Capítulo 16: Nicolai debe pagar

Cruelo D'vil - Historia De Theo - Capítulo 16

Era lo más justo… era lo más justo…

El camino entre Cahors y Limoges no era muy diferente a los demás; costados con densos pinares que empezaban a dejar caer sus hojas coloradas, gruesas gotas de un rocío lento que bajaban de un cielo gris cubierto en nubes pesadas que reposaban sobre un tráfico casi inexistente. Parecía como si el sol no hubiera querido acompañarnos en nuestro regreso a París, pero sin duda se trataba de un otoño tardío que anunció su llegada con las fuertes noches lluviosas que tuve que soportar en el bosque de Najac.

Varias veces tuve la oportunidad de avistar bandadas de aves viajando al sur. Aquellas lejanas hileras de patos que surcaban el turbio cielo en búsqueda de un lugar más amigable me hacían desear tener alas y huir tras mi propio rumbo, pero una maldición llamada Gravedad limitaba mis aspiraciones y me obligaba estar encerrado en un enorme camión cuyo hedor evidenciaba las largas horas que Nicolai debía pasar sentado día tras día para cumplir con su labor.

Sin duda este oficio había convertido a Nicolai en un hombre solitario que disfrutaba infinitamente la compañía. Desde que su camión se puso en marcha, las palabras producidas por su enorme boca no cesaron. Al principio los temas que trataba no iban más allá de leves simulaciones de conversación que brincaban de un asunto a otro, lo que me condujo a perder todo interés en su parloteo. Sin embargo parecía no importarle; mi silencio se había convertido en su mejor interlocutor, pues siquiera me daba oportunidad para contestar a sus preguntas. Parecía estar gozando de su insulso monólogo y honestamente no me importaba responder, refutar o atender a sus palabras.

Tan pronto como descubrí las cuchillas en mi bolsillo quise rebanarle la tráquea, pero al cabo de unos pocos minutos de contemplación comprendí que acabar con la vida de Nicolai podría darle a Ophelia Cottet nuevas pistas sobre su sospechoso. En mis planes no estaba enfrentarme con mi Moriarty, al William de mi Wilson, y aunque la gruesa garganta del chofer seducía mis instintos más bajos, su muerte aún no figuraba entre mis prioridades. Pero no hay que engañarnos por la aparente calma que se vivía al interior de la cabina, porque había planeado asesinarlo esa misma noche mientras dormitaba en Limoges.

¿Atravesare la yugular con las cuchillas? ¿Clavarle el destornillador de carretera en la sien? ¿Quebrarle el cráneo con un ladrillo? ¿Sacarle las vísceras con un cuchillo de la cocina del motel?

Aún no me había decidido.

Todas las alternativas que vislumbraba se veían tan primitivas desde el elevado y sofisticado palco del veneno, que la poesía detrás del punto final de la existencia no merecía ser ensuciada con un acto tan vulgar como los que cualquier desquiciado ha de cometer.

No. Nicolai debía pagar por semejante atrevimiento. Era lo justo… era lo justo.

– ¿Y tú qué opinas, Irvin? – dijo de repente la estridente voz del chofer, quien notó que mi atención se había dispersado. Dirigió instintivamente su mirada hacia el punto que yo contemplaba momentos antes de su interrupción. – ¡Ah, entonces te gustan los patos, ¿eh?! – dijo – Cuando Yelena era tan solo una chiquilla también se quedaba pasmada con los patos que volaban sobre nuestro hogar en Cahors – dijo con una sonrisa despreocupada mientras sus ojos se cristalizaban y regresaban a las húmedas vías. Su expresión me obligó a preguntar “¿Yelena?”, y sonrió con tan solo oír esa palabra. Se inclinó un poco para tomar su cartera; la extrajo del bolsillo trasero de sus pantalones y con un golpe la puso sobre el tablero del camión.

– Yelena es mi hija – dijo mientras abría la cartera y me enseñaba una pequeña fotografía de una chica no mayor de 25 años. Su rostro me era extrañamente familiar, pero no pude recordar dónde la había visto antes, pues Nicolai no dejaba de hablar y nublaba mis cavilaciones. Por un instante pensé que la había visto en San Bartolomé, pues sus facciones traían a mí ciertos recuerdos de la infancia, pero eso sería imposible; el internado era netamente masculino. – ¿Sería, tal vez, una clienta en mi carpa de adivinación en el Circo Ruso? – imposible, la recordaría más vívidamente. No, su aspecto me hacía sentir como un niño otra vez, por lo que descarté La Belle de Mai de inmediato. Cualquiera que fuera su historia, sé que la había visto en algún lugar, pero las anécdotas de Nicolai eran inútiles; todas estaban relacionadas a su vida en Cahors y la única chica que recuerdo de la villa era a Mariane; la atractiva pero ingenua recepcionista del motel.

