Capítulo 17: Bienvenido, Theo

A medida que el sol dibujaba un elegante ocaso, las luces de los apartamentos, locales y paseos comerciales de Montparnasse se encendieron una a una. La incansable marcha de los transeúntes y su incomprensible murmullo daban un parsimonioso ambiente sobre los exclusivos pasajes, en los cuales se contoneaba una pomposa melodía que discrepa con mis vivencias a lo largo de aquellos últimos años.

Cuando estuve en La Belle de Mai; momento en el que toqué fondo, había habitado un decadente hotel. Luego había pasado a trabajar en el Circo Ruso, donde a pesar de tener vista sobre la villa y su puerto, dormitaba en un desajustado trailer. Las noches en el bosque de Najac, las calles de Cahors y la apestosa cabina del camión de Nicolai, sin duda me habían acostumbrado a existir alejado de los lujos típicos que me proporcionaban mis padres.

Mis padres…

Las sucias bestias que tenía por padres. Las mismas aberraciones infernales que ni el mismo Kafka hubiera imaginado en sus delirios más bizarros. Mis padres, los mismos que fueron lo suficientemente negligentes o lo suficientemente perezosos como para no haberse preguntado por mi ausencia, o incluso tomarse la molestia de buscar a su hijo de quien no habían recibido noticia alguna y llevaba casi una década desaparecido. Fleur y Theodore; aquellos que, incluso después de tantos años, aún no habían variado su absurda rutina ni tan solo un ápice…

Sumergido en mis pensamientos crucé por el exuberante lobby del edificio de apartamentos coronado por el fantástico penthouse de una de las familias más influyentes de París. Los frívolos e insulsos Fontaine…

Es increíble que hayan transcurrido tantos años sin haber conocido mi segundo apellido.

Hice caso omiso a los apurados llamados del recepcionista e ingresé al ascensor sin titubear ni un segundo. Marqué la contraseña que me condujo hasta el último piso y, como lo sospeché, la cerradura seguía siendo la misma de hace años. Abrí la puerta con calma. Supuse que Fleur y Theodore no llegarían hasta dentro de un par de horas y no me había equivocado; el piso estaba completamente vacío.

Procuré mantener un paso firme, pero hubo una inclemente imagen que me obligó a tenerme al instante… o quizás fue la falta de una. Sobre la chimenea, en un escandaloso silencio sepulcral, se erguía aquel espacio en blanco que aún anhelaba ser cubierto por un elemento digno de armonizar el palpable desequilibrio que reinaba en el apartamento tan delicadamente decorado.

Pasé varios minutos en un estado similar a la completa anulación del plano actual reviviendo las memorias de mi travesía con el único fin de dar con la obra más adecuada que cubriría para siempre a tan horrendo espectro. De la nada un sorpresivo recuerdo estremeció todas las fibras de mi cuerpo; la imagen del atardecer sobre el puente de Cahors, con su infinidad de rojos encarnados, carmesíes, rubíes, bermellones, escarlatas y carmines contrastados por finos trazos azabaches, parecía ser la efigie que mi ojo había estado buscando por años.

Como impulsado por un brío repentino, caminé hacia mi habitación. Al abrir la puerta y encontrarme detenido en el umbral di con algo que tampoco había variado. Un cuartico que aún obedecía a un alma infantil traducida en papel de colgadura, juguetes intactos e impolutos de polvo, muebles y adornos colgantes.

No comprendo qué pretendían mis padres al haber decidido tan ridícula ornamentación, pero siempre me dio la impresión que el hijo de sus sueños pudo haber sido cualquier otro ser sintiente distinto a mí.

Sin embargo, había algo en esa habitación que sí me era atractivo; lo único que esos estúpidos no pudieron modificar y cuyo hechizo extraño hasta la luna de hoy. El extravagante cementerio de Montparnasse, el agridulce paisaje que se levantaba al otro lado de la calle y que podía contemplar en todo su esplendor desde el ventanal de mi habitación.

