Capítulo 18: Un cambio de planes

Capítulo 18 - Cambio de planes - D'vil

Había pasado por lo menos un mes desde mi llegada a París y las cosas empezaban a adoptar un rumbo sencillo; se podría decir que, incluso, tomaban sentido. Los días eran monótonos, y aunque ello representase una completa agonía para la mirada del ignorante, a mí me permitía estudiar detenidamente el comportamiento cotidiano de mis víctimas. En las mañanas, mientras los ineptos que tuve por padres se encontraban lejos, jugueteaba con el ratoncito de turno, y el resto de la tarde lo invertía haciendo pobres bosquejos del puente sobre el río de Cahors; la obra que debía cubrir el espacio sobre la chimenea.

Todo marchaba con aparente normalidad, pero aquella lluviosa noche de noviembre las cosas tomaron un nuevo norte. Sin embargo, para comprender los sucesos de aquel día sin saltar directamente a las conclusiones y pasar por alto los deliciosos detalles que construyen la delicada elegancia del relato, me veré en la penosa obligación de retomar desde un inicio.

.   . .

Como siempre fue natural mientras me era posible dormir, mantuve un sueño excesivamente ligero. Esa mañana recuerdo que unas voces inusualmente fuertes me despertaron; éstas provenían desde la sala y parecía que los implicados en tan acalorada conversación sostenían términos delicados por el ánimo que lograba percibir en su tono. La curiosidad, como el seductor súcubo que es, me invitó a incorporarme un poco en la cama… eran las voces de mi padre y Armand; el viejo abogado de mi familia.

Cegado por la curiosidad caminé hacia la puerta de la habitación y la abrí lo suficiente como para asomar un oído por el umbral. Creo que de haberse tratado de una discusión ordinaria, seguro la hubiese pasado por alto, pero siempre me resultó extraordinario oír la voz de Armand produciendo volúmenes superiores a los de un aburrido mascullar. El abogado suplicaba desesperadamente por un aumento salarial y se amparaba en argumentos como sus años de servicio, el incremento de sus responsabilidades a lo largo de los años, y una contrariedad familiar en el cual no ahondó. No supe los motivos para que mi padre se negase a la petición de Armand, pero parecía estar firme en su posición.

Pobre hombre. Patético y pobre hombre.

Volví a cerrar cuidadosamente la puerta y me giré. Contemplé mi habitación mientras las angustiosas voces empezaban a perderse en otro plano. Caminé hacia la ventana y abrí las cortinas de par en par; un indecente amanecer resplandecía al otro lado del cristal, cuyas tenues nubes auguraban la fuerte llovizna que habría de caer en la tarde.

Bajé la mirada, abrí el cajón del escritorio y ahí estaba. Un ratón yacía casi inmóvil sujeto a una lámina de madera. No recuerdo exactamente si se trataba del quinto o el sexto, pero aún tengo presente que lo adquirí en una tienda de mascotas en Le Marais. Su blanco cuerpecito había sido diseccionado, pero a pesar de ello mostraba signos vitales, pues a lo largo de mis juegos desarrollé una infusión capaz de ralentizar el flujo sanguíneo y, consecuentemente, adormecer a la víctima al punto del trance y la insensibilidad absoluta. Es sorprendente lo que se puede lograr con sedantes para animales grandes, calmantes para el dolor causado por tratamientos del cáncer y las mezclas químicas-naturales que producen los laboratorios de mis padres, pues mi pequeña mascota dormitaba apaciblemente aunque hubiese perdido recientemente sus dos patas traseras y su pecho se encontraba completamente abierto, exponiendo un pequeño corazón que latía imperceptiblemente.

Era curioso ver qué tan persistente y egoísta es la vida aun cuando no vale la pena ser vivida.

Aquella mañana, sin embargo, no tuve voluntad para continuar jugando con el ratón. Las acaloradas voces provenientes de la sala destruyeron la necesaria atmósfera de concentración que se requiere para llevar a cabo ese tipo de procedimientos. Me limité a contemplar por la ventana el tranquilo paisaje que ofrecía el Cementerio de Montparnasse, y eso me llevó a tener una excelente idea repentinamente: iría a charlar con un viejo amigo.

