La última noche de nuestros muertos

La Última Noche De Nuestros Muertos - D'vi - Mauricio Miranda

Gabriel, sin comprender por qué, despertó antes de los primeros haces que conforman el alba. Al principio quiso culpar a su infantil emoción por la llegada del 2 de noviembre; su fecha predilecta en todo el año, pues además de ser la última noche de los muertos, también era su cumpleaños. No obstante, algo muy dentro de él hacía que en su mente reposase la leve certeza de que aquella no era la causa de su insomnio.

Gabriel cumplía 30 años.

El año entrante no será tan especial… solo se cumplen 30 una vez en la vida – pensó con absorta inocencia mientras se sentaba al borde de la cama.

Dio un largo bostezo, se desperezó y caminó letárgico hasta la cocina de su apartamento; un pequeño y elegante piso de lujo ubicado en el centro de la capital. Sirvió un poco de agua ya que sentía la garganta completamente seca, pero se percató de que su bebida estaba demasiado fría tomó el vaso con ambas manos y se dirigió a la salita mientras aún arrastraba los pies.

Durante su corta marcha Duke; su gato, empezó a juguetear entre sus piernas y cuando alcanzaron el anticuado sillón que adornaba la sala, Gabriel se dejó caer sentándose de medio lado y recostando los codos sobre el alfeizar de la ventana para contemplar los rayos del sol que aún no daban señales de aparecer. Gabriel siempre había encontrado agradable el roce del delicado pelaje de Duke entre sus pantorrillas desnudas.

La quietud y la oscuridad hicieron que el gato sucumbiera a un sueño profundo junto a su dueño, quien contemplaba distraídamente el cielo azul oscuro. Gabriel, quien siempre ha tenido una expresión decidida en un rostro, ahora tiene una mirada que refleja cuán ensimismado puede llegar a estar el ser humano.

En su mente se agolparon pensamientos tan variados como los colores. Sintió una repentina alegría al recordar que esta misma noche estaría en su fiesta de cumpleaños, bailando junto a Camilo, su esposo. Anhelaba recibirlo en el aeropuerto, abrazarlo y besarlo, pues regresaba de Italia, luego de una semana de seminarios sobre tendencias de diseño. El tipo de tonterías que Gabriel no comprendía pero que, aún así, amaba de su pareja.

Gabriel se había tomado el tiempo de planear lo que para él sería la mejor fiesta de cumpleaños de la ciudad. Había alquilado el salón principal en el Club de socios de la compañía de su familia, y se había molestado en enviar invitaciones personalizadas a cada uno de aquellos que él consideraba cercano; familiares, amigos, compañeros de la agencia y demás allegados.

Su absoluta distracción se vio interrumpida súbitamente cuando un fuerte destello de luz púrpura relampagueó entre las nubes. Soltó un pequeño respingo que despertó y asustó a Duke, quien corrió desorientado perdiéndose de vista. Cuando Gabriel recobró su conciencia, notó que ya se asomaban los primeros indicios del amanecer. La suave textura de las nubes azuladas se veía delineada por finos trazos dorados de un sol naciente.

Acercó el vaso de agua a sus labios y tomó un poco mientras seguía contemplando el cielo desde su ventana, pero aquel pequeño instante de poesía no duró demasiado. Alguien llamó a la puerta y quien quiera que fuese parecía llevar demasiada prisa, pues el timbre no dejaba de emitir su característico “tin-tun”. Gabriel se levantó con rapidez sintiéndose curiosidad por aquel inesperado visitante.

– ¿Quién puede ser? ¡A esta hora! De verdad hay gente que no respeta – pensó mientras avanzaba por el pasillo hacia la puerta. En su apurado tropezó con lo que creyó ser Duke, pero dadas las circunstancias hizo caso omiso al gato.

Al abrir la puerta se encontró con una figura un poco más alta que él, los sensores encargados de encender las luces del pasillo no se activaron, lo que dejaba a Gabriel frente a una oscura silueta que se arrojó sobre él.