Su presencia me recordó las interminables tardes de escrutinio junto al Señor Jalil quien también parecía disfrutar del inconsolable llanto de las viudas. Me recordó, también, los días posteriores a mi expulsión de San Bartolomé a causa del sacrificio del gato y la – no tan desafortunada – muerte de Irvin McEllan, y cuando miraba sobre las lápidas entre las cuales aún reposa la de mi único verdadero amigo: Wendell D’Avignon; mi viejo instructor de esgrima.

No pude sostener la mirada por mucho tiempo sobre el cementerio, pues el ímpetu que se había despertado en mí luego de contemplar el vacío en la pared, ahora llamaba incesantemente. Debo aceptar que al pasar la mirada sobre mi cama un leve deseo de reposo crepitó en mí, pues mi cuerpo añoraba recuperarse del cansancio acumulado luego de tantos años.

– Al diablo – pensé – ya habrá una eternidad para descansar bajo tierra -.

Dejé mi raído equipaje sobre la cama, tomé mi viejo cuadernillo de dibujo y un lápiz y caminé hacia la salida. Ansiaba sentarme en Fika; el café al cual frecuentaba antes de escapar, pues mis más profundos impulsos no solo demandaban los primeros bosquejos del atardecer en Cahors, sino que había un objetivo en particular que no había logrado apartar de mi mente en varios días.

Tan pronto tomé una mesa en Fika me dejé caer, noté como mi cuerpo expresaba infinita gratitud al hallar reposo. Mi pierna, especialmente, escocía hace horas pero la resolución me había llevado a ignorarla.

Pasaron pocos segundos después de haber encendido el primer cigarrillo cuando la joven mesera se acercó a tomar mi orden. Era justo a quien estaba esperando: Yelena. Su rostro, aunque evidenciaba el paso de un par de años, aún mantenía cierta semejanza con la fotografía que su padre presumió hace pocas noches. Su mirada inocente y su sonrisa cándida la hacían parecer aún más bella de lo que la recordaba y no podía esperar a verla sin vida.

Reparó uno o dos segundos en mi rostro. Pudo haber sido que le resultase familiar o que mi ojo la hubiera distraído de su labor… o tal vez sucedieron ambas cosas. Aunque la curiosidad siempre me ha parecido ser el motor de nuestra existencia misma, la cabeza de las mujeres era un desconcierto en el cual nunca me ha interesado ahondar.

Luego de un corto silencio alejado de lo que entendemos como incómodo, Yelena tomó la palabra y quiso tomar mi orden. Actué como si no tuviera idea de qué responder y ella mordió el anzuelo. Mientras me explicaba qué bebidas calientes ofrecían en el restaurante, yo contemplaba sus movimientos detalladamente. Cuando hablaba de las bebidas frías y helados artesanales, recorría su cuerpo con la mirada sin que ella lo notara. Luego, a medida que inundaba mi mente con su cautivadora voz, ella mencionaba una que otra especialidad de la casa. Estaba deseoso de comprender milimétricamente a esa chica, pues no podía dejar un solo clavo suelto.

Sin alejarme de mis pensamientos, respondí como un autómata.

– Un capuccino, por favor – le contesté mientras una sonrisa sugerente se dibujaba inconscientemente.

– En un segundo – dijo ella con dulzura y se giró para marcharse.

– ¡Con vainilla! – añadí con tono amigable únicamente para ver su reacción. Se giró, volvió a sonreír y anotó en su pequeña libreta antes de continuar su camino.

Contemplé su andar; era una muchacha bastante segura de sí misma. La manera en que daba cada uno de sus pasos era completamente opuesta a la que yo utilizaba para dar los míos. Qué envidia. Si algo debo agradecerle a la difunta Yelena es que gracias a ella, hoy, a pesar de mi leve cojera, mantengo un paso digno y lleno de seguridad.

En fin…

A medida que el segundo cigarrillo se consumía, las páginas del cuaderno no mostraban más que una infinidad de líneas frustrantes cargadas de enojo. Era obvio que mis manos no lograban representar lo que mi mente quería ver, y al cabo de cada trazo decidía empezar de nuevo. Esas hojas no eran más que un ridículo intento por ser un artista, pero saltaba a la vista que mi alma de mortal no estaba a la altura de la creación. Mi estado de criatura mortal no era más que una cárcel que me ataba sin piedad a la incapacidad del ser.