Cuando estuve listo di un último vistazo a mi ratoncillo durmiente, salí de la habitación y crucé por el umbral entre la sala y la salida del penthouse. A juzgar por la conversación entre mi padre y Armand, ni siquiera notaron mi presencia.

Afuera del edificio, tomé un camino diferente al habitual. En vez de girar hacia la derecha  como siempre lo hacía para llegar a Fika, volteé a la izquierda. Crucé la calle, pasé sobre el puente que atraviesa el Seine y me encontré justo al frente del Cementerio. Entré y caminé con total tranquilidad, pues sabía que Yelena no entraba a trabajar sino hasta después de las tres de la tarde.

Pasé junto a lápidas, tumbas sencillas y otras extravagantes, mausoleos y corredores, pero ningún nombre o fecha me alejaría de mi objetivo. Si mal no recuerdo fue al cabo de una hora aproximadamente cuando me topé con lo que estaba buscando.

Buenos días, Señor D’Avignon – dije en voz baja – lamento no haber venido a visitarlo antes, pero desde nuestro último encuentro en San Bartolomé han sucedido demasiadas cosas… lamento lo de su injusta despedida del internado… lamento que eso haya llevado a su muerte y no habernos podido siquiera despedir… lamento que su esposa también haya muerto; era una dama bastante especial, pero espero que se encuentren juntos estén donde estén.

Mis ojos se llenaban de lágrimas, lo recuerdo, y mi voz se empezaba a quebrar.

Han transcurrido casi veinte años, pero aún lo recuerdo con mucho cariño… usted no solo fue mi maestro, sino también mi único amigo… lo extraño Señor…

Tomé un largo suspiro y me limpié las lágrimas que brotaban.

Verá, en pocos meses entraré a estudiar Bellas Artes en la ENSBAP… seguro estaría orgulloso. Recuerdo cuando me llevaba a las galerías y me explicaba apasionadamente cada obra. Fueron hermosos momentos junto a usted. Hoy estoy algo confundido… no sé qué ha pasado conmigo… ya no soy el niño que usted conoció… he hecho cosas espantosas y retorcidas, pero a veces siento como si no fuese yo quien las comete, sin embargo no siento arrepentimiento. Soy un hombre malo, Señor. Pero más que malo, soy un cobarde incapaz de acabar con este suplicio que los tontos llaman “vida”.

Por favor, deme una señal. Un último consejo… ¿Debo seguir arrojando a todos los indignos al precipicio? ¿O soy yo quien debe ser arrojado?

A la mitad de mi ridículo monólogo supe que no estaba solo, pues logré oír pasos que se alejaban a mi espalda. Giré levemente la cabeza y divisé a un hombre que caminaba en dirección opuesta a mi ubicación. No obstante, su presencia fue inquietante, ya que a pesar de tener un paso juvenil y la silueta de una persona menor que yo, su cabellera cuidadosamente peinada estaba cubierta en canas.

La imagen de un joven con cabellos de plata era verdaderamente intrigante, así que me di la vuelta por completo. Él instintivamente también se giró un poco y lo que vi me obligó a sostenerme de la lápida del Señor D’Avignon, pues su perfil me era tan familiar y al tiempo tan irreconocible que mi cerebro no lograba encajar una sola idea. A pesar del revuelo de pensamientos, una sola pregunta prevalecía intacta en mi cabeza: ¿Quién era el sujeto de cabello plateado?

.   . .

De vuelta en el penthouse Armand y mi padre se habían marchado pero, sentada junto a la chimenea, Fleur estudiaba unos documentos; los mismos que el abogado estuvo agitando durante su conversación con Theodore. Mi madre me miró sobre sus pequeños anteojos de lectura y tuve la impresión de que su cautivadora mirada esmeralda escudriñaba mi alma. Fue un instante fugaz, pues en menos de nada Fleur había regresado sus ojos a las carpetas que sostenía abiertas en su regazo.