Lo que al principio creyó ser un ataque resultó siendo un abrazo muy emotivo. Era Camilo quien presionaba tan insistentemente el timbre, y aunque Gabriel no pudo verlo con claridad, lo reconoció de inmediato al tacto. Su aroma y su presencia eran inconfundibles para su esposo.

El abrazo duró más de lo normal y Gabriel notó que Camilo soltaba sollozos intensos. Intentó apartarse de él, pero no lo logró. Su esposo era un sujeto que a simple vista dejaba ver cuán riguroso era con las visitas al gimnasio, así que forcejear contra él era imposible. Aunque Gabriel también asistía de vez en cuando a hacer deporte, no era suficiente para superar la fuerza y el volumen de su pareja. Lo abrazó de vuelta y le dio unas leves palmaditas en la espalda hasta que el sollozo se redujo considerablemente.

Cuando Camilo se incorporó, se limpió rápidamente las lágrimas que bañaban su rostro. Gabriel levantó la mirada, sonrió y le dio un beso sobre la mejilla.

–  Creí que tu vuelo salía a las 10 – dijo Gabriel – ¿Por qué llegaste antes? Apenas está saliendo el sol… ¡Al menos debiste avisarme para recogerte en el aeropuerto! -, pero antes de que Gabriel siguiera hablando, Camilo soltó una sonrisa inocente.

– Pedí adelantar mi vuelo. Quise llegar de sorpresa y desearte feliz cumpleaños, amor – contestó Camilo mientras soltaba pequeñas risotadas. – Lamento el melodrama… te extrañé demasiado -, continuó mientras volvía a limpiarse el rostro.

– Yo también te extrañé, Cami, pero apenas fue una semana – contestó Gabriel

mientras tomaba la mano de su esposo con dulzura. Al estar junto a su esposo la tranquilidad regresó a Gabriel, haciendo que el sueño volviese a reposar sobre sus ojos. Soltó otro largo bostezo.

– Deberíamos dormir un rato más. Es muy temprano y más tarde debemos ir al Club para finalizar los últimos detalles de la fiesta – dijo Gabriel. Juntos se metieron entre las sábanas y en menos de nada habían caído profundos.

•   •   •

Era medio día y Gabriel volvía a despertar. Los insistentes maullidos fuera de su habitación lo obligaron a dejar su letargo. Giró para abrazar a Camilo pero se sorprendió al no encontrarlo junto a él y asumió que su esposo, para variar, estaba sentado en la sala trabajando en sus tan importantes diseños. Aunque quiso seguir durmiendo, los maullidos lo obligaron a levantarse.

Se dirigió a la sala para saludar a Camilo, quien no se encontraba ahí. Duke jugueteaba con Manny; su antigua gata que, hace un año, había huído de casa. Tan pronto Manny vió a Gabriel dejó de jugar con Duke y corrió hacia su antiguo dueño. La gata ronroneó y se frotó energética contra Gabriel, quien ahora la acariciaba lleno de felicidad y con los ojos vidriosos por las lágrimas.

– Pero tú… ¿Dónde te habías metido, Manny? Creímos que habías… ¡Qué sorpresa! – dijo Gabriel con palabras entrecortadas mientras seguía acariciando a la alegre Manny.

Al cabo de un rato la gata retomó su jugueteo junto a Duke y Gabriel miró su celular, esperaba encontrar algún mensaje de Camilo, pero no había nada. Le marcó una o dos veces pues aún no tenía idea de dónde podría estar su esposo. Luego de varios mensajes y llamadas, no hubo respuesta. Asumió que el teléfono se había quedado sin batería. Meditó un poco, pero sus cavilaciones no lograron alcanzar mayor profundidad al ver que el reloj de pared marcaba casi las dos de la tarde. Gabriel dio un salto y en menos de nada ya se encontraba bañado y listo para salir al Club a terminar de arreglar los últimos detalles de la fiesta.