Cambié de posición, de hoja, de lápiz y de color. Encendí varios cigarrillos que quedaban a medias antes de pasar al siguiente. La ansiedad y el ensimismamiento era tal que no pude percibir cuando Yelena dejó el capuccino sobre la mesa, sin embargo, de la nada, un casi inaudible rasgueo rompió el hechizo del estado contemplativo en el cual me había sumergido. Sin levantar la cabeza mis ojos viajaron con agilidad por todo el entorno en búsqueda de la fuente del sonido, pero parecía que éste provenía desde abajo de mi mesa. Me alejé levemente y contuve un respingo al descubrir a un ratoncito que trabajosamente intentaba cruzar por la rendija detrás de un tomacorriente, mientras cargaba con un enorme trozo de galleta en la boca.

Apuesto que cualquier mente débil hubiera considerado la escena como la viva representación de la ternura, pero para mí era un cuadro que podía resumirse en una sola palabra: patético. La pobre bestia había hurtado alimento para su familia y su reducido intelecto no le permitía comprender la necesidad de dividir el enorme trozo en dos o más fracciones que le permitiesen pasar a través de la abertura.

Me incliné con la intención de ayudarle a dividir la galleta, pero tan pronto notó mi movimiento soltó su botín se metió en el hueco en menos de un parpadeo. Sin embargo, continué mi labor; partí el trozo de galleta en tres partes irregulares, pero más pequeñas y las dejé junto al agujero detrás del tomacorriente.

– He notado que has pasado todo el día dibujando algo, ¿puedo ver? – dijo una melodiosa voz sobre la mesa. Me levanté sobresaltado y descubrí que era Yelena quien miraba con atención los garabatos de mi cuadernillo. No alcancé a articular una respuesta inteligente a causa de la sorpresa cuando la chica ya había vuelto a tomar la palabra.

– ¿Sabes? Yo estudio artes plásticas en la Escuela Nacional Superior de Bellas Artes de París, a unas pocas calles de acá ¿Tú también? Tienes talento… parece que vas en algún curso adelantado de dibujo humano -.

Sus palabras me eran cada vez más extrañas.

– ¿Dibujo humano? – contesté desconcertado. – ¿De qué ha… -.

Yelena tomó mi cuaderno y lo giró casi setenta y cinco grados. Comprendí de inmediato lo que quería decirme. Sobre mi cuaderno, en vez de haber un montón de rayones amorfos queriendo simular el puente sobre el río de Cahors, había un rostro femenino. Su forma no estaba completamente definida, pero indudablemente se trataba de un buen trabajo de retrato.

– Lo dibujaste tú ¿No? -, dijo la chica mientras su mirada empezaba a tornarse cargada en sospecha.

– ¡Por supuesto! Dibujo humano… lo siento, lo conozco como Grabado Antropomorfo Abstracto -, mentí con agilidad. – La verdad es que soy nuevo en la Escuela, pero debo aceptar que tomé varios cursos durante unos años antes de volver a París -.

– ¡Qué interesante! ¿Dónde estabas?

– Fue un viaje bastante extenso por varias ciudades en Francia. Quise reencontrar mi espíritu para ser un gran artista. Será un placer verte en la Escuela.

– Así será. Un placer, Yelena – dijo mientras me extendía la mano.

– Igualmente, Yelena. Theodore, aunque todos mis amigos me llaman Theo.

¿Todos mis amigos? Creo que nunca antes había mentido de tal manera.

– Bueno, Theodore. Estamos hablando. Mi turno ha terminado. ¡Adiós!

– ¡Adiós!

Yelena se había marchado. La noche ya estaba bastante adentrada, así que decidí esperar unos minutos más antes de regresar a casa. En ese lapso contemplé anonadado el dibujo que había plasmado en el cuadernillo. No era lógico. Yo no había hecho eso. Pero ahí estaba y yo era la única persona que había tocado ese lápiz. Eran mis trazos… parecía magia.