Entré a mi habitación e ignoré por completo que aún tenía al ratón en el cajón. Tomé mi cuaderno de dibujo, los lápices y volví a pasar frente a Fleur sin despedirme de ella, no sin antes reparar brevemente en el monstruoso espacio en blanco que me observaba como un buitre esperando mi muerte para poder devorar mi alma.

Caminé de prisa a Fika, pues más allá de querer posar mi atención sobre Yelena o continuar con los bosquejos del paisaje en Cahors, tenía que plasmar la imagen del extraño en el Cementerio de Montparnasse.

Una vez ahí, me limité a tomar la mesa habitual, saqué el cuaderno y empecé a hacer los primeros trazos. Tenía grabado cada rasgo de aquel sujeto y debía aprovechar mientras el recuerdo se mantenía vivo. De repente, la voz de un hombre me sacó del trance.

– ¿Qué desea ordenar? – preguntó el camarero con tono de disgusto.

Un capuccino – contesté – Disculpe ¿Dónde está Yelena? – pregunté mientras buscaba a la chica en el fondo del café.

– Lo siento. Ella no le volverá a atender – dijo el joven con evidente molestia antes de marcharse.

Noté cómo Yelena me observaba con gesto de preocupación desde atrás de la barra, pero me resultó indiferente. En mi mente solo había una idea ahora: averiguar quién me estaba observando mientras hablaba con mi difunto maestro.

A medida que ahondaba en los detalles del sujeto, mis pensamientos se turbaban más y más. La imagen de Yelena contemplándome con recelo nublaba mis recuerdos en el Cementerio. Sentía cómo la ira se apoderaba gradualmente de mí y odié profundamente a la camarera, pues comprendí que algo había sucedido. Tenía que actuar antes de que la hija de Nicolai se escapase de mis manos.

De repente me levanté de la mesa, noté que el nuevo mesero se acercaba con mi café en una bandeja, pero le ignoré y salí del local. Crucé la calle mientras encendía un cigarrillo, saqué el aparatoso móvil que tenía en ese entonces y marqué el número de Armand.

– Joven Theo ¿Es usted?

–  ¿Qué tal, Armand? Esta mañana oí su conversación con mi papá… sospecho que no obtuvo lo que deseaba.

– Al grano…

– Tal vez yo no esté en la capacidad de aumentar su salario, pero puedo darle una suma suficiente para solventar su… calamidad doméstica.

– ¿Qué quiere de mí?

– ¿Cuento con usted? – Armand guardó silencio.

– contestó el abogado con resignación.

Me limité a darle indicaciones puntuales y escuetas. Tan pronto finalizamos la llamada, arrojé el cigarrillo al suelo y caminé de regreso al interior de Fika. Me sentía renovado… como si una horrible tormenta hubiera cesado de inmediato.

Me senté, tomé un largo sorbo del capuccino y continué haciendo los trazos del hombre de cabello plateado. A medida que avanzaba mi cabeza daba un nuevo giro, cada uno más abrupto que el anterior. Sabía que conocía a ese sujeto, pero al mismo tiempo sentía que nunca antes lo había visto.

Cuando el retrato estuvo terminado, lo contemplé desde cada ángulo, pero sus facciones tan reconocibles no me mostraban un nombre, un momento o un lugar… o por lo menos uno que quisiera recordar.  Esa situación me llevó a una terrible frustración que se convirtió en un ataque de ira que únicamente pude exteriorizar arrancando la hoja con brusquedad, la arrugué en una bola y la dejé caer al suelo.

Pasaron varios minutos mientras sostuve mi cabeza entre los brazos apoyados en la mesa. Sumido en confusión y desespero un antiguo dibujo que había hecho hace varios días en la hoja que quedó a la vista tras haber arrancado la otra. Era un retrato hiperrealista de Yelena, pero en vez de tener una cabeza reposando sobre su cuerpo habitual, ésta había sido cosida al cuerpo de un gigantesco ratón. Una imagen graciosa, a decir verdad, que me ayudó a dispersar un poco la melancolía.

¿Desea algo más?

No, muchas gracias Yele… – pero no articulé la última sílaba al descubrir que mi interlocutor ni siquiera se trataba de una mujer.