Tomó las llaves del auto y se marchó al Club. Pasó toda la tarde atareado trabajando para que todos los preparativos se encontrasen en su lugar para la noche. Él, tan perfeccionista como siempre, deseaba que cada detalle estuviese en su lugar para cuando los invitados empezarán a llegar. Entre el ajetreo hizo dos llamadas más a Camilo, pero la respuesta fue la misma: buzón de voz.

Una vez vio todo preparado, decidió regresar al apartamento.

Al estar de vuelta esperaba encontrarse con su pareja, pero en cambio descubrió a Duke dormitando junto a Manny. Caminó sigilosamente hasta la habitación; Camilo tampoco estaba ahí. Marcó con insistencia, pero nuevamente el mensaje pregrabado de la contestadora lo recibió.

La preocupación empezaba a apoderarse de Gabriel.                                                    

Para ocupar su mente en algo Gabriel se volvió a dar una ducha; estaba sudando a cántaros luego de haber sido tan diligente con la organización de su fiesta. Se perfiló la barba y se puso el traje que había comprado para esa noche. No daba una mala imagen en absoluto.

Cuando estuvo listo Gabriel miró hacia la ventana de su dormitorio; el sol empezaba a ponerse detrás de los demás edificios. Estaba extrañado pues aún no recibía señales de Camilo. Harto de la situación escribió un último mensaje: “Cami, por favor no te pierdas más… me tienes preocupado. Te veo en el Club. Llámame tan pronto puedas”.

•   •   •

Los invitados llegaban paulatinamente. Gabriel saludaba a cada uno con un gran abrazo. Entre los asistentes recién llegados, su madre caminaba de gancho junto a su padre.

Saludaron a su hijo con un amplio abrazo, lo felicitaron por el gran trabajo que había hecho con la decoración. Su madre miró alrededor y preguntó por Camilo. Sin embargo, justo antes de que Gabriel pudiera contestar, vio como a lo lejos su esposo se acercaba a zancadas por detrás de la fuente.

Camilo jadeaba cuando alcanzó al trío y los saludó con familiaridad. Hablaron por un breve instante antes de que el padre de Gabriel saludara a uno de sus colegas a la distancia, marchándose con su esposa de gancho.

Gabriel miró con enojo a Camilo y antes de que éste pudiera hacer preguntas, Camilo tomó la palabra.

– Lo siento, amor. Mi madre se enfermó repentinamente y tuve que salir de prisa. Quise escribirte pero me he quedado sin batería. Lo siento… no alcancé a ponerme el traje… soy el peor esposo del mundo… perdón –

Gabriel posó su mano sobre la barba de Camilo.

– Me tenías muy preocupado, pero ya sé que estás bien… creo que no falta nadie más en llegar, así que vamos a divertirnos un rato – contestó mientras su mirada pasaba del enojo a tranquilidad.

Entre los invitados reinaban las risas y conversaciones amenas, también bailaban, bebían y comían. La velada fue agradable para todos. Gabriel era un excelente anfitrión y se había enrollado en varias conversaciones sobre anécdotas y recuerdos con la mayoría de los invitados.

Vio a su padre junto a un grupo de colegas charlando y bebiendo whisky, pero descubrió que todos los ancianos estaban acompañados por sus respectivas esposas excepto su padre. La madre de Gabriel no se encontraba a la vista, así que levantó la cabeza en búsqueda de la mujer, a quien avistó a un lado de la multitud. Estaba alejada y en su rostro se notaba afligida mientras charlaba con una anciana.

Gabriel se dirigió hacia ella con paso acelerado preocupado por su madre, en el camino se cruzó con Camilo, quien lo acompañó sin hacer preguntas. Al estar junto a su mamá la encontró ahogada en lágrimas. La mujer mantenía un llanto incontrolable que nadie más había notado, excepto la anciana junto a ella. Cuando Gabriel quiso hablar con la achacosa dama, se llevó un gran susto; su cuerpo fue atravesado por un cortante frío de pies a cabeza, acentuándose en el estómago. Su impresión tuvo tal efecto que, tal vez, pareció que estar a punto de desplomarse, pues Camilo lo sostuvo de los hombros con firmeza.