De nuevo el rasgueo interrumpió mis pensamientos. Me asomé delicadamente bajo la mesa y descubrí al ratoncito llevándose el segundo trozo de galleta por detrás del tomacorriente. Me volví a incorporar, apagué el cigarrillo, tomé el lápiz y lo guardé en mi maletín. Tomé el cuadernillo y antes de guardarlo volví a mirar el dibujo extrañado.

Cuando estuve listo me recosté en mi silla. Esperé a que el ratón regresara por el último pedazo de galleta y en pocos segundos ya estaba ahí asomando su pequeña nariz. Cuando estuvo completamente entretenido levantando su alimento, lancé mi mano, lo agarré y lo introduje con brusquedad en el maletín. Dejé el dinero del capuccino sobre la mesa y me marché sin mirar atrás.

El regreso al edificio transcurrió sin sobresaltos, pero notaba cómo mi presa intentaba escapar. Rasguñaba, mordía y chillaba con insistencia, pero bastaba apretarlo de vez en cuando para que sus espasmos cesaran.

Crucé el lobby, subí el ascensor y me hallé en la puerta del penthouse. Mientras intentaba introducir la llave por la pequeña abertura del pomo, la puerta se abrió de golpe. Era Theodore; mi padre. Me miraba con su gesto brusco de desaprobación constante y escudriñó cada centímetro de mi cuerpo en menos de un segundo. Detrás de él noté que mi madre se encontraba de pie y esbozaba lo que parecía ser una sonrisa reprimida. No hubo palabras, no hubo abrazos y no hubo bienvenidas. Un silencio incómodo se apoderó del universo y el primer movimiento que hubo luego de esos tensos segundos, fueron mis pasos entrecortados mientras entraba al apartamento.

Crucé frente a él, quien no apartaba su penetrante mirada. Yo sostenía el maletín con firmeza, pues el más mínimo movimiento del ratón me hubiera delatado. Sin embargo el animalito también parecía percibir el peso del ambiente.

– He desempacado tu equipaje y he decidido tirar todos esos mugrosos harapos a la basura, Theodore. Mañana tendrás ropa nueva. Ahora ve a tu habitación. Estás castigado por haber huido -, dijo Fleur cuyo rostro ahora parecía severo. Sus ojos verdes esmeralda brillaban, pero su gesto era parco. Parecía estar bastante contrariada con mi regreso.

– Ni creas que vas a tener un solo euro por mi parte – aseveró mi padre – tendrás que trabajar o hacer algo productivo con tu vida si quieres volver a gozar de todos los lujos que tu mamá y yo teníamos para ti ¿me oyes?

– Estudiaré en la ENSBAP -, contesté por reflejo – He decidido estudiar Bellas Artes -.

– ¡Perfecto! – dijo Fleur con un entusiasmo que luego ocultó con un carraspeo. – Hablaré con tu padre y empezarás cuanto antes.

Theodore únicamente soltó un poco de aire por su nariz antes de cerrar la puerta del penthouse de un solo golpe y regresar caminando a su habitación.

– Bienvenido, Theo – dijo mamá justo antes de marcharse detrás de mi papá.

No tardé mucho tiempo de pie en el recibidor cuando volví a sentir el forcejeo del ratón en mi maletín. Me apresuré a mi habitación, cerré la puerta con llave detrás de mí y saqué al ratón con cuidado. Naturalmente la criatura iba a intentar morderme para escapar, pero no lo podía permitir, así que lo envolví entre un pañuelo que cargaba en el bolsillo trasero de mi pantalón y aplicando un poco de fuerza quebré sus cuatro patas.

El roedor no pudo contener los chillidos, pero no eran lo suficientemente fuertes como para atraer la atención de mis padres. Lo metí en un cajón, retiré el pañuelo y pude ver cómo se retorcía de dolor.

Fascinante.

Sentía cómo me latía el corazón y el aumento de salivación en mi boca. Era una experiencia superior al placer sexual… era inexplicable, pero me encantaba.

Ahora el ratón estaba en mi poder y podría planear con tranquilidad cómo debía proceder a acabar con la dulce Yelena.


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