. . .

Aunque el sol no había asomado sus rayos en todo el día, era evidente que empezaba a ponerse, pues el manto nocturno ya traía consigo el esplendor de lo desconocido. Las figuras se hacían ininteligibles, las enormes sombras se alzaban entre los bosques que nos rodeaban y los pocos carros que transitaban por nuestra vía ya encendían sus luces.

Nicolai había detenido su agotadora parlotería para concentrar toda su atención en la vía que cada vez era menos visible. Evidentemente temía arroyar un animal que cruzara incauto por la carretera e incluso, en más de una ocasión, detuvo la marcha del camión porque creyó estar cerca de chocar con un perro, un cervatillo, un conejo o una serpiente. De haber sido yo quien condujera aquel monstruoso aparato, no habría dudado ni un instante en pasar por encima de esas insignificantes criaturas; nada ni nadie debería retrasar mi llegada a París. Pero para el tosco chofer la vida era algo que merecía ser preservado… pobre ignorante; la vida no es más que una maldición que ata nuestros actos en búsqueda de una salvación y evitar el sufrimiento inminente que opacará aquello que algunos llaman“felicidad”. La muerte, por otro lado, es una paciente dama que escribe un final digno para todos nosotros. Una dama que la vida, tan egoísta como siempre, nos ha hecho considerar nuestra enemiga. Soñaba con el día que entregaba mi alma a la muerte y aunque en muchas oportunidades intenté dar el paso definitivo, el destino y el amor habían jugado conmigo, sellando mi no vida sobre la fría lápida de la noche.

Pero basta de melancolía.

En la noche arribamos a Limoges; una pequeña ciudad de la cual tuve oportunidad de detallar a causa de las gotas de lluvia sobre el cristal que distorsionaban luces y siluetas por igual.

Durante todo todo el recorrido el volumen de la radio del camión se mantuvo a un nivel casi inaudible, pero las tenues melodías y las conversaciones entre locutores podían ser comprendidas de vez en vez, excepto cuando el charlatán que conducía el camión retomaba su incansable diálogo. No obstante, cuando nos encontrábamos a pocos metros de nuestro destino, las pequeñas bocinas de la radio canturrearon las dos palabras mágicas que captaron mi atención de inmediato: Comisario Cottet. Un impulso casi involuntario me llevó a subir el volumen y atendí a la nota. Nicolai detuvo la marcha y al verme inmerso en la noticia decidió bajar del camión, se adelantó e ingresó al motel donde pasaríamos la noche. Me llevé una gran desilusión al comprender que solo se trataba de un recuento del caso resuelto hace unos días. No había novedad alguna excepto por el veredicto dictaminado por el juez por los crímenes cometidos por el Doctor Moore. Lo habían declarado culpable de todos los cargos. Dos cadenas perpetuas por poco menos de quince asesinatos. Absurdo.

Justo antes de descender del camión, recordé que aún no sabía cómo acabar con Nicolai. Tomé el destornillador, lo eché en mi equipaje, bajé y caminé hacia el motel. Aunque se trató de un recorrido relativamente corto, el dolor de la pierna era intenso. La apacible quietud durante el viaje había entumecido los músculos que ahora escocían y acentuaban mi cojera.

Cuando entré al vestíbulo noté una risible recepción, ahí un anciano regordete me indicó que mi compañero ya había tomado una habitación con dos camas y, asimismo, señaló descuidadamente el camino. En la habitación encontré con Nicolai recostado en su cama. La mía estaba a unos pocos pasos de la suya, dejé caer mis pertenencias y simulé un bostezo, apagué la luz y me metí entre las sábanas. Quería que el chofer creyera que me había dormido y así fue, pues al cabo de una media hora los ronquidos de Nicolai inundaban la estancia. Esperé una hora para asegurarme de que aquel gordo jabalí antropomorfo no descubriese mis intenciones prematuramente.