– A… abuelita… t… t… tú estás acá… ¿Cómo?… c… ¿Cómo? – dijo atónito Gabriel quien ahora palidecía.

La anciana solo esbozó un gesto de pena y tomó la mano de su nieto, pero antes de que ella lograse articular palabras, la resonante voz de Camilo tomó la batuta.

– Verás, Gabo… no sé cómo explicártelo… pero… – las lágrimas empezaron a bajar lentamente sobre las mejillas de Camilo y su voz se entrecortaba.

– El mundo de los muertos ha alcanzado a su límite… ya no hay espacio para una sola alma… y el ángel de la muerte ha deliberado que lo más correcto es deshacerse de todos y cada uno de los recuerdos que yacen ahí… él ha considerado egoísta mantener almas que llevan centenarios descansando entre sus alas, negándole el espacio a nuevos recuerdos. A partir de mañana a primera hora habrá espacio para todas las nuevas almas que lleguen, pero esto significa que todas las almas que desaparezcan serán olvidadas para siempre. Por eso se ha concebido una última noche junto a sus vivos… una noche para despedirse para siempre y no ser recordados. Entre las almas próximas a caer en el olvido, tu abuelita ha venido a decir adiós… por eso está acá… –

El llanto de Camilo no cesaba, pero su historia pareció haber terminado.

Gabriel levantó su mirada, la cual hasta entonces, había estado fija en el tierno rostro de su abuela. Junto a él su madre también sollozaba, aunque ahora parecía estar en calma.

A pesar de encontrarse en medio de una gran celebración, a su alrededor reinaba el silencio y la quietud. Gabriel se giró para notar que ahora todo parecía haberse congelado. Las personas, la música, el aire… todo estaba detenido en el tiempo como si se tratase de magia. Los únicos que aún permanecían en movimiento eran ellos cuatro.

Sintió palidecer aún más y el frío volvió a recorrer sus huesos.

– Cami… tú… ¿Tú por qué sabes eso? ¿Tu madre murió y te estabas despidiendo de ella esta tarde? –

– Amor… mi mamá aún vive. Solo quise pasar la tarde junto a ella para despedirme… mi recuerdo desaparecerá esta noche – dijo Camilo con palabras que se hacían más pesadas con cada sílaba.

Las miradas de sus interlocutores se fijaron en Camilo, quien ahora había dejado de llorar, pero que en su rostro se veía el dolor y la pena combinadas con un leve tinte de vergüenza.

– Esta madrugada, cuando iba en el taxi hacia el aeropuerto para tomar mi vuelo fuimos embestidos por lo que parecía una tractomula… hubo un accidente… fue algo confuso… no tuve oportunidad de notarlo siquiera, pero… morí… morí en el acto… no sentí dolor… de repente estaba frente al ángel de la muerte quien, con sus enormes alas negras me abrazaba… lo siento mucho amor… cuando desperté frente a él la decisión había sido tomada y en su rostro notaba cuán apenado estaba… la decisión de deshacerse de nosotros había sido tomada y… no pude hacer nada al respecto… perdón… si tan solo hubiera muerto un día después, no tendrías que olvidarme para siempre… perdón Gabriel –

Era una escena lamentable.

El mundo entero se había detenido sin explicación, pero Gabriel había comprendido exactamente lo que sucedía. En vista de su penosa decisión, el ángel de la muerte había intercedido por otorgarles unos cuantos minutos de más. Pensó que era obvio que para el ángel las almas y los recuerdos eran tan importantes como para aquellos que iban a perderlos por siempre. Su magia era sincera y llena de dolor, pues al cabo de unos cuantos giros del segundero las campanas de la medianoche iban a resonar sobre todas las cabezas y todos los recuerdos de las almas desaparecerían para siempre.

Comprendiendo el regalo del ángel de la muerte, Gabriel tomó a Camilo de la mano con decisión y lo condujo deprisa hacia la pista de baile en la cual, aunque estuviese plagada de invitados estáticos, lograron encontrar un espacio vacío cerca al centro. A pesar del silencio y la quietud, Gabriel abrazó a Camilo mientras tarareaba con lentitud una canción que juntos bailaron en su noche de bodas. All I Could Do Was Cry; un hermoso blues lleno de dolor y algo pasado de moda que ambos disfrutaban en secreto.