Levanté la mirada rápidamente para encontrarme con el mismo camarero que me había atendido antes. Me miraba con los ojos inyectados de furia, su rostro se había transformado, estaba completamente rojo y respiraba con dificultad. Parecía como si el mismo Mefistófeles acabase de robarle el alma y que esa falta de humanidad se hubiera apoderado de sus impulsos.

Me contempló fijamente justo antes de bajar las pupilas y clavarlas en el dibujo de Yelena con cuerpo de ratón, y antes de que yo lograse reaccionar el sujeto perdió los estribos por completo y se abalanzó sobre mí lanzándome fuertes puñetazos e improperios al aire.

Recibí varios golpes en el rostro y en otras partes del cuerpo antes de que los demás empleados del lugar lograran retirarlo de encima de mí. Los otros comensales gritaban y se alejaban sin retirar sus miradas inquisitivas de tan bochornosa situación.

¡Aléjese de mi novia, acosador! – gritaba aquel chico – ¡No crea que no he notado cómo la mira todos los días! ¡Cómo le coquetea! ¡Ahora resulta que también la dibuja en una… una… una aberración! ¡Lárguese de aquí!

Mientras la verborrea del camarero continuaba, otras personas me habían ayudado a levantar y me entregaron el bastón. Intentándome sostener en pie miré a Yelena rápidamente y descubrí que tenía los ojos cubiertos en lágrimas. Ofendido por el espectáculo tomé mis pertenencias, dejé el dinero del capuccino sobre la mesa y caminé dolorido hacia la salida de Fika.

Las primeras gotas de lluvia empezaban a caer mientras avanzaba lentamente hacia el apartamento. En ese momento no había tristeza, no había dolor o miedo; se trataba de otra cosa…

Al entrar supe que mis padres no estaban ahí; seguro habían salido a cenar. Tomé los documentos que Fleur había estado estudiando en la sala que ahora reposaban sobre la mesa de centro. Me dirigí a mi habitación, arrojé mi mochila sobre la cama, puse los documentos sobre el escritorio y abrí el cajón.  Noté cómo el ratón empezaba a recuperar la conciencia, saqué el frasco de somnífero y lo dejé junto a los documentos. Luego levanté al ratón y con una mano lo sostuve del tronco mientras con la otra lo agarré de la cabeza, lo apreté y lo giré en direcciones opuestas pero sobre el mismo eje. Sentí cómo los huesitos del cuello se partían justo antes de acabar con la vida de la criatura que, en vista de su estado, no tuvo oportunidad de defenderse.

Una pizca de envidia se despertó en mi interior al saber que ahora mi pequeña mascota había muerto sirviendo un propósito mientras yo seguía aún atado a la vida hasta que la muerte viniera por mí dignamente. No obstante, sabía que era momento de continuar, pues ya me había aburrido de jugar con animales y ahora debía practicar con un ser más complejo: el ser humano.

Arrojé el cadáver del ratón por el inodoro, me retiré la sangre seca causada por los golpes del camarero, me afeité y me duché en poco tiempo; debía estar presentable para la maravillosa noche que se avecinaba. Exactamente a las once menos cuarto recibí la llamada de Armand quien ya había llegado y ahora me esperaba frente al edificio. Me llevé una gran sorpresa al encontrar la limusina de mis padres ahí estacionada, pues supuse que íbamos a salir en el automóvil del abogado pero, sin embargo, Armand sostenía abierta la puerta trasera de la limusina y me invitó a subir. Cuando estuve sentado, él se sentó frente a mí y la limusina se puso en marcha tan pronto la puerta se cerró.

Le dije que viniera solo, Armand.

No se preocupe, joven. Podemos confiar en el chofer.

Avanzamos pocas cuadras y nos detuvimos a unos cuantos metros de la entrada a Fika mientras los empleados salían uno a uno. Alcancé a ver cómo Yelena se despedía cariñosamente de sus compañeros.

¿Es ella? – preguntó Armand.

No… ya no.

Al parecer el novio de Yelena era el administrador del café, pues fue el último en salir del local. Una vez cerró las puertas de seguridad, el joven echó a andar y le ordené al chofer seguirlo con cautela. Transcurrieron pocos minutos de absoluto silencio.