Contemplé cada segundo en el reloj de pared hasta que éste marcara la media noche. Me levanté sigilosamente, tomé el destornillador y me senté al borde de la cama mientras lo contemplaba dormir. Su enorme panza subía y bajaba al ritmo de sus ronquidos, y aunque incrustarle la punta de la herramienta entre la parte más blanda de la cabeza parecía tarea fácil, la meditación no me permitían efectuar la tarea. Pensamiento tras pensamiento, mis energías se consumían y matar a Nicolai se hacía cada vez más difícil. La noche era lluviosa y eso me hizo añorar un atardecer majestuoso como el que presencié sobre el puente de Cahors.

… Cahors…

¿Por qué Nicolai se había quedado en un motel la noche anterior si él tenía un hogar en Cahors donde vivía con su familia? ¿Por qué va a visitar a su familia a París? ¿Acaso no dijo que vivía con Yelena en Cahors?

Aquella noche el demonio de la curiosidad había salvado la vida de Nicolai, pues ahora tendría que esperar para averiguar la respuesta de todas esas preguntas.

Devolví el destornillador a mi maleta y me acosté, pero no logré dormir en toda la noche. El leve sonido del reloj me hacía recordar el inquietante relato de La Máscara de La Muerte Roja de mi amigo Poe, donde el paso de un colosal reloj de ébano negro reverberaba a lo largo de siete estancias. Estremecedor y angustioso hasta marcar la medianoche, cuando todos los asistentes a la fiesta del Príncipe cayeron, uno tras otro, cubiertos en sangre y exhibiendo una desgarradora expresión de horror, alcanzando el climax cuando la última campanada resonó y ni una sola alma se mantuvo entre los vivos. Recreé, palabra a palabra, tan maravillosa y macabra historia en la mente hasta el amanecer.

. . .

Habíamos emprendido viaje hacia Orleans, cuando al cabo de unos minutos tuve que interrumpir las soporíferas anécdotas de Nicolai. Hice sin decoro las mismas preguntas que aquella noche habían rondado en mi cabeza, lo que le permitió iniciar una nueva narración con una tristeza disimulada detrás de leves risotadas:

“Por supuesto, Irvin. Hace casi 15 años Mérida, Yelena y yo vivíamos en una pequeña casa frente a la quinta, en Cahors. Éramos una familia convencional y teníamos un hogar lleno de amor. Un día Mérida, quien siempre tuvo un gran corazón para los actos benéficos, decidió acoger un… un… un sucio mendigo que vagaba junto a la iglesia central. Lo invitó a tomar un baño, a cenar y luego debía ir al refugio de la tercera. Yelena y yo regresábamos del mercado, cuando encontramos nuestra casa rodeada por patrullas de policía. El demonio disfrazado de pordiosero había asesinado a Mérida, quien se intentó defender cuando aquel sujeto quiso arrancar su collar de perlas… aunque éstas fuesen falsas… un vecino oyó los gritos y actuó con rapidez, entrando por una ventana y golpeando con suficiente fuerza al asesino, quien también murió al instante.

Yalena era demasiado joven, pero la pérdida de su madre era un gran golpe para una chiquilla como ella, así que la envié a vivir en un departamento en París lejos de los recuerdos de su madre. No quería que se levantara cada mañana y viera los espacios vacíos que antes ocupaba Mérida. Decidí vender la casa para pagar sus estudios y comprarle un departamento medianamente decente en la capital.

Por mi parte… bueno… ahora conduzco un camión y no me detengo… no quiero recordar y sufrir… no quiero detenerme y pensar… pero con tan solo ver el mugriento rostro de un mendigo en la calle siento una profunda punzada en el corazón… desearía acabar con todos de una vez por todas… pero no debo… no puedo…”

Cuando la voz de Nicolai empezó a quebrarse, di un suspiro intencionalmente sonoro para cortar su relato, el cual culminó con un simple –… y bueno, eso es todo, Irvin – mientras volteaba a mirarme. Sus ojos reflejaban algo de inquietud cuando se fijó en los míos, – ¿y a ti qué te sucedió en el ojo? – dijo – no es muy común ver a alguien con una pupila gris, ¿sabes? -. De nuevo decidí contarle la verdad. – Un chico… bastante interesante… me había dado un puntapié muy doloroso durante mi estadía en el colegio… tan doloroso que me desmayé en el acto. Cuando recobré el conocimiento, había perdido la vista y el pigmento del ojo -. Nicolai parecía contrariado por mi respuesta, pero supo quebrar su incomodidad con una carcajada – bueno, ambos tenemos historias interesantes para contar, ¿eh? -, le devolví la sonrisa, aunque su tonta complicidad solo me impulsaba a querer hacer uso del destornillador. Sin embargo, el cansancio causado por el insomnio de la noche anterior empezaba a tener efecto, pues estaba adormecido y al cabo de unos minutos había sucumbido al sueño.