Al cabo de unos cortos compases Camilo unió su voz a la de Gabriel, tarareando juntos el resto del éxito de Etta James mientras se mecían con un ritmo tranquilo pero ciertamente desgarrador. Las notas caían una sobre otra con el delicado roce del armiño, pero golpeaban como el retumbar de un bombo de orquesta.

El baile, aunque relativamente fugaz, pareció tardar dos eternidades hasta que la triste tonada llegó a su final. Las palabras sobraban, pero la pasión en la respiración, la pena en la mirada, el temblor en las manos y la amargura en la sonrisa hablaban por sí solas. Existía una conexión mutua implícita que los condujo a cerrar su pesada danza con un abrazo. Hubo un beso. Un beso de amor y dolor, calmado pero lleno de vida… vida al borde de la muerte… un beso de una vida llena de recuerdos que pasarían al olvido hasta el fin de los días.

Poco a poco, mientras los labios seguían en contacto y los brazos entrelazados, Gabriel  sintió como la presencia de Camilo se desvanecía a su alrededor. El cuerpo de su esposo desaparecía. Sabía que el ángel de la muerte no podía concederles un segundo más, pero a pesar de eso no quiso abrir sus ojos.

Camilo ya no estaba ahí. Gabriel lo sabía, pero mantuvo sus ojos cerrados por lo que parecieron minutos. Soltó un sollozo pesado que contenía el llanto.

Cuando finalmente decidió abrir los ojos, pudo ver la silueta borrosa de su abuela a lo lejos junto al cuerpo inmóvil de su madre. La anciana lo contemplaba con una dulce sonrisa que viajaba furtiva entre el amor, la tranquilidad y la agonía. Gabriel corrió hacia ella y la abrazó con delicadeza. Ella se apartó con calma de su nieto y mantuvo su sonrisa mientras lo miraba con un amor indescriptible. No era el amor de su difunto esposo, ni el de su madre; era un cariño colmado de ternura. Aunque sus pequeños ojos Gabriel seguía siendo el pequeño en pañales que reía mientras la veía bailar con su abuelo.

Posó su temblorosa mano sobre la mejilla de su nieto y unas palabritas salieron de su boca.

– Mi orgullo… – dijo la dama que ahora empezaba a desvanecerse.

Las lágrimas no lograron ser contenidas por más tiempo. Sin embargo el llanto de su madre lo acompañó con delicadeza. Gabriel levantó la mirada, se miraron y comprendieron que estaban solos en ese instante.

Invisibles ante un mundo invisible.

Gabriel abrazó a su madre entre el silencio que ahora empezaba a menguar. El ruido de las voces, la música y el movimiento regresaban gradualmente. Las campanadas del reloj resonaron ahogadas entre el sonido del ambiente a lo lejos. Las lágrimas del rostro de Gabriel y su madre empezaban a secarse por sí solas y se miraron con leve complicidad que terminó cuando ambos retomaron su camino. Gabriel se condujo hacia un pequeño corrillo de compañeros de la oficina que no paraban de reír por lo que parecía ser una anécdota muy interesante, mientras que la mujer regresó junto a su esposo.

La madrugada del 3 de noviembre, cuando Gabriel regresó al apartamento, encontró a Duke que aún dormía sobre el sofá pero no había rastro de Manny.

Caminó cansado hasta su habitación, y antes de dejarse caer sobre las sábanas vio pequeña nota sobre la almohada. La tomó con despreocupada curiosidad, la abrió se encontró un mensaje bastante corto:

“Lo que está escrito, escrito está.

Siempre te amaré.

– C.”

Gabriel intentó comprender la nota, pero ésta no cobraba sentido alguno para él. La dejó caer a un lado, se quitó la ropa y en poco tiempo se quedó dormido.

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