¿Trajo lo que le pedí?

Por supuesto. Aquí lo tiene – contestó Armand mientras retiraba un bate de aluminio de abajo de su silla y me lo entregaba.

Cuando el joven camarero giró y se adentró en una calle solitaria, el chofer aceleró y frenó con fuerza junto al lado del muchacho. Yo me bajé rápidamente y me planté frente a él. Recuerdo que no pude controlar que se dibujase una leve sonrisa en mi rostro, pues ahora era él quien no lograba ocultar su sorpresa y temor. No obstante, antes de que el consternado personaje reaccionara, lo golpeé justo en la sien con tanto ánimo que se desplomó inmediatamente.

Lo observé con decepción por un breve instante y luego le ordené al abogado que lo levantara y lo introdujera en la cajuela de la limusina. Armand, con la frente llena de gotitas de sudor, temblaba mientras arrastraba el cuerpo inconsciente del camarero y me lanzaba miradas furtivas colmadas de horror. Antes de que se cerrara la puerta sobre nuestra nueva víctima, le proporcioné unas pocas gotas del somnífero. Subimos a la limusina e inmediatamente nos pusimos en marcha.

Creí que íbamos a recoger a una chica – dijo Armand algo agitado.

Cambio de planes… condúzcanos a la bodega.

El abogado sacó un papelito del bolsillo interno de su abrigo y se lo entregó al chofer, quien condujo alrededor de una hora hasta introducirnos en el corazón de la zona industrial de la ciudad, a varios kilómetros de mi hogar. El silencio reinó en la cabina hasta que la cansina voz del chofer nos indicó que habíamos llegado. Se trataba de una gigantesca bodega en forma de hangar completamente ajena al concepto de la palabra “originalidad”.

Los tres nos bajamos de la limusina; el chofer cargó el cuerpo de nuestro bello durmiente mientras Armand me entregó una soga enrollada que cargaba y se giró para abrir la enorme puerta metálica.

Cierre la puerta – le indiqué al abogado, quien cumplió sin rechistar – Usted ponga a nuestro amigo en el suelo; ahí en el medio – dije mientras le entregaba la soga al chofer – y ahora átelo.

En silencio observamos cómo el chofer llevaba a cabo su tarea y tan pronto supe que el cuerpo del camarero estaba completamente sujeto, levanté el bate y golpeé la parte trasera de la cabeza del chofer. Del mismo modo que el novio de Yelena, aquel hombre se vino abajo al instante, pero esa vez no me detuve y lo golpeé una y otra vez hasta que su cabeza se deshizo por completo.

Le dije que viniera solo – le repetí a Armand.

Era un hombre de confianza – contestó mientras intentaba contener el temor que se apoderaba de él.

– Ya no importa. En usted sí puedo confiar ciegamente ¿verdad, Armand? – dije mientras sacaba una carpeta de mi mochila. Se trataba de los documentos que había tomado de la mesa de centro en la sala. Se la entregué al abogado.

No hay necesidad de amenazas.

Tranquilo. Únicamente estaba deseoso por conocer de qué tanto hablaban usted y mi molesto padre esta mañana. Ya los he estudiado: madre viuda, hermosa esposa y dos pequeñas hijitas… y la pequeña Marion, lamentablemente, padece de un cáncer recién descubierto.

Los ojos de Armand ahora estaban cristalinos y plagados en lágrimas que querían salir.

No se preocupe. Mañana tendrá el dinero para todo el tratamiento de su chiquilla.

Lo esperaré en el auto. – contestó el abogado sin ocultar su molestia.

Armand caminó con paso calmado hacia la salida de la bodega y a medida que el sonido de sus pasos desaparecía, yo contemplaba a mi nuevo juguete.

La última persona que me golpeó fue pisoteada por una turba de niños asustados. – pensé – Ahora un tonto mesero creyó que iba a poder agredirme y salirse con la suya, pero no… debía pagar y, hasta no verlo completamente destrozado, no iba a ser posible continuar con mi venganza para acabar con la vida de Nicolai.

HISTORIA DE THEO: CAPÍTULO 17 | Bienvenido, Theo

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