé mi equipaje a un lado, solté el astillado bastón y me dejé caer de frente sobre la cama. No obstante, aunque intenté sucumbir al cansancio, el dolor en la pierna me lo impidió, así que decidí tomar una ducha caliente para relajar los músculos.

Cuando entré al baño crucé frente al espejo y me llevé un terrible susto. Una situación tan estúpida que incluso hoy me avergüenza aceptarla. En el reflejo había un hombre de barba deshilachada, pelo enmarañado, ojos hundidos entre ojeras y con una piel cubierta en manchas de barro y polvo.

Era yo.

No me había afeitado ni había recibido un baño en varios días. Mi lamentable aspecto reflejaba el paso del tiempo en la intemperie. No parecía el chico de veinticinco años, sino un anciano que había olvidado el significado de la cordura hace décadas.

Abrí la gaveta y, por suerte, la habitación estaba equipada con diferentes implementos de aseo, entre los cuales una pequeña caja con cuchillas de afeitar trajo un alivio tan grande como frívolo.

Me volví a mirar en el espejo. Definitivamente ese tipo no era yo.

Me enjuagué el rostro con agua y justo antes de empezar a cortar me detuve abruptamente. Corrí fuera del baño, sabía que había visto un viejo radiecillo en alguna parte de la habitación. Ahí estaba, sobre la mesa junto a la ventana. Lo encendí y pasé el dial por France Inter, RTL y Europe 1, pero ninguna emitía lo que yo estaba buscando. No fue hasta el apellido Cottet cortó mis tímpanos desde France Info que me detuve. Era a ella a quien estaba buscando.

“La comisario Cottet ha resuelto exitosamente el misterio que giraba alrededor de la desaparición del detective Rohoeven el pasado 25 de abril durante confusas situaciones en La Belle de Mai, Marsella.

Según la comisario, todo estaba orquestado por un grupo interno del Circo Ruso de Luzhin Korzakov, el cual era conocido como “El Concejo”, dirigido por Colin Moore, un médico londinense que presuntamente había trabajado directamente con la Unión Soviética.

Estas fueron las palabras de la comisario Ophelia Cottet durante una corta rueda de prensa en el lugar de los hechos:

‘Buenas noches. Aunque muy pocos lo supieran, estuve trabajando en la desaparición de mi colega paralelo al caso de Dante Foldarrob. Durante esas fechas me comuniqué con Luzhin Korzakov, el difunto dueño del Circo Ruso, quien colaboró con información crucial. Desgraciadamente el perpetrador fue más ágil que nuestras medidas y envenenó a nuestro informante con una peligrosa mezcla de elementos utilizados para la fabricación de fuegos artificiales.

Aunque todas las pruebas encontradas en el cajón de Korzakov, conducen al médico Colin Moore, culpable no solo del asesinato del maestro de ceremonias y del detective Rohoeven, sino también responsable del fallecimiento de Amelia de Korzakov, esposa de Luzhin Korzakov, y la desaparición de otros varios miembros del Circo. Aún existen sospechas de que él no trabajaba solo. He decidido adelantar investigaciones y algunos nombres encabezan la lista de nuevos sospechosos. No descansaré hasta…’

Aunque la comisario ha dado a conocer su interés por continuar con el caso, sus superiores han decidido cerrarlo dado que el culpable ya se encuentra a la espera de un veredicto en el juzgado.

Informando para France Info Noticias, Eloise Lorás. Buenas noches”.

Evidentemente se trataba de una nota rápida; de esas donde recopilan la información del día y la transmiten nuevamente durante la medianoche.

A pesar de la brevedad del segmento la ansiedad recorría cada centímetro de mi cuerpo, y sin notarlo mi rostro ya estaba libre del rastro de la barba. Al salir del trance en el que me había ensimismado, me vi de vuelta. Era yo en el reflejo. Habían regresado los rasgos delicados que siempre mantuvieron la semejanza entre mi madre y yo. Mis ojos, uno esmeralda y otro gris, aunque irregulares, emanaban dulzura e inocencia. La mirada era mi coartada perfecta. Sonreí levemente en el espejo. Era la expresión de Norman Bates.

No recuerdo cuándo fue la última vez que sonreí antes de esa noche.

•   •   •

Me levanté con un sobresalto. Los primeros rayos de sol empezaban a entrar a través de la ventana de mi habitación, así que tomé mis pertenencias, las guardé en la maleta y salí al recibidor. Ahí estaba la misma chica atractiva de la noche anterior, quien me miró con sus oscuros ojos bajo unas gruesas pero bien perfiladas cejas. La curiosidad en su rostro era evidente, pero también parecía haber algo de encanto y temor.

No sabía describirlo. Las mujeres siempre fueron un misterio que no me interesó descifrar.