. . .

Desperté de golpe al sentir que el camión se detenía. Habíamos llegado a Orleans y Nicolai me miraba con una sonrisa amable. – Creo que no podrás dormir esta noche, Irvin – dijo entre risas – ¡Has dormido durante horas! – y volvió a sonreír. Ambos bajamos del camión y caminamos hacia un motel más pequeño que todos los anteriores.

Esa noche Nicolai durmió profundamente otra vez, pero la inquietud me impidió descansar. Por un instante tomé energías para sacar las cuchillas de mi bolsillo y degollar al gordo chofer, pero de nuevo el recuerdo de Cottet me impedía actuar. Pasé largas horas mirándolo dormir y sus ronquidos me inspiraban acabar con su respiración, pero algo en mí no me lo permitía.

De nuevo: era muy sencillo… era… tan poco poético.

Aún no había decidido cómo acabar con la vida de Nicolai cuando el sol asomó sus primeros rayos. Esta era la última noche que pasaríamos juntos, pues nuestro próximo destino era París. Ahí tomaríamos caminos separados.

¿A caso tenía que regresar a Cahors para matarlo?

La noche pasó sin sobresaltos y Nicolai aún respiraba. En menos de una hora ya nos encontrábamos en el camión e iniciábamos la marcha hacia París.

Cuando el noticiero matinal comenzó en la radio, la premisa retumbó en mis tímpanos: Colin Moore había sido encontrado ahorcado en su celda. Colgaba a un metro del suelo y su rostro estaba morado, lo que indicaba que el suicidio había tenido lugar durante las primeras horas de la madrugada. El frío recorrió mi cuerpo y pensé que el único testigo de mi unión con los asesinatos del Circo Ruso se había marchado de la faz de la tierra. La tranquilidad me llevó a tomar un largo respiro. Quise comprobar con mis propios ojos que aquel tenso cadáver era el del Doctor; quería tocarlo y sentir que el latido de su corazón había cesado tan pronto como su alma lo había abandonado. No obstante mi ensueño se había resquebrajado nuevamente  al comprender que mi posición actual, confinado a un apestoso aparato.

– ¡Vaya chico! – interrumpió Nicolai – parece que te interesa demasiado esa mórbida historia de los crímenes del británico ese, ¿verdad? -. Me limité a sonreír con falsedad, y él me devolvió una sonrisa igual de falsa. Este viaje no fue diferente al último, pero ahora la paz me permitía descansar. Dormí por horas y recuerdo haber soñado con el exacto instante del rojo atardecer sobre el puente de Cahors. Total éxtasis que se desvaneció cuando la marcha del camión se detuvo.

– Bueno, Irvin – retumbó la voz del chofer – Hemos llegado a París… supongo que debemos separarnos. Debo continuar para entregar la carga y tú… bueno… es lo más que puedo hacer. Me encantaría llevarte hasta tu hogar porque imagino el dolor que debes sentir en la pierna; te he visto cojear… pero debo continuar con mi camino para entregar la carga en los laboratorios. – Era levemente notable la nostalgia en su voz, aunque el sentimiento que me inundaba era totalmente opuesto; estaba colmado en júbilo tan solo pensando que finalmente me bajaría de ese apestoso vehículo.

Nos habíamos detenido junto al terminal de transportes de París, donde esperaba encontrar un bus que me condujera hasta Montparnasse. Nos despedimos con un rápido apreTón de manos. Casi sentí que Nicolai quería abrazarme.

Vaya sujeto tan insufrible.

Mientras nuestro fugaz apretón de manos duró, nuestras miradas se encontraron y una turbia sensación de derrota corrió por mi ser cuando mis ojos vagaron sigilosos hasta la altura del cuello del corpulento chofer. Pensé oír el llamado de las cuchillas en mi bolsillo y el llanto del destornillador en la guantera del camión, pero cometer un asesinato en plena vista de los transeúntes parisinos hubiera significado una vana estupidez. Sin embargo, antes de que la resignación se posara sobre mis hombros, evoqué de golpe el rostro de Yelena, sabía exactamente dónde había visto a la hija de Nicolai y recuerdo que una ruin sonrisa se posó delicadamente en mi rostro.

Sí.

Quería que el chofer pagara.

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