Cuando le entregué las llaves, intentó rozar su mano con la mía y su mirada parecía insinuar algo. Sabía lo que quería, pero tener sexo con ella no estaba entre mis planes. La situación me recordó aquella noche. Mi primer encuentro sexual. Una memoria que desearía poder arrojar al pozo del olvido, pues aunque el cuerpo de Ágatha aún lucía formas estéticas, era evidente que hubo mejores días en el pasado.

Me despedí cordialmente. La chica bajó la mirada, miró la llave queriendo averiguar la habitación que había ocupado. Cuando descubrió que se trataba de la habitación 237, su expresión se contrajo. Me miró rápidamente, pero ahora en sus bellos ojos reinaba inseguridad.

– ¿Pe – pero el anciano de anoche? ¿Cuándo te hos-hospedaste tú? –, dijo mientras el rubor volvía a invadir su rostro, y le contesté – ¡Vaya! Ese anciano era yo. Es increíble lo que puede hacer una barba. – sonreí deliberadamente con expresión ingenua. – Por cierto, eres demasiado bella para haber estado buscando lencería en un catálogo tan anticuado –. Supo de inmediato a qué me refería y el rojo de su piel se intensificó mucho más. Le dirigí un leve guiño, giré sobre mis talones y caminé hacia la salida del motel.

Era una chica sencilla, así que no fue muy difícil silenciar sus preguntas con un falso acto de coquetería. No podía permitirle echar a perder mi nuevo “disfraz”.

Qué ingenua.

Afuera el sol resplandecía serenamente y no pude evitar colocar mi mano en la frente para cubrir los fuertes rayos que me impedían ver con claridad. Mi mirada viajó rápidamente hacia el camión del tipo con aspecto de jabalí, y sentí alivio al notar que aún estaba allí. Con paso firme caminé hacia el vehículo y sostuve mi bastón con fuerza. Lo empuñé decidido y me disponía a romper el parabrisas con un sólo golpe, pero antes de lograr levantar mi apoyo en su totalidad, un resonante ¡HEY! crujió a mis espaldas. Era el chofer que ahora venía hacia mí con gesto desconcertado. Por un corto instante temí que me reconociera, pero su tono era diferente; sonaba amigable y relajado. – ¡Hola, muchacho! Veo que ibas a llamar a la puerta, pero no hay nadie dentro – dijo – Soy Nicolai, ¡un placer! ¿Qué puedo hacer por ti? -, y con una risotada bonachona apretó mi mano. Tuve que improvisar – Me dirijo a París, y la chica de la recepción me dijo que este camión podría acercarme un poco – dije sin titubear, pero ahogado en temor – ¡Ah! Por supuesto, ¡súbete! Yo también voy para París, aunque es un viaje que nos tomará dos o tres días por lo menos. Tengo un cargamento de plantas para un laboratorio químico en la capital, y espero ver a mi hija durante mi estadía. Mariane no se equivocaba. ¡Vamos! ¡Súbete! -. Tomó mi maleta y lo arrojó en la parte trasera de la cabina, donde había una pequeña recámara, y sin necesidad de pedírselo me sostuvo del brazo para ayudarme a subir al camión. Cerró la puerta, pasó por el frente y se acomodó en su puesto. Parecía estar de muy buen ánimo. – Al llegar a París podré tomarme unas cortas vacaciones – dijo – Hace un buen tiempo no veo a mi familia. Y tú, ¿por qué vas a París… – su pausa me indicó que deseaba conocer mi nombre “Irvin” – contesté sin pensar – – ¿Por qué vas a París, Irvin? – Pensé que la mejor coartada en este caso sería decir la verdad, así que le comenté que me había tomado un descanso de la gran ciudad y ahora me disponía a regresar a mi hogar en París. Nicolai no lucía su grotesco aspecto mientras sonreía. Puso el camión en marcha y emprendimos camino hacia Limoges.

Cuando abroché mi cinturón, pasé mi mano rápidamente sobre el pantalón, sentí que llevaba un pequeño paquete en el bolsillo de la izquierda. No recordaba haber guardado nada ahí.

Introduje mi mano sutilmente y sentí un frío pinchazo que me hizo comprender lo qué llevaba ahí. Eran las cuchillas de la máquina de afeitar. De seguro las guardé en medio del trance mientras pensaba en las palabras Cottet. Por un momento sólo pensé que debía guardarlas con cuidado en mi maleta, pero luego, por su cuenta, mis ojos se dirigieron hacia el cuello de Nicolai. A su yugular más exactamente. Había comprendido lo que debía hacer.

Esa sería mi venganza…

Aunque… era demasiado sencillo.

Sentí cómo algo dentro de mí se quebraba…

Era, tal vez, mi humanidad.

Sea como sea, aún creo que Cahors arrebató mi cordura.

 

3 comentarios en “Capítulo 15: El río carmesí que hurtó mi cordura

  1. En su regreso a París ya tiene en mente continuar con su camino de sangre. Serán los últimos días de Nicolai?, ¿Será que su maldad es el resultado de la falta de atención que él argumenta tuvo durante su infancia? o ¿simplemente es un ser malvado que culpa a otros